17 05 2012
Last update: 17:13:17 PST (Pacific Time Zone)

Capitulo 12. Final.

28 February 2012 14:23:00


Debía haberse quedado dormido, porque estaba oscuro cuando Vanessa sintió que la despertaban.-Vas a hacer una llamada de teléfono -le dijo Rodrigo y luego encendió la luz general. Vanessa se protegió los ojos con el brazo.-¿A quién? - comenzó.-Ya debe de haber sudado bastante -murmuró mientras conectaba el aparato al cajetín del dormitorio-, Es más de la una. Escucha -le bajó el brazo para que pudiera mirarlo-. Le vas a decir que estás bien, eso es todo. No intentes nada -empezó a marcar-. Cuando conteste, dile que no estás herida y que eso seguirá así siempre y cuando él pague. ¿Entendido?Vanessa asintió y aceptó el auricular. Zac contestó al oír la primera señal. Media taza de café frío se volcó sobre la mesa y goteó encima de la alfombra. -Efron.Al oír la voz de él cerró los ojos. «Llueve», pensó de forma vaga. Llovía y ella tenía frío y mucho miedo.-Zac.-¡Vane! ¿Estás bien. ¿Te ha hecho daño? Respiró hondo y miró a Rodrigo directamente a los ojos.-Estoy bien, Zac. Sin cicatrices.-¿Donde estás? -comenzó él, pero Rodrigo tapó la boca de Vanessa y le quitó el auricular.-Si la quieres de vuelta, reúne el dinero. Dos millones, billetes pequeños, sin marcar. Ya te comunicaré dónde dejarlo. Irás solo, Efron, si la quieres recuperar ilesa.Colgó, luego soltó a Vanessa. El sonido de la voz de Zac consiguió lo que las horas de miedo no habían podido. Con un sollozo trémulo, ella enterró la cara en la almohada y lloró.-Se encuentra bien –Zac colgó con meticuloso cuidado-. Se encuentra bien.-Gracias a Dios -Gina le tomó las manos- ¿Y a continuación?-Reúno el dinero y lo llevo donde él me diga.-Sacaremos fotos de los billetes -declaró el teniente Renicki mientras se levantaba de la silla-. Uno de mis hombres lo seguirá cuando haga la entrega.-No.-Escuche, señor Efron -comenzó con paciencia-, no hay garantías de que deje ir a la señorita Hudgens una vez que le haya pagado. Lo más probable es que...-No -repitió Zac-. Lo haremos a mi manera, teniente. No me seguirá nadie.El teniente respiró hondo.-De acuerdo, podemos colocar un localizador en el maletín. De ese modo, cuando recoja el dinero, quizá nos lleve a ella.-¿Y si lo descubre? -repuso Zac-. No -repitió-. No pienso correr ningún riesgo.-Corre un gran riesgo entregándole dos millones de dólares de esa manera -replicó el teniente Renicki-. Señora Hudgens -se volvió hacia Gina con la idea de que una mujer, una madre, sería más razonable-. Queremos recuperar a su hija sana, lo mismo que ustedes. Déjenos ayudar.Ella le lanzó una mirada larga y firme mientras la mano apoyada en la de Zac temblaba levemente.-Agradezco su preocupación, teniente, pero me temo que pienso lo mismo que Zac.-Fotografíe el dinero -intervino Caine-. Y vaya tras él cuando Vane esté a salvo. Por Dios, yo mismo tengo ganas de procesarlo -añadió en un susurro salvaje.-Entonces espero que sea procesado solo por secuestro y extorsión... y no por asesinato -añadió con crueldad el teniente-. La mantendrá viva hasta que haya conseguido el dinero. Después, cualquiera sabe. Escuche Efron -continuó al perder la paciencia-, No le gusta tratar con policías, quizá porque años atrás tuvo algunos problemas, pero es mucho más inteligente tratar con nosotros que con él -estiró la mano hacia el teléfono.En un gesto inconsciente, Zac se pasó la mano por las costillas. «No», pensó «no confío en la policía». El recuerdo de los interrogatorios interminables mientras su herida cicatrizaba estaba grabado en su memoria. Quizá cometía un error. Quizá debería... Paralizó los dedos con brusquedad. Cicatrices. ¡Sin cicatrices!-Oh Dios -murmuró mientras bajaba la vista a su mano-. ¡Oh, Dios mío!-¿Qué sucede?- Gina se plantó de pie a su lado, con los dedos clavados en su brazo. Despacio, él la miró a los ojos. -Un fantasma -susurró. Luego desterró el terror al observar al teniente Renicki-. Vanessa intentaba decirme algo por teléfono. Comentó «Sin cicatrices». El hombre al que maté en Nevada me clavó un cuchillo. Ella conoce la historia.-¿Recuerda su nombre? -el teniente ya se dirigía al teléfono.Zac rió sin alegría. «¿Se olvida alguna vez el nombre de un hombre por cuyo asesinato has sido juzgado?-Charles Terrance Ford -replicó-. Tenía mujer e hijo. Ella llevaba al niño todos los días al juzgado -Zac recordó que tenía ojos azules, pálidos, confusos. Lo invadió una oleada de náusea que amenazó con tragárselo.-Esta vez, bébetelo -le ordenó Caine al depositar una copa de brandy en sus manos. Zac bajó la cabeza y observó la copa. -Café -balbuceó y fue a la cocina. Pero no podía pensar. Apoyó las manos en la encimera e intentó aclarar la cabeza. Comprendió que se hallaba indefenso. Sintió la misma impotencia furiosa que había experimentado tanto tiempo atrás en aquella celda pequeña. «Diecisiete años», pensó. «Santo Dios, ha tenido diecisiete años para odiarme. ¿Qué le hará a Vane por mi causa?»-Si es lo único que bebes, entonces bébelo -dijo Caine con aspereza mientras empujaba una taza de café por la encimera. Recordaba a Vane allí de pie justo aquella misma mañana, sus ojos burlones mientras él se enfrentaba al hecho de que ella había crecido mientras él no miraba.-Lo sabía -musitó Zac con la vista clavada en el café-. Sabía que alguien estaba detrás de mí. Sabía que ella no estaba a salvo, pero no la obligué a irse.Caine se sentó sobre un taburete. -He conocido a Vane toda su vida, la he querido toda su vida. Nadie, absolutamente nadie, le obliga a hacer algo que no desee.-Yo podría haberlo conseguido -alzó la taza y bebió sin saborearlo-. Lo único que tenía que hacer era ir con ella.»-Y él te habría seguido.-Si -depositó la taza con fuerza. La ira le aclaró la cabeza y desterró la náusea que se demoraba en su garganta-. La voy a recuperar, Caine- afirmó con calma mortal-. Nada en el infierno me va a impedir recuperarla.-Su nombre es Rodrigo Ford -declaró el teniente Renicki al entrar en la cocina e ir hacia la cafetera-. Compró un vuelo de Las Vegas hace cinco días con destino a Atlantic City. Pronto tendremos una descripción. Estamos registrando todos los hoteles, moteles, apartamentos de alquiler y de playa, aunque no sabemos si la mantuvo en la ciudad. Tampoco confiaría en que haya alquilado una habitación con su propio nombre -añadió mientras se servía azúcar-. Su madre se volvió a casar hace unos tres años. La estamos buscando.Se sentía bien el tener algo sólido con qué trabajar... nombres, caras. Con un gruñido de satisfacción, el teniente Renicki se sentó frente a Caine.-Lo encontraremos -prometió-. Ambos deberían tratar de descansar un poco -aconsejó-. Lo más probable es que no vuelva a llamar hasta la mañana -cuando ninguno de los dos le contestó, suspiró. «Esta familia sabe cómo mantenerse unida», pensó-. Muy bien, señor Efron, ¿por qué no me cuenta qué pasos ha dado para reunir el rescate?-El dinero estará en mi oficina a las ocho.-¿No tiene ningún problema en conseguir esa cantidad de dinero? -Renicki enarcó las cejas tupidas.-No.-Muy bien, dígale a las nueve. Así tendremos tiempo de fotografiar los billetes en su oficina. De ese modo, si se nos escabulle, podremos dar con él una vez que empiece a gastarlo. Me gustaría pedirle que reconsiderara la idea de autorizarnos a colocar un rastreador en uno de los maletines. Le puedo mostrar lo bien que se ocultan. Recuerde -añadió antes de que Zac pudiera hablar-, nuestra preocupación principal es la misma que la de ustedes. Recuperar sana y salva a la señorita Hudgens.Por primera vez Zac notó el cansancio en los ojos del teniente. Se le ocurrió que el policía no había comido o dormido más que él. En otras circunstancias, habría confiado en esos ojos. -Lo pensaré -repuso al final. El teniente asintió y se bebió el resto del café. A las seis de la mañana, el teléfono sonó otra vez. Gina y Greg despertaron de un sueño ligero en el sofá. Alan se irguió en la silla en la que había pasado la noche, despierto e inquieto. Caine se detuvo en la puerta de la cocina, de donde regresaba con otra taza de café. La mano de Zac se disparó hacia el auricular. Llevaba más de una hora con la vista clavada en el teléfono.-Efron.-¿Tienes el dinero?-Estará aquí a las nueve.-Hay una gasolinera a dos manzanas del hotel, a mano derecha. A las nueve y cuarto espera en la cabina telefónica que hay allí. Te llamaré.Rodrigo colgó tan nervioso que estuvo a punto de derribar la mesa pequeña. No había sido capaz de dormir, ni siquiera después de que los sollozos de Vanessa se calmaran. «No tendría que haber conseguido que sintiera pena por ella», pensó mientras se frotaba los ojos. Al fin y al cabo, ¿qué clase de mujer era que vivía con un asesino?Su madre habría dicho que era una fulana, pero él había percibido algo en ella. «Tiene clase», reflexionó mientras estiraba unos músculos rígidos y doloridos. Había tenido clase incluso con ese jersey y esos vaqueros con los que le había abierto la puerta. Y la noche anterior... suspiró y observó la puerta del dormitorio. La noche anterior había parecido tan pequeña e indefensa cuando se acurrucó en la cama y se puso a llorar.Lamentaba tener que asustarla de esa manera, pero era su mejor arma contra Efron. «En primer lugar, jamás tendría que haberse mezclado con escoria como él», se recordó. «Lo mataría si pudiera», se dijo, pero sabía que no era capaz. Colocar una bomba en un edificio y sacarle un cuchillo o una pistola a un hombre eran dos cosas diferentes. Una bomba era algo remoto, y aun así se vio obligado a reconocer que probablemente jamás habría hecho acopio de valor para detonarla. Pero la amenaza era ideal. Qué satisfacción le brindaba poder mantener al hombre que mató a su padre temblando de la cabeza a los pies. Luego tendría el dinero, y cada dólar que gastara sería una venganza contra Zac Efron.Oyó que Vanessa se movía y fue a comprobar su estado.Ella estaba enfadada consigo misma. ¿De qué le había servido llorar salvo para darle un poderoso dolor de cabeza y dejarle los ojos hinchados? Necesitaba planear una fuga, no revolcarse en la compasión por sí misma. El brazo atado a la cama le dolía y le hormigueaba por falta de circulación. Se dio la vuelta y trató de masajearlo para que la sangre volviera a circular. «¡Piensa!» se exigió a si misma. Siempre hay una salida.Cuando la puerta del dormitorio se abrió, giró la cabeza y captó el remordimiento en los ojos de Rodrigo. «Dios, debo dar una imagen penosa», pensó cansada. «Entonces úsalo a tu favor, Vane», le ordenó con impaciencia una voz baja. «Empieza a usar la cabeza».No dejó que el miedo volviera a emerger mientras con desesperación se aferraba a su fuerza interior.-Por favor, me duele el brazo. Creo que me lo torcí durante la noche.-Lo siento -se quedó vacilando en medio de la habitación-. Te prepararé algo para desayunar.-Por favor -dijo con rapidez antes de que él volviera a salir-. Si... si pudiera sentarme en una silla. Me duele todo el cuerpo de estar acostada. ¿Adonde podría ir? -preguntó con un sollozo contenido al verlo dudar-. Eres más fuerte que yo.-Te llevaré a la cocina. Si intentas algo, te traeré de vuelta aquí y te amordazaré.-De acuerdo, lo único que te pido es que dejes que me levante un rato.Rodrigo sacó las llaves del bolsillo y abrió las esposas. Vanessa contuvo el deseo imperioso de correr, sabiendo que no llegaría más allá de la puerta. Él le clavó los dedos en el brazo y con celeridad la condujo por la casa.Las cortinas estaban cerradas. «Por lo que sé, podría estar en Alaska», pensó frustrada. «Si pudiera huir, ¿en qué dirección iría? ¿Tiene coche? Debe tener uno... si no ¿cómo me trajo aquí? Si pudiera conseguir las llaves...»-Siéntate -le ordenó y la empujó sobre una silla desvencijada junto a la mesa. Rápidamente se arrodilló y colocó las esposas alrededor de su tobillo y una pata de la mesa. Se levantó apartándose el pelo de los ojos-. Te traeré un poco de café.-Gracias -sus ojos inspeccionaron la habitación con celeridad en busca de un arma que estuviera a su alcance.-Esta noche ya no estarás aquí -le informó mientras servía el café, sin apartar los ojos de ella-. El ya ha empezado a reunir el dinero. Probablemente podría haberle pedido el doble.-No serás feliz con él.-El será infeliz -replicó Rodrigo-. Eso es lo que cuenta.-Rodrigo, de esta manera estás desperdiciando tu vida -«se lo ve tan joven», pensó. «Demasiado para llevar tanto odio en su interior-. Hizo falta cerebro para planear todo esto. Cerebro y talento. Podrías dedicar tu mente a algo mucho mejor. Si me sueltas ahora, podría intentar ayudarte. Mi hermano...-No quiero tu ayuda -dijo con los dientes apretados-. Quiero a Efron. Quiero que se arrastre.-Zac no se arrastrará -dijo con voz cansada.-Lo oí por teléfono. Por ti se arrastrará hasta el infierno ida y vuelta.-Rodrigo...-¡Cállate! -gritó cuando sus nervios amenazaron con estallar-. He dedicado toda mi vida a planear cómo iba a hacer que Efron pagara. Tuve que ver cómo mi madre trabajaba en un bar mugriento, mientras él se hacía cada día más rico en vez de pudrirse en una celda. Tengo derecho al dinero y lo voy a conseguir -resignada, Vanessa bajó la vista a la mesa-. Voy a preparar algo para comer. ¿Tienes hambre?Iba a decirle que no, pero comprendió que en ese caso la encerraría otra vez en el dormitorio. Asintió con el rostro vuelto, mientras trataba de pensar.Al oírlo hurgar en el armario, probó el estado de su pierna. Iba a tener que correr el riesgo. Cuando en esa ocasión le quitara las esposas, lucharía. Con suerte, podría sorprenderlo lo suficiente como para salir al exterior y conseguir llamar la atención de alguien. Si hubiera alguna persona lo bastante cerca como para oirla gritar...Al levantar la mirada, vio que Rodrigo tenía una sartén grande de hierro en la mano. Sin darse tiempo para pensar, Vanessa gimió y comenzó a deslizarse lentamente hacia el suelo.-¡Eh! -alarmado, corrió a su lado, dejando la sartén junto a ella mientras intentaba levantarla por los hombros-. ¿Qué pasa, estás enferma?-Me siento mareada -dijo débilmente, mientras sus dedos se cerraban en torno al mango de la sartén. Se quedó laxa hasta que la cara de él se inclinó sobre la suya. Con todas sus fuerzas, aplastó la sartén contra el lateral de la cabeza. El joven cayó como una piedra.Al principio, Vanessa se quedó inmóvil, tratando de recuperar el aliento que él le había quitado al caer encima de su cuerpo. Luego experimentó un momento de terror al pensar que lo había matado. Con esfuerzo, se escabulló de debajo y le tomó el pulso.-Gracias a Dios -murmuró al sentir los latidos. Giró hasta que pudo quitarle la llave del bolsillo. «Tu madre es la que se merece este golpe», pensó mientras se liberaba. El pobre chico nunca había tenido una oportunidad.Se levantó y analizó sus opciones. Podía correr como una posesa, pero todo indicaba que él recuperaría el sentido y huiría. No, primero tenía que asegurarse de que no se movería.Se guardó las esposas en el bolsillo de atrás de los vaqueros, luego comenzó a arrastrarlo hacia el dormitorio. No era un hombre grande, pero al cruzar el salón, inclinada mientras tiraba de los hombros de él, se dio cuenta de que sus fuerzas no estaban al máximo. Cuando logró atravesar la puerta, sudaba y jadeaba.Se apoyó en el umbral y llegó a la conclusión de que jamás sería capaz de subirlo a la cama. Lo dejó tendido en el suelo, inmovilizado al pie de la cama con las esposas.Trastabilló en dirección al teléfono con una debilidad que no era fingida. Se dio cuenta de que en dos días apenas había comido. «Eso tendrá que esperar», se dijo mientras movía la cabeza para despejarla. No estaba dispuesta a desvanecerse en ese momento. Con rapidez, levantó el auricular y marcó.Después de darse una ducha rápida y cambiarse de ropa, Zac regresó al salón. Ginna instaba a Greg a comer, aunque ella no tocaba nada de su plato. Alzó la vista cuando entró Zac.-Esta noche tendremos una cena familiar -le dijo con una sonrisa valiente-. A Vane le encantan.El vio que las lágrimas se asomaban en sus ojos antes de que las contuviera con rapidez.Por primera vez desde que la conocía, Zac se acercó para rodearla con los brazos.-¿Por qué no bajas a hablar con el chef? Preparará lo que le pidas -la sintió temblar mientras le clavaba los dedos en la espalda.-Si, lo haré. Ten cuidado -susurró-, ten mucho cuidado, Zac -al sonar el teléfono, ella se sobresaltó, luego se separó. Su rostro era una máscara de control-. Se suponía que no iba a volver a llamar.-Probablemente quiere cerciorarse de que nada salga mal -con la cabeza retumbándole, levantó el auricular-. Efron.-Zac.-¡Vane! -oyó el jadeo sofocado de Gina a su espalda-. ¿Te encuentras bien?-Sí, sí, estoy bien. Zac...-¿Seguro? ¿No te ha herido? No pensé que te dejaría llamar otra vez.Vane controló su impaciencia y habló con tono ligero.-No tuvo más remedio -le dijo-. Está inconsciente y esposado al pie de la cama-¿Qué? -Caine le aferró el brazo, pero Zac se soltó- ¿Qué has dicho?-Dije que lo dejé sin sentido y lo esposé al pie de la cama.Lo recorrió algo que no pudo reconocer. Era alivio. Se manifestó con una carcajada.-Solo Dios sabe por qué estaba preocupado por ti -comentó al dejarse caer en el sofá. Alzó la vista y vio cuatro pares de ojos ansiosos-. Lo dejó inconsciente y esposado al pie de la cama.-Ahí tienes a una Hudgens -explotó Greg y tomó a Gina en brazos-. ¿Con qué lo golpeó?-¿Ese es mi padre? -quiso saber Vane.-Sí. Ha preguntado con qué lo golpeaste-Con una sartén de hierro -notó que las piernas le temblaban y se sentó en el suelo.-Una sartén -comunicó Zac.-¡Esa es mi niña! -exclamó Greg, besando a Gina con intensidad, luego apoyó la cabeza sobre el hombro de ella y lloró.-Zac, ¿podrías venir a recogerme? -pidió Vanessa-. Ya he tenido una noche horrible.-¿Dónde estás?-No lo sé -enterró la cara entre las rodillas. «No te derrumbes», se ordenó. «No te vengas abajo». Pudo oír a Zac pronunciar su nombre por el auricular y se tragó las lágrimas-. Aguarda un momento, deja que levante las persianas para ver si consigo orientarme. Háblame -pidió al levantarse-. Sigue hablando.-Toda tu familia está aquí -dijo al percibir un atisbo de histeria en la voz de ella-. Tu madre quiere organizar una cena esta noche. ¿Qué te gustaría comer?-Una hamburguesa con queso -respondió mientras levantaba la primera persiana-. Dios, me encantaría una hamburguesa con queso y litros de champán. Creo que estoy al este de la ciudad, cerca de la playa. Hay unas pocas casas prefabricadas al final de esta misma calle. Nunca he estado por aquí -se mordió con fuerza el labio para evitar que la voz se le quebrara-. No sé donde estoy.-Dame el número del teléfono, Vane. Lo rastrearemos -escribió con rapidez, mientras ella se lo leía-. Iré para allí, tú aguanta.-Lo haré. Estoy bien, de verdad -de algún modo, dejar entrar un poco de luz en la habitación ayudó-. Solo date prisa. Diles a todos que estoy bien, que no se preocupen.-Vane, te amo.-Ven a demostrármelo -dijo antes de colgar y volver a sentir las lágrimas.-Averigüe dónde se encuentra -le dijo Zac a Renicki al entregarle el trozo de papel. El teniente asintió y comenzó marcar. -Así que lo dejó sin sentido con una sartén, ¿eh? -soltó una risa rápida-. ¡Debe de ser toda una mujer!-Es una Hudgens -informó Greg, luego se sonó la nariz.-Es una pequeña casa frente el mar, al este de la ciudad -dijo el teniente unos minutos más tarde, al tiempo que se dirigía hacia la puerta-. ¿Viene? -le preguntó a Zac.-Vamos todos -contestó Zac con expresión suave.Vane se hallaba en el umbral abierto, aunque temblaba bajo el fresco aire de la mañana. Se dio cuenta de que aún no habían pasado ni veinticuatro horas. Sin embargo, le daba la impresión de que habían transcurrido días desde la última vez que vio la luz del sol. El césped aún seguía húmedo por la lluvia de la noche. ¿Cómo es que nunca había visto cuántos colores había en una gota de agua sobre una brizna de hierba?Entonces vio los coches. «Como un desfile», pensó, y sintió fuertes deseos de volver a llorar. No, no iba a saludar a Zac con lágrimas. Enderezó los hombros y salió a esperar a la galería.El frenó delante de dos coches de policía. De inmediato bajó y corrió hacia ella.-Vane -la rodeó con los brazos y la alzó del suelo para estrujarla contra él. Con la cara enterrada en el cuello de Zac, ella lo oyó repetir su nombre una y otra vez-. ¿Estás bien? -quiso saber él, pero antes de que pudiera contestar, la besó en los labios.Vane notó que Zac temblaba y lo abrazó con más fuerza. Para tranquilizarlo, proyectó todo su amor y calidez en el beso.-Estás helada -murmuró al sentir la piel fría bajo las manos-. Toma mi chaqueta.Cuando fue a quitársela, ella le enmarcó el rostro entre las manos.-Oh, Zac -murmuró al acariciar los surcos de tensión en su cara-. Ha sido muy duro para ti.-Vamos, déjame verla -Greg la tomó por los hombros y pasó las anchas manos por la cara de su hija-. Así que lo quitaste de la circulación con una sartén, ¿verdad, pequeña?Vanessa vio sus ojos enrojecidos y lo besó con intensidad.-La tenía a mano. No me digas que estabas preocupado por mí -comentó, haciéndose la ofendida.-Por supuesto que no -bufó él-. Cualquier hija mía sabe cómo cuidarse. Era tu madre la que estaba preocupada.El teniente Renicki observó mientras Vanessa era pasada de un miembro a otro de la familia. Quería vigilar a Zac cuando sacaran a Rodrigo Ford.-Necesitaremos una declaración suya, señorita Hudgens -dijo, y se acercó para situarse junto a Zac. -Ahora no.Aceptó las palabras de Zac con un gesto de cabeza.-Si puede, venga más tarde a la comisaría, después de haber descansado -sintió que Zac se ponía tenso, y, preparándose, giró la cabeza cuando Rodrigo salía escoltado por dos agentes uniformados.-Tranquilo, señor Efron -murmuró-. Su dama ya ha sufrido bastante por un día.Rodrigo levantó la cabeza. Zac recordó esos ojos. Los pálidos y ansiosos ojos que había visto a diario en un tribunal. «No podía tener más de tres años», pensó. Un bebé. Sintió la mano de Vane en la suya a la vez que su ira se desvanecía. Mientras lo conducían hacia el coche, Rodrigo no dejó de mirar a Zac por encima del hombro.-Lo siento tanto por él -murmuró Vane-, tanto...-Yo también -Zac la tomó en brazos.-Algunos de mis hombres registrarán la casa -dijo el teniente Renicki-. Cuando pueda, señorita Hudgens, pase por la comisaría.-Vamos, llevémonos a la pequeña -dijo Greg, mientras daba un paso hacia ella. -Zac la llevará -Gina lo tomó por el brazo y lo condujo hacia el segundo coche de policía-. Los demás iremos a planear esa cena.-Ni siquiera tiene zapatos -profirió Greg al ser empujado al interior del vehículo.-Estará bien -comentó Alan mientras ocupaba el asiento delantero. Se dio cuenta de que estaba hambriento.-Claro que estará bien -corroboró Caine, luego le habló a su padre al oído-: Te compraré un cigarro si te marchas sin hacer ruido. Greg miró a su mujer y se reclinó en el asiento.-Estará bien -decidió.-Vamos -Zac le abotonó la chaqueta hasta el cuello a Vane-, Te llevaré de vuelta.-Demos un paseo por la playa -le rodeó la cintura con el brazo-. Lo necesito.-Estás descalza -señaló-Es la mejor forma de pasear por la playa. No has dormido -comentó al cruzar hacia la arena.-No. Pero al parecer podría haberlo hecho sin preocupación -quería aplastarla contra él, asegurarse de que era real. Con el brazo sobre el hombro de ella, le dio un beso en la coronilla.-Odié hacerle daño -musitó-. Pero no sabía cómo iba a reaccionar él cuando te tuviera cara a cara. Hay tanto odio dentro de ese muchacho, Zac. Es tan triste.-Arrebaté algo vital de su vida. El se llevó algo vital de la mía -se detuvo y la mantuvo pegada a su lado mientras oteaba el mar-. Me sorprende que pidiera tan poco dinero.-¿Poco? -lo observó con una ceja enarcada-. En la mayoría de los círculos, dos millones es una cantidad considerable.-¿Por algo que no tiene precio? -le tomó la cara entre las manos y bajó la boca hacia la suya. Luego, con un temblor, la pegó a él y se apoderó de sus labios-. Vane -le recorrió la cara a besos y volvió a posar los labios sobre los de ella-. No sabía si alguna vez volvería a abrazarte. En lo único que pensaba era en lo que él te habría podido hacer... y en lo que yo le haría cuando lo encontrara.-No me habría lastimado -la violencia volvía a hervir en él, de modo que lo aplacó con manos y labios-. El motivo por el que me resultó tan fácil escapar fue porque no quería hacerme daño.-No, fui yo quien...-Zac. ¡Ya basta! -lo apartó y lo miró con enfado-. Tú no causaste esto; no pienso tolerar que trates de asumir la culpa. Lo que sucedió hoy se inició hace mucho con el alcohol y la intolerancia. Ya se acabó. Dejémoslo descansar en paz.-Me pregunto por que eché de menos que me gritaras - murmuró, luego volvió a abrazarla.-Masoquista. ¿Sabes...? -se arrebujó un momento contra él-... he tenido tiempo de pensar en nuestra relación.-¿Oh?-Sí, creo que necesitamos redefinir las reglas de juego.-No sabía que las tuviéramos -perplejo, la apartó.-He estado pensando -caminó hacia las olas, pero al descubrir que el agua estaba helada, retrocedió otra vez.-¿Y? -cauteloso, la tomó por los hombros y la giró para verle la cara.-Y no creo que la situación actual sea muy práctica.-¿En qué sentido?-Creo que deberíamos casarnos - dijo con mucha calma.-¿Casarnos? -pensativo, Zac la miró fijamente. Se hallaba de pie y descalza en la arena fría, con una chaqueta demasiado grande para ella, con el pelo enredado y revuelto, diciéndole con calma que deberían casarse. Una hora antes había dejado sin sentido a un aprendiz de secuestrador con una sartén de hierro. Se dio cuenta de que no era como lo había imaginado. Había imaginado que sería él quien se lo pediría en una habitación tenuemente iluminada, cálidos y satisfechos después de haber hecho el amor-. ¿Casarnos?- repitió.-Sí, tengo entendido que la gente aún lo hace. Ahora bien, estoy dispuesta a ser razonable.-Lo eres -asintió, preguntándose qué tramaría.-Como es sugerencia mía, lo resolveremos a tu manera -buscó en el bolsillo y sacó una moneda.-Vane, vamos... -río y alargó la mano para quitársela-Oh, no, es mi moneda, yo la echo. Cara nos casamos, cruz no -antes de que él pudiera decir otra palabra, tiró la moneda al aire, luego la atrapó. La plantó sobre el dorso de la mano y la extendió para que él la viera-. Cara.La observó. Se metió las manos en los bolsillos y alzó la vista a los ojos de ella.-Al parecer pierdo.-Eso parece -Vane volvió a guardarse en el bolsillo la moneda con dos caras.-¿Y si jugamos al mejor de tres?-Olvídalo -un atisbo de enfado iluminó sus ojos. Se puso a caminar por la arena. Soltó un chillido cuando Zac la alzó en vilo-. Si crees que no vas a pagar la apuesta perdida -comenzó a decir, pero luego emitió un suspiro de placer cuando él la silenció.-Nunca dejo una apuesta sin pagar -prometió, mordisqueándole el labio mientras la llevaba de vuelta al coche-. Deja que le eche un vistazo a esa moneda.Mientras le rodeaba el cuello con los brazos, lo miró con expresión risueña en los ojos.-Por encima de mi cadáver.Fin.




Bueno, espero que les haya gustado esta novela a mis lectoras. Y quiero deciros que ya estoy buscando otra novela para adaptarla a Zanessa. Me encantaria que comentarais y perdonar si yo no comento en las vuestras, pero debo decir que las llevo todas para delante. Muchos besos.


PD: la nueva novela es esta: http://despertandoalatentacion-zanessa.blogspot.com/

Capitulo 9.

19 February 2012 15:02:00


En la semana siguiente. Vane se sumergió en la rutina del Comanche. Era la primera gran inversión que realizaba sin que la hubiera elegido cuidadosamente su padre estaba decidida a dominarla al detalle. No le importaban las miradas curiosas o los murmullos ocultos detrás de una mano mientras inspeccionaba las salas públicas o examinaba detenidamente los libros, archivos y documentos. Los esperaba. Pasó los días aprendiendo todos los mecanismos del hotel y los atardeceres en el casino o en el despacho en su calidad de directora. Las noches transcurrían en soledad en la suite de Zac.
En el transcurso de la semana descubrió dos cosas. La primera, que el Comanche era una organización dirigida con habilidad que complacía a gente con dinero para gastar. Daba a sus clientes lo mejor... a un precio. Y la segunda, que la ausencia de Zac resultó una bendición. Le quedaba poco tiempo para echarlo de menos en sus horas ajetreadas. Únicamente por la noche, cuando se encontraba sola, se daba cuenta de lo mucho que había llegado a depender de él. Una palabra, un contacto, su presencia. Sola, tenía la oportunidad de demostrarse a sí misma y a su equipo que era competente y seria como para dirigir el hotel. Algo que aprovechó al máximo.
Su educación y experiencia le fueron muy útiles. Estaba acostumbrada a frecuentar hoteles de categoría y sabía lo que buscaba un cliente desde su llegada hasta su marcha. El año pasado en el Celebration le había dado otra perspectiva. Entendía los problemas que acuciaban al personal, el cansancio, el aburrimiento. El primer día se ganó a Nero y a Kate. El segundo, logró conquistar al chef, al administrador de noche y a la gobernanta. Cada uno representó una victoria mayor.
Sentada detrás del elaborado escritorio de nogal, revisó el programa de la semana para sus croupiers. Justo ante sí, el panel abierto le daba una amplia vista del casino. Disfrutaba de las sensaciones combinadas de aislamiento y compañía. Como el día apenas había comenzado, tenía intención de dedicar dos horas más al trabajo administrativo. Sabía que si la necesitaban, el timbre que se encontraba sobre el escritorio sonaría e iluminaría la ubicación del posible conflicto. Si se mantenía ocupada hasta que la dominara la fatiga, no sentiría la tentación de levantar el teléfono para llamar a Zac a Las Vegas.
Era un hombre que necesitaba espacio, que no hacía promesas ni las esperaba. Sabía que si quería tener éxito, no podía olvidar eso. Con paciencia, llegaría un momento en que se sentiría cómoda amándolo. Con una ligera sonrisa movió la cabeza. Nunca estaría cómoda amándolo. Ni quería estarlo.
Se frotó la nuca, frunció el ceño y observó el programa. Podía ser menos complicado si contrataran a otro crupier para un horario flotante. Eso haría las horas más flexibles y...

-Sí, adelante -sin levantar la vista, siguió revisando la lista. Con alguien que llenara los huecos, podría barajar los turnos. De repente, una lluvia de violetas aterrizó sobre el papel frente a ella. -Pensé que esto lograría llamar tu atención. Al alzar la vista, sintió que se le aceleraba el corazón.

-¡Zac! -se levantó de su silla y corrió hacia sus brazos antes de que alguno de los dos se percatara de lo que hacía.

Mientras la besaba, Zac pensó que era la primera vez que veía esa alegría espontánea y abierta en su cara. Y era por él. El cansancio de un largo vuelo, la tensión de la semana, todo se evaporó.
-¿Qué hace que sea tan bueno tener a un mujer en los brazos? -preguntó.

Vane echó la cabeza hacia atrás. Se sintió inquieta al estudiar la cara de Zac.
-Pareces cansado -alzó los dedos para acariciar las tensas líneas de alrededor de los labios de él-. Nunca te había visto así antes. ¿Te ha ido mal?
-He tenido semanas más agradables -la acercó más, con el deseo de llenarse de ella, de su ser, de su fragancia. Más tarde le hablaría de la pulcra nota impresa que había recibido. Otra amenaza, sin detalle o razón, solo una promesa de que no había un final.

-Hice lo que pediste -añadió, y recorrió con la mano la suave piel de la espalda que el vestido dejaba expuesta. -Mmm. ¿Qué?

-Lo pasé muy mal sin ti.

No se rió como él esperaba, pero apretó los brazos alrededor de su cuello. Vane trató de contener las lágrimas y pegó los labios a su garganta.
-No llamaste. Esperé tu llamada -murmuró. Aterrada por sus propias palabras se apartó, se tragó las lágrimas y movió la cabeza-. No, no quería que sonara de esa manera. Se que has estado muy ocupado -levantó las manos, luego, impotente, las dejó caer-. Y también yo. Había un millón de cosas... -se volvió para revolver papeles sobre el escritorio-. Los dos somos adultos e independientes. Lo último que necesitamos es empezar a ponernos ataduras el uno al otro.

-Divagas cuando estás nerviosa.

-No te burles de mí -giró y lo miró con ojos ardientes y furiosos.

-Es raro en mí haber echado de menos esa mirada matadora -dijo mientras se acercaba a ella. Tomó su cara entre las manos y la sostuvo con suavidad, sin dejar de mirarla a los ojos. Ella se sintió débil y palpitante-. Vane -suspiró él mientras la besaba.
El beso tierno no tardó en volverse hambriento. Al besarlo sintió la necesidad de él tanto o más que la suya; solo se separaron para encontrar ángulos nuevos, placeres profundos. Los anhelos de una semana se intensificaron para producir dos pares de labios ardientes y ávidos, dos pares de manos que recorrían con urgencia. Con respiración agitada, Zac la apretó contra él. «Ninguna mujer», pensó, «me ha hecho sufrir de esta manera».
-Dios mío, te deseo, Vane. Te deseo de tal modo que no puedo pensar en otra cosa sino en tenerte.
Ella apretó la mejilla contra la suya, pero los movimientos detrás del cristal captaron su atención.

-Es una tontería -admitió- pero me siento... expuesta -con risa temblorosa, se apartó, pero la expresión de los ojos de él hizo que el corazón volviera a latirle con fuerza-. ¿Por qué no cierras el panel -murmuró- y me haces el amor? -la llamada a la puerta le provocó un gemido.

-Lo había olvidado, te he traído un regalo -la tomó por los hombros y con un largo suspiro la apartó. -Diles que se vayan -sugirió-, y dámelo más tarde -le tomó las manos-. Mucho más tarde. La llamada se repitió.

-Vamos, Zac, ya has tenido tus diez minutos.
-¿Caine? -Zac vio sorpresa y placer en la cara de Vane-. Caine.
-Ve a abrir la puerta y hazlos pasar -le besó la nariz y apartó las manos del cuerpo de ella. Vane fue a abrir con brusquedad. -¡Caine! ¡Alan! -con una carcajada se lanzó hacia ambos-. ¿Qué hacéis aquí? -exigió al tiempo que los besaba-. ¿No corremos el riesgo de que tanto el gobierno federal como el del estado se vengan abajo?

-Hasta los funcionarios públicos necesitan unos días libres de vez en cuando -dijo Caine mientras la apartaba.

«Apenas ha cambiado», pensó ella. Si bien sus dos hermanos habían heredado la altura de su padre, Caine era delgado y fibroso. «Casi flaco», concluyó con objetividad fraternal. Sin embargo, tenía una cara fascinante desde todos los ángulos, una sonrisa que usaba a su favor y ojos tan oscuros como los suyos. El pelo marron, con un leve matiz rojizo, ondulaba libremente alrededor de la cara. Al mirarlo se podía ver con facilidad por qué su habilidad con las mujeres se hallaba casi a la misma altura que su fama como abogado.

-Hmm, no ha salido tan mal, ¿verdad, Alan? Con el ceño fruncido, Vane se volvió hacia su hermano mayor.
-No -respondió este y le ofreció la lenta y seria sonrisa que encajaba tan bien con su aspecto sombrío. Ella pensó que no parecía un senador de los Estados Unidos-. Aunque sigue un poco flacucha -le tomó la barbilla entre los dedos, y volvió la cara de un lado a otro-. Bonita -declaró en una imitación perfecta del deje de su padre.

-Quizá deberías haberte casado con Arlene Judson, después de todo -dijo Vane con dulzura. Luego pasó un brazo alrededor de cada uno de sus hermanos-. ¡Me siento tan contenta de veros!
Zac se había sentado en el borde del escritorio de Vane y los observaba. Parecía muy pequeña entre los dos hombres altos, pero por primera vez notó la semejanza entre Caine y ella: la forma de la boca, la nariz, los ojos. Alan era una versión más dura de Gina, si bien los tres llevaban el sello de Greg. Lo vio tan claro en ese momento que se cuestionó cómo no lo había notado desde el primer instante en que la vio.
Quizá se debía a presenciar su encuentro como familia, a imaginar a Vane como hermana. Pensó en Diana, su hermana, y sintió un atisbo de pesar. Se recordó que había hecho todo lo que había podido. No obstante, nunca había sabido lo que era tener esa unión básica y de por vida que significaba pertenecer a una familia.
-¿Cuánto tiempo os vais a quedar? -preguntó Vane mientras los arrastraba al interior de la oficina.
-Solo el fin de semana -contestó mientras Caine realizaba un estudio rápido y exhaustivo del despacho.

-Así que has terminado por aceptar un socio -le dijo a Zac-. Nos quedamos sorprendidos después de que rechazaras tantas veces a nuestro padre. -Fui más persuasiva -dijo Vane con sencillez. Caine le lanzó una mirada a Zac, que no hacía preguntas, ya que conocía las respuestas. Había una leve advertencia en ella, sutil pero bien clara.
-Aún no me habéis dicho cómo es que habéis aparecido por aquí -caminó hasta situarse detrás de Zac mientras Caine se sentaba y Alan se dirigía a echar un vistazo a través del cristal.-Nos enteramos de la amenaza de bomba en Las Vegas -contestó Alan-, Llamé a Zac. Sugirió que quizá te gustara nuestra visita. Y... -se volvió esbozando una de sus escasas sonrisas-... Caine y yo pensamos que nuestra llegada retrasaría un poco la aparición de papá.

-La última vez que hablé con él -comentó Caine-, insinuó que tal vez disfrutara de unas semanas en la playa.

-Supongo que estáis al tanto de su última intriga -comentó con una especie de gemido y risa.

-Parece haberle salido bastante bien -expuso Alan al ver la mano de Zac alzarse para descansar sobre la nuca de Vane.
-Tuve la tentación de romper más que unos pocos cigarros -murmuró ella mientras echaba un vistazo al timbre que sonó en el escritorio de él-. Mesa seis. No -tocó el hombro de Zac cuando amago con levantarse-. Yo me ocuparé de ello. ¿Por qué los tres no os vais arriba a relajaros un poco? Subiré en cuanto me asegure de que aquí abajo todo ha vuelto a la calma.
-¿Sería poco ético que me pusiera a jugar aquí ahora que compartes la propiedad del casino? -preguntó Caine.

-No mientras juegues tan mal como de costumbre -respondió Vane antes de desaparecer por la puerta.
Caine soltó un juramento y estiró las largas piernas.

-Sólo porque solía dejar que me ganara al póquer.

-Dejarla ganar, y un cuerno -dijo Alan con suavidad-. Te machacaba. No dijiste gran cosa por teléfono, Zac -continuó mientras se volvía del espejo-. ¿Puedes explicar lo que pasó en Las Vegas?
Zac se encogió de hombros y sacó un cigarro del bolsillo.

-Era una bomba casera, muy compacta. Estaba debajo de una de las mesas de lotería. El FBI estudia la lista de antiguos empleados, de clientes habituales que hayan gastado grandes sumas de dinero, de cualquier extorsionista conocido con una forma de operar similar. Pero no espero mucho de eso. Hubo algunas llamadas amenazadoras, pero no pudieron rastrearlas y yo no pude reconocer la voz. No tienen mucho en qué basarse -mientras encendía el cigarro, dirigió la mirada más allá de Alan, hasta donde Vane hablaba con un cliente-. Es imposible rastrear a todos los que perdieron dinero en alguno de mis casinos, aunque ese fuera el motivo de la bomba. -¿Y tú no crees que lo fuera? -preguntó Caine al tiempo que seguía la mirada de Zac hacia su hermana.
-Solo tengo una corazonada -murmuró y se levantó inquieto-. Hubo una amenaza hace un par de días... nada concreto, lo suficiente para hacerme saber que intentaría algo más.

-¿No especificó un dónde, un cuándo, o un cómo? -intervino Caine.

-No -Zac le lanzó una sonrisa lóbrega-. Por supuesto que podría cerrar todos mis hoteles y ganarle en paciencia -dio una rápida e intensa calada al cigarro-. Pero que nadie sueñe con que lo haga -con esfuerzo controló una furia impotente. Lo estaban acosando. Lo sabía con tanta seguridad como si hubiera visto la sombra detrás de él-. Quiero que Vane se vaya a casa hasta que esto se resuelva -dijo brevemente-. Entre los dos, deberéis ser capaces de convencerla.

La respuesta de Caine fue una sonrisa breve. Alan le lanzó a Zac una mirada serena.

-Se iría -comentó Alan- si tú te fueras con ella.

-Maldita sea. Alan, no pienso ir a buscar un agujero seguro para esconderme mientras alguien se dedica a jugar con mi vida.

-¿Y Vane lo haría? -replicó.

-Posee la mitad de uno de mis cinco hoteles -dijo Zac con sequedad-. Si algo le pasara a este, el seguro cubriría sus pérdidas -sus ojos se vieron atraídos otra vez hacia el cristal-. Lo mío es más que una única inversión en juego.
-Eres un tonto si piensas que eso es todo lo que tiene Vane -murmuró Alan.
Zac se volvió hacia él y dejó salir toda la ira acumulada durante la semana.

-Esto no me gusta. Alguien va detrás de mí, y ella se encuentra demasiado cerca. La quiero lejos y a salvo, donde nada le pueda pasar. Pensé que lo entenderías. ¡Por Dios, es tu hermana!

-¿Y qué es para ti? -preguntó Caine con suavidad. Furioso, Zac lo encaró con cientos de maldiciones palpitando en sus labios. Encontró unos ojos oscuros y directos, muy parecidos a los de Vane.
-Todo -respondió antes de volver a mirar hacia el cristal-. Maldita sea, lo es todo

-Bien, el asunto ya está arreglado -indicó Vane al entrar por la puerta-. Solo tuve... -calló cuando la tensión se alzó como un muro. Despacio, miró de un hombre a otro, luego pasó junto a sus hermanos en dirección a Zac-. ¿Qué pasa?

-Nada -se obligó a mantenerse calmado, apagó el cigarro y tomó su mano-. ¿Has cenado?

-No, pero...

-Pediremos que nos suban algo, a menos que prefiráis el comedor -adrede, desvió la vista para clavarla en Alan y Caine.

-De hecho, voy a probar mi suerte en las mesas -Caine se levantó con naturalidad-. Alan impedirá que pierda el sueldo de un mes. ¿Algún consejo, Vane?

-No te alejes de las máquinas tragaperras -dijo con una sonrisa.

-Qué poca fe tienes -murmuró y tiró de una de sus orejas-. Nos veremos mañana.

-A última hora de la mañana -añadió Alan al abrir la puerta-. No lograré alejarlo de las mesas antes de las tres.

Vane esperó hasta que la puerta se cerró. -Zac, ¿qué sucede?

-Me encuentro cansado -repuso y la tomó del brazo-. Vayamos arriba.

-No soy tonta -él la condujo con rapidez por su despacho hacia el ascensor-. Al entrar sentí como si algo fuera a explotar. ¿Estás enfadado con Alan y Caine?

-No, no es nada que te concierna. La respuesta fría y terminante hizo que se pusiera rígida.

-Zac, no intento meterme en tus asuntos personales, pero como parecía afectar a mis hermanos, me sentí con derecho a recibir una explicación.

El reconoció el dolor y el enfado. Deseó disipar ambos, tomarla en brazos y detener las preguntas de ella de un modo que eliminara su propio malhumor y tensión. Pero al abrirse las puertas del ascensor, se obligó a reflexionar con frialdad. Podría utilizar el enfado y el dolor a su favor.

-No es nada que te concierna -repitió con indiferencia-. ¿Por qué no pides algo del servicio de habitaciones? Quiero tomar una ducha -sin esperar la respuesta, se marchó.

Demasiado aturdida por el tono de él para reaccionar, solo atinó a mirar fijamente su espalda. ¿Qué había cambiado desde el saludo desesperado y tempestuoso que habían compartido? ¿Por qué la trataba como a una extraña? «O peor», comprendió, «como a una amante cómoda a la que puede tomar o hacer a un lado a su antojo». En medio de la habitación, intentó despertar la furia pero solo encontró angustia. Había sabido el riesgo que asumía. Y al parecer había perdido la partida.
«No». Apretó los puños y movió la cabeza. No la podía descartar con tanta facilidad. Decidió que lo mejor era que él se duchara y cenara. Luego le explicaría exactamente lo que ella esperaba. «Con calma», añadió mientras se dirigía al teléfono. «Con mucha calma». Con ferocidad apretó el botón del servicio de habitaciones.

-Habla la señorita Hudgens. Me gustaría un filete y una ensalada.

-Por supuesto, señorita Hudgens. ¿Cómo le gustaría la carne?

-Quemada -murmuró.

-¿Perdón? Con un esfuerzo logró controlarse.

-Es para el señor Efron -explicó-. Estoy segura de que sabe lo que a él le gusta.

-Desde luego, señorita Hudgens. Haré que le suban la cena de inmediato.

-Gracias -«todo el mundo se desvive por Zac Efron», pensó con pesar mientras colgaba. Se dirigió al bar y se preparó una copa fuerte.
Cuando Zac salió del dormitorio, Vane estaba sentada en el sofá y el camarero preparaba la cena en la mesa del otro lado de la sala. Zac solo llevaba puesto un batín.
-¿No vas a comer? -con la cabeza indicó el servicio para una persona.

-No -tomó un sorbo de la copa-. Tú empieza -abrió la cartera, sacó un billete y lo extendió hacia el camarero-. Gracias.

-Gracias, señorita Hudgens. Que disfrute de la comida señor Efron.
-Pensé que no habías cenado -cuando la puerta se cerró, Zac ocupó su asiento.

-No tengo hambre -expuso con sencillez.

-Al parecer no hubo grandes problemas durante mi ausencia -Zac se encogió los hombros y se dedicó a la ensalada.
-Nada que yo no pudiera solucionar. Si bien tengo algunas sugerencias que hacer, creo que el hotel y el casino marchan sobre ruedas.

-Has hecho una buena inversión -cortó la carne.

-Se podría considerar desde ese punto de vista -Vane pasó un brazo por el respaldo del sofá. Las lentejuelas de su chaqueta brillaron a la luz tenue.
Al mirarla, Zac sólo deseó arrancársela, junto con la fina prenda de seda negra que llevaba debajo, para perderse de nuevo en ella, en su piel suave, en su mata de cabello moreno. Apuñaló una pieza de carne con el tenedor.

-El hotel parece marchar por buen camino este último año -dijo con sencillez-. Me parece que no es necesario que ambos le dediquemos veinticuatro horas al día. -sin poder tragar más, se sirvió un poco de café-. Quizá quieras considerar la idea de volver a casa.

-¿A casa? -repitió con voz apagada mientras detenía la copa a mitad de camino de sus labios.-En este momento no se te necesita aquí -continuó él-. Se me ocurrió que sería más práctico que regresaras a casa, o adonde quieras ir, para volver a tomar el mando cuando yo deba ausentarme.
-Comprendo -dejó la copa sobre la mesa frente a ella y se levantó-. No tengo ninguna intención de encajar en la categoría de socio pasivo, Zac -dijo con voz fuerte y clara, aunque desde el otro lado de la habitación él pudo ver sus ojos empañados-. Ni en la categoría de equipaje extra. Sería muy sencillo volver a nuestro acuerdo inicial y olvidar el error de una noche -al sentir que la mano comenzaba a temblarle, recogió la copa y la vació-. Recogeré mis cosas y me trasladaré a mi propia suite.
-Maldita sea, Vane, quiero que te vayas a casa -al verla luchar para contener las lágrimas, sintió que algo se le retorcía en las entrañas. A la defensiva, se apartó de la mesa y fue hacia ella-. No te quiero aquí.

Ella contuvo el aliento y eso la ayudó a despejar la vista. A Zac le resultó cien veces peor ver sus ojos secos y dolidos.
-No hace falta ser cruel, Zac -murmuró-. Te has manifestado con claridad. Abandonaré tus habitaciones, pero la mitad de este hotel es mía, así que me quedo.

-Yo no he firmado todavía el contrato -le recordó.

Lo miró fijamente largo rato. -Veo que estás desesperado por deshacerte de mí -musitó-. Fue un error -contempló la copa vacía que tenía en las manos-. Si hubiera sido más inteligente, no me habría acostado contigo hasta haberlo firmado.

-¡No! -furioso, le arrancó la copa de la mano y la lanzó a través de la estancia, estrellándola contra la pared. La pegó a él, enterró la cara entre su cabello y volvió a jurar-. No puedo hacerlo de esta manera. No puedo dejar que pienses eso.

-Por favor, déjame ir -rígida por el dolor, no se resistió.

-Vane, escúchame. Escúchame -repitió al apartarla de sí con las manos sobre los hombros-. Antes de irme a Las Vegas me entregaron una carta. Iba dirigida personalmente a mí. Quienquiera que haya plantado esa bomba, quería que yo supiera que no había terminado. Va a volver a golpear. Hay algo más que dinero en juego, lo percibo. Es personal ¿Lo entiendes? Conmigo no estás segura.
Lo miró fijamente mientras las palabras atravesaban el dolor.

-¿Me has dicho estas cosas porque piensas que puedo correr peligro si me quedo?

-Quiero que te alejes de toda esta situación.

-No eres mejor que mi padre -dijo furiosa mientras le apartaba las manos de sus hombros-. Pretendes arreglar mi vida con tus pequeñas tramas y planes. ¿Te das cuenta de lo que me has hecho? -las lágrimas amenazaron con asomar de nuevo y las contuvo-, ¿Sabes cómo me has herido? ¿Se te ocurrió alguna vez que podrías haberme contado la verdad?

-Te la acabo de contar -replicó mientras luchaba contra oleadas de culpa y necesidad-. ¿Por fin te vas a ir?

-No.

-Vane, por el amor de Dios...

-¿Esperas que haga mis maletas y huya? -interrumpió mientras lo empujaba con frustración-. ¿Que me esconda porque alguien puede plantar una bomba en el hotel en algún momento? Maldita sea Zac, tengo tanto en juego en esto como tú.

-El hotel está completamente asegurado. Si algo pasara no perderías tu inversión.

-Eres un beep -cerró los ojos con un suspiro.

-Vane, sé razonable.
Cuando volvió a abrirlos, la furia brillaba otra vez en ellos.

-Supongo que tú lo estás siendo.

-¡Me importa un bledo si lo soy o no! –exclamó él-. Quiero que estés en algún lugar donde sepa que nada te puede lastimar.

-¡No puedes saberlo todo!

-¡Sé que te amo! -la tomó nuevamente y la zarandeó-. Sé que significas más que cualquier otra cosa en la vida para mí y no voy a correr ningún tipo de riesgo.

-¡Entonces cómo puedes pedirme que me vaya! -gritó- Las personas que se aman deben estar juntas.

Se contemplaron al comprender lo que habían dicho. Las manos de Zac se suavizaron, luego las dejó caer.
-Hazlo por mí, Vane.

-Cualquier otra cosa -repuso-. Esto no. Se dio la vuelta y se dirigió hacia la ventana. Afuera el sol se hundía en el mar. Destellos de fuego, vetas de oro... igual que la mujer que tenía detrás.

-Nunca he amado a nadie -murmuró Zac-. A mis padres, a mi hermana tal vez, pero llevan fuera de mi vida mucho tiempo. Me las arreglé sin ellos.-No creo que pudiera arreglármelas sin ti. Me aterra incluso la idea de que pueda pasarte algo.

-Zac -se acercó a él, lo rodeó con los brazos y apretó la mejilla contra su espalda-. Sabes que no hay garantías, sólo probabilidades. -He contado toda mi vida con las probabilidades, pero contigo no.

-Sigo haciendo mis propias elecciones -le recordó ella-. No puedes cambiar eso, Zac. No te lo puedo permitir. Dímelo de nuevo -exigió antes de que él pudiera contestar-, y esta vez sin gritar. Soy tan sensible al romanticismo como cualquiera.

Cuando giró de nuevo hacia ella, con la punta de los dedos trazó la curva de sus labios -Siempre pensé que te amo sonaba muy corriente... hasta ahora -con suavidad reemplazó la punta del dedo con los labios-. Te amo, Vane.
Ella suspiró mientras lo sentía quitarle la chaqueta de los hombros.

-Zac -murmuró cuando la levantó en brazos.

-¿Hmm?

-No se lo digamos a mi padre. Odio cuando se regocija.

Entre risas, la depositó en la cama. Iba a hacerle el amor con suavidad. Le pareció lo correcto al recordar el dolor de sus ojos. Vane era algo precioso para él, vital para su vida, una parte permanente de sus pensamientos. Suave y cálida ya, ella lo apretó contra su cuerpo. Iba a hacerle el amor con suavidad, pero lo volvía loco.
Las manos de ella le apartaban la bata y se movían sobre su piel. Los labios comenzaron a recorrerle la cara, a mordisquearlo... tentando, atormentando, exigiendo. Zac juró mientras le bajaba el vestido y el sonido de la risa baja y ronca de Vane lo empujó al abismo. Quizá le hacía daño no podía controlar sus manos. Las dominaba el frenesí de tocar, de poseer. Pero ella sólo se arqueó debajo de él, lujuriosa, con abandono, hasta que la sangre de Zac rugió como un trueno en sus oídos. Murmuró cosas inconexas en el idioma de sus antepasados amenazas, promesas, frases de amor y de guerra que ya no era capaz de separar.

Vane oyó las palabras duras y bajas... primitivas y eróticas al ser susurradas sobre su piel. En ese momento no quedaba nada del suave y sofisticado jugador, había algo fiero e indomable. «Y es todo mío», pensó con frenesí mientras lo recorría con las manos.

Percibía su intensa fragancia de hombre, un aroma no diluido por perfumes, y enterró la cara en su hombro, con el deseo de absorberlo. Pero el deseo de él no iba a concederle pausa. Caliente y abierta, la boca de Zac aplastó la suya, exigiendo vehemencia, no rendición.
«Deséame», parecía decir él. «Necesítame». Ella respondió con un torrente de pasión que los dejó a ambos jadeantes. En su primera noche de amor creyó que él le había mostrado todo lo que se podía conocer, todo lo que se podía tener. ¿Cómo podía existir todavía más, y con promesas de secretos por descubrir? Zac parecía disponer de una reserva inagotable de energía y necesidad. Como había hecho desde el principio, la desafiaba a igualarlo.
La tocó, y cien explosiones pequeñas y violentas estallaron dentro de ella. Mientras su cuerpo vibraba, todo lo que había imaginado de niña acerca del acto del amor, las palabras tiernas, las caricias suaves, le resultaron insignificantes. Ese era su destino: la tempestad y la furia.

Con las bocas unidas con desesperación, se convirtieron en una forma salvaje e insaciable.

Con los ojos aún cerrados, Vane se estiró con placer.

-¡Oh, Dios, me siento maravillosa! -incluso a sus propios oídos la voz le sonó como el ronroneo de un gato satisfecho.

-A menudo he pensado lo mismo -acordó Zac mientras la acariciaba con una mano.

Ella rió y se sentó, estirando los brazos por encima de la cabeza. En la penumbra, él observó cómo el cabello le caía sobre la espalda desnuda a medida que se arqueaba.

-No, de verdad... Si no fuera por el hecho de que me muero de hambre.

-Dijiste que no tenías hambre -le recordó. Levantó el brazo, le rodeó la cintura y la hizo caer de nuevo sobre la cama.

-Y no la tenía -rodó hasta situarse encima de él-. Pero ahora sí -después de llenarle la cara de besos, le mordisqueó el labio-. Me desmayo.

-Puedes comerte el resto de mi filete.

-Está frío -se quejó. Con una risa ronca pegó los labios a la garganta de Zac-. ¿No se te ocurre otra cosa?
-Admiro tu espíritu -le dijo mientras volvía a besarla en los labios. Después de alisarle el pelo, apoyó la cabeza de ella en su hombro-. ¿Quieres que llame al servicio de habitaciones?

-Dentro de un rato -dejó escapar un suspiro prolongado y satisfecho-. Te amo Zac.
Mientras él cerraba los ojos, sus brazos se apretaron en torno a ella.

-Me preguntaba si llegarías a decírmelo.

-¿No llegué a mencionarlo? -Vane sonrió y se apoyó en su pecho-. ¿Qué te parece esto? Te amo -comenzó, recalcando las palabras con besos-. Te adoro. Me tienes fascinada. Te deseo.
-Puede que sea suficiente para empezar -se llevó la mano de ella a los labios y, despacio, le besó los dedos-, Vane...-No -con rapidez apoyó la mano sobre su boca-. No me lo pidas de nuevo. No me voy a ir a ninguna parte, y no quiero pelear contigo, Zac. Ahora no, esta noche no -apoyó la mejilla contra la de él.- Es como si hubiera esperado toda la vida para sentir de esta manera. Hasta este momento, todo parece como un preludio. Suena a locura, pero creo que desde el momento en que te vi, supe que todo iba a cambiar -volvió a reír y se apartó-, Y pensar que me consideraba demasiado sensata intelectualmente para creer en el amor a primera vista.
-Tu intelecto retrasó mucho las cosas -afirmó él.

-Al contrario -repuso con sonrisa presuntuosa-. Hizo que marcharan de maravilla. Vine aquí con la idea de convertirme en tu socia, para que pudiéramos tener un trato de igualdad mientras te convencía de que no podías vivir sin mí.

-¿Sí?

-Y funcionó -le sonrió.

-Quizá estás siendo un poco presumida, Vane -tiró de su pelo y se levantó de la cama.
-¿Adonde vas?

-A desinflar un poco tu orgullo -abrió un cajón y sacó un estuche-. Te compré esto en St. Thomas.

-¿Un regalo?-se puso de rodillas y extendió la mano-. Vivo para los regalos.

-Pequeña bruja codiciosa -le dijo mientras soltaba el estuche sobre la mano abierta.

Al abrirlo, la risita de ella se perdió por el silencio. Unos pendientes de amatistas y diamantes resplandecieron ante sus ojos, encendiéndose incluso a la luz tenue del atardecer. Recordó el aspecto que habían tenido en el escaparate iluminado por el sol donde los había visto por primera vez. Con vacilación tocó uno, como si el calor que emanaba de las piedras fuera real y no una ilusión.

-Zac, son maravillosos -susurró mientras alzaba los ojos para mirarlo-. Pero ¿por qué?

-Porque eran perfectos para ti y tú no te habrías dado el gusto. Y... -apoyó una mano en su mejilla - porque ya había decidido que no iba a dejarte salir de mi vida. Si no hubieras aparecido aquí, te habría traído.

-¿Con mi consentimiento o sin el? -preguntó con el atisbo de una sonrisa.

-Te advertí de que era una vieja tradición en mi familia -le colocó el pelo detrás de las orejas-. Póntelos. Me preguntaba cómo te quedarían.

Vane los sacó del estuche y se los puso. Aún de rodillas en la cama, se recogió el pelo hacia atrás con la mano.

-Quiero ver -Zac la detuvo con una simple mirada.

La piel de ella era perfecta. Cuando dejó caer la mano, el cabello se esparció salvajemente sobre sus hombros. Con el único atuendo del brillo de las joyas en los oídos, parecía una fantasía exótica. El destello de deseo que ardió en los ojos de él encendió el deseo en ella. Cuando sus labios se separaron, Vane extendió los brazos hacia él.

Capitulo 8.

18 February 2012 17:13:00


-Sigo pensando que un día de estos te voy a ganar -comentó Vane con un bostezo cuando Alfonso apretó el botón del ático-. Y cuando suceda, será por algo mucho más valioso que un desayuno -miró las paredes de espejos ahumados-. Al estar en tu despacho no noté el ascensor.
-Es una ruta de escape -le sonrió-. Todos necesitamos una de vez en cuando.

-Supongo que no pensé que tú la necesitaras -recordó el espejo falso de su oficina-. ¿Te agobia a veces tanta gente separada de ti solo por una fina pared?-Últimamente más de lo que solía pasarme -reconoció-. Imagino que esporádicamente tú sentirías lo mismo en el barco. ¿No era por eso por lo que salías a la cubierta cuando todos dormían?

-Bueno -se encogió de hombros-, tendré que acostumbrarme a ello si voy a vivir aquí. En cualquier caso, siempre me dio la impresión de vivir entre una multitud -cuando las puertas se abrieron, salió-. Zac, esto es precioso.
Había empleado colores más atrevidos en su alojamiento personal, con toques de índigo en los cojines de un sofá grande y bajo, bermellón en la pantalla de una lámpara de cristal. Para buscar equilibrio había tonalidades pastel y un espejo con un marco dorado.

-Aquí puedes relajarte -decidió Vane, alzando una figura tallada de un halcón en pleno descenso-. No parece un hotel con tus cosas personales a la vista.
Extrañamente, cuando la vio tocar lo que era suyo, Zac experimentó la primera sensación de intimidad con la habitación. Para él siempre había sido un alojamiento, nada más ni nada menos. Un lugar al que ir cuando no trabajaba. Poseía suites similares en los demás hoteles. Eran cómodas, privadas y, comprendió de pronto, estaban vacías. Hasta ese momento.

-Desde luego, mi suite es muy agradable -continuó ella, recorriendo la sala para examinar o tocar lo que le gustaba-. Pero me sentiré más establecida en cuanto pueda distribuir mis cosas. Creo que le pediré a mi madre que me envíe mi escritorio y algunas cosas más -se volvió y descubrió que la observaba con su habitual silencio. Nerviosa de pronto, dejó un pequeño cuenco de cristal de un azul cobalto-. ¿Qué vista tienes? -se dirigió hacia el ventanal y en cuanto plantó un pie en la pequeña plataforma elevada notó que la mesa de cristal ya estaba puesta. Alzó la tapa de uno de los platos y vio una apetitosa tortilla francesa, unas lonchas de beicon y un bollo de maíz. Al levantar la tapa de una cafetera de plata el delicioso aroma inundó la estancia. Junto a la mesa había una cubitera con champán-. Vaya. Mira lo que han dejado las hadas, Zac ¡Asombroso!

-Y pensar que dicen que los milagros son cosa del pasado.

-¿Quieres conocer un milagro? -le preguntó, oliendo una flor-. Es un milagro que no te vierta el café por la cabeza.

-Prefiero beberlo -murmuró al acercarse-. ¿Te gusta la rosa?

-Es la segunda vez que has organizado lo que como sin consultarme -comentó.

-La última vez también estabas hambrienta -le recordó.

-Esa no es la cuestión.

-¿Y cuál es?

Vane respiró hondo, frustrada, y la invadió el olor a comida.

-Hace un minuto lo sabía -musitó-. ¿Cómo lograste tenerlo preparado, caliente y listo?

-Llamé al servicio de habitaciones antes de entrar en el casino para ver si necesitabas que te rescataran -cubrió la botella con una servilleta y con habilidad la descorchó.

-Muy inteligente -se rindió al hambre y se sentó. Apoyó los codos en la mesa y la barbilla en las manos unidas-. ¿Champán para desayunar?

-Es el mejor momento -llenó las dos copas antes de sentarse.

-Si decido pasar por alto tu arrogancia -comentó mientras partía la tortilla-, es un gesto muy bonito...

-De nada -alzó la copa.

Después del primer bocado, Vane cerró los ojos para apreciar el sabor en silencio.

-Y resulta fácil pasar por alto la arrogancia con el estómago vacío. O me muero de hambre o esta es la mejor tortilla que he probado.

-Le transmitiré al chef tus cumplidos.

-Mmm. Mañana tendré que ir a echarle un vistazo a la cocina, y al club nocturno -añadió después de llevarse otro bocado a la boca-. He sabido que durante una semana va a actuar Chuck Rosen. No habrá ni un asiento vacío.

-Lo tengo firmado en exclusiva durante dos años -Zac partió el bollo por la mitad-. Nunca hay entradas cuando actúa en cualquiera de los hoteles.

-Ha sido una sabia inversión -comentó ella-. ¿Sabes? -alzó la copa de champán y lo estudió por encima del borde del cristal-, eres exactamente lo que pensé que eras la primera vez que te sentaste a mi mesa de juego y, sin embargo, no te pareces en nada a lo que creía.

-¿Qué me considerabas? -preguntó al beber un sorbo.

-Un jugador profesional... lo cual, por supuesto, era acertado. Pero... -calló y bebió otro sorbo. «Zac tiene razón», pensó. El champán nunca le había sabido mejor-. No te vi como un hombre que pudiera levantar y dirigir una cadena como la que tienes.

-¿No? -divertido, jugó con la comida mientras la contemplaba-. ¿Qué creías, entonces?

-Te veía como una especie de nómada. Lo cual, una vez más, es cierto en un aspecto, debido a tu herencia, aunque no te consideraba el tipo de hombre que querría la clase de responsabilidad que acarrean los hoteles de estas características. Eres una mezcla interesante del hombre despiadado y responsable; del duro y... -recogió la rosa-... y del dulce.

-Nadie me ha acusado jamás de ser eso -murmuró mientras volvía a llenarle la copa.

-Bueno, no es una de tus virtudes dominantes. Supongo que es lo que me desconcierta cuando la muestras.

-Me encanta desconcertarte -le acarició el dorso de la muñeca-. He descubierto que siento una cierta... debilidad por la vulnerabilidad.

-No soy vulnerable por regla general -bebió más champán.

-No -aceptó-. Quizá por eso me gratifica más saber que puedo conseguir que lo seas. El corazón se te dispara cuando te toco aquí -susurró, deslizando un dedo por la parte interior de la muñeca.

-Debería irme -dejó la copa con cierta inseguridad.
Pero se incorporó con ella y le tomó los dedos. Al mirarla a la cara, sus ojos mostraron mucha calma y confianza.

-Esta tarde me hice una promesa, Vane -le explicó en voz baja-. Que haría el amor contigo antes de que acabara la noche -se acercó y le tomó la otra mano-. Aún queda una hora antes de que amanezca.
Era lo que ella misma quería. Cada poro de su cuerpo parecía gritar de necesidad. Sin embargo, si sus manos no la hubieran retenido con firmeza, habría retrocedido.

-Zac, no negaré que te deseo, pero creo que sería mejor si le diéramos más tiempo.

-Es razonable -convino al tomarla en brazos-. Se acabó el tiempo -detuvo la risa de protesta de ella con los labios.

No había nada que pudiera saciar esa ansia. La boca de Zac se mostró dura y exigente antes de que Vane pudiera responder o apartarse. Pero cuando él le aplastó el cuerpo contra el suyo, supo que en esa ocasión Zac no permitiría lucha alguna. Probó sus labios y en ellos saboreó urgencia. En las líneas firmes y largas de su cuerpo sintió necesidad.
En la búsqueda de su lengua no había juegos ni pruebas gentiles, sino una exigencia desesperada de intimidad. «Ahora», parecía decirle. «Ya no hay marcha atrás». Lo que semanas antes había comenzado con un frío encuentro de ojos, iba a alcanzar la culminación. «Sucederá», pensó Vane, «porque ninguno de los dos quiere otra respuesta».
Debajo de esa primera vibración de pasión sintió un júbilo sosegado. Lo amaba. Y comprendía que el amor era la aventura final. Apoyó las manos a cada lado de la cara de él y con cuidado separó los labios para mirarlo a los ojos, cálidos por la necesidad que tenía de ella. Vane anhelaba un momento, solo un momento para despejar la cabeza, para decirle lo que quería sin experimentar el torrente de pasión que la dominaba. Con suavidad pasó las yemas de los dedos por los huesos largos y fuertes de su cara. Sintió el corazón de Zac contra el pecho.

-Esto -afirmó-, es lo que quiero, lo que elijo. Zac guardó silencio al contemplarla. Esas simples palabras eran más seductoras que su delicada fragancia estival, que las encendidas palpitaciones. Lo debilitaban, revelándole vulnerabilidades que jamás había imaginado. De pronto sintió que por su cuerpo corría algo más que pasión. Le tomó la mano y la acercó a sus labios.

-Llevo semanas pensando únicamente en ti -dijo-. Solo te he deseado a ti -le acarició el pelo antes de cerrar los dedos en un puño. «Santo Dios, ¿cuándo he sentido esta necesidad?»-. Ven a la cama, Vane, no puedo estar sin ti durante más tiempo.

Los ojos de ella irradiaban sosiego al ofrecerle la mano. Sin pronunciar palabra, se dirigieron al dormitorio. La habitación se hallaba en sombras, acentuadas por la leve luz que señala el fin de la noche. Y estaba silenciosa, tanto que Vane pudo oír su propia respiración al acelerarse.
«No será gentil», pensó al recordar la sensación de su boca y sus manos sobre ella. «Como amante será igualmente estimulante y aterrador». Oyó un sonido y luego vio la llama de una cerilla al acercarse a una vela. Las sombras danzaron.
A la titilante luz amarilla, la cara de Zac exhibía una belleza peligrosa. Parecía más próximo a sus antepasados indios que al mundo que ella entendía. Y en ese instante supo por qué la mujer cautiva había luchado contra su captor para luego quedarse a su lado.

-Quiero verte -murmuró Zac, alargando la mano para acercarla a la luz de la vela. Con sorpresa notó el temblor que la recorrió. Apenas unos momentos antes había parecido tan fuerte y segura-. Estás temblando.

-Lo sé -respiró hondo-. Es una tontería.-No -sintió un destello de poder, agudo y limpio. Vanessa Hudgens no era una mujer que temblara por cualquier hombre. Pero por él, al tiempo que el fuego se le encendía en los ojos, el cuerpo le temblaba. Le echó la cabeza hacia atrás. A la luz cambiante la mirada le brilló con un deseo fiero, casi salvaje-. No -repitió, y luego le aplastó la boca con la suya. Pareció fundirse con él. Zac pensó que podía sentir cómo los huesos de ella se suavizaban hasta licuarse y quedar completamente moldeada en sus brazos. Por el momento aceptaría la rendición, pero faltaba poco para que tuviera más, mucho más. Con la boca aún ávida sobre la de ella, comenzó a desvestirla. Olvidó la tela frágil y tiró, deteniéndose únicamente para seguir centímetro a centímetro la piel que dejaba al descubierto. Ella le desabrochaba la camisa con dedos trémulos mientras el vestido caía a sus pies.
Con un dedo, Zac apartó de sus hombros las tiras finas de la combinación. Pero no se la quitó... todavía no. Quería el placer de sentir seda entre los dos. La atormentó, llenándole la cara con besos ardientes mientras ella se afanaba por desnudarlo. Los dedos de Vane en su piel le provocaron un gemido que ahogó sobre la garganta de ella.
Luego la tuvo en la cama y solo los separó un tejido liviano. Tuvo que luchar contra la locura y la necesidad de tomarla con celeridad. Los pechos eran pequeños y firmes bajo sus manos. Consumido por ella, la empujó sin piedad hasta la primera cumbre únicamente con las manos y la boca. Tragándose los jadeos de ella, le pegó el cuerpo para que los movimientos frenéticos de Vane se fundieran en él. Después descendió con determinación implacable para capturar con la boca un pecho cubierto de seda.
Mientras trataba de respirar, Vane se arqueó hacia Zac. El cuerpo le vibraba debido a cien sensaciones inesperadas. Se hallaba atrapada en un mundo de seda y fuego. Con cada movimiento, el edredón le acariciaba la espalda y las piernas desnudas, susurrando promesas oscuras. Tenía la piel marcada allí donde él la había tocado, como si en los dedos portara la diminuta llama dorada de la vela. A medida que él humedecía con la lengua la seda que le cubría el pezón contraído, sintió que el fuego la penetraba. Como una voz desde la lejanía, lo oyó murmurar su nombre, sin poder entender nada más.
Como si hubiera perdido la paciencia con las barreras, Zac le bajó la combinación hasta la cintura para poder darse un festín con la piel desnuda. Vane lo pegó más a ella, con manos que ya eran tan exigentes como las de él. Aunque su boca anhelaba el sabor de Zac, el cuerpo se extasió con la carrera desesperada de los labios de él por su piel. En ese momento solo conocía el placer humeante de la pasión desbordada. Las restricciones y las reglas habían desaparecido; únicamente quedaba el abandono que había vislumbrado de forma fugaz en un sueño.
Fue en ese instante cuando se dio cuenta de que había tantas cosas que desconocía, que jamás había sentido. Los descubrimientos se sucedían por segundos. Mientras la boca de él se demoraba justo encima de la línea de seda, experimentó un ansia de una profundidad que nunca había vivido. La imaginación se le desbocó y tuvo pensamientos de él en su interior, llenándola, sueños de un placer tan agudo que le provocaron dolor entre las piernas. En un estado casi febril, le aferró los hombros.
-Tómame -exigió con respiración entrecortada-. Zac, tómame ahora.

Pero él no dejo de elevarla cada vez más, como si no hubiera oído su súplica. Bajó la seda de la combinación y con los labios le acarició la piel que acababa de revelar... el estómago palpitante y liso, la suave curva de una cadera, los músculos tensos y arqueados de la parte interior del muslo.
Ella gritó, arrastrada por el río veloz de la pasión. Él era implacable, un amante tan aterrador como Vane había temido, tan excitante como había soñado. Ella era todo lo que él quería... una mujer suave, húmeda y fuera de control. Desesperada, exigente, le arañó la piel con las uñas finas y elegantes. Zac pudo oír los gemidos, las palabras incoherentes que salían de su garganta y lo empujaban aún más hacia la locura. La piel de ella estaba mojada, perlada por la pasión, mientras sus caderas no paraban de empujar su necesidad hacia él. En ese momento era irreflexivamente suya. Y de algún modo supo que nunca nadie la había tomado por completo. Con el deseo de contener el poder un momento más, se incorporó sobre ella. Vane lo agarró por las caderas y lo instó a continuar.
A la primera luz del día, la cara de Vane era como porcelana. Tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos mientras respiraba con dificultad. Medio enloquecido por la necesidad, Zac juró que ningún hombre la llegaría a ver como él la veía en ese momento.
-Mírame -exigió con voz áspera por la pasión-, Mírame, Vane -ella abrió los ojos vidriosos por el placer, oscuros por la necesidad-. Eres mi mujer -se introdujo dentro de Vane y a punto estuvo de perder el control-. Para ti ahora ya no habrá marcha atrás.
-Ni para ti -perdió el enfoque visual cuando comenzaron a moverse juntos.

Zac luchó por comprender lo que había oído, pero ella empezaba a moverse con más rapidez. Enterró la cara en su pelo y se deslizó hacia la locura. El amanecer irrumpió por el ventanal en una cascada de luz rosa oro. Con la cabeza de Zac aún apoyada en su cuello, Vane la observó jugar sobre la espalda de él. Era como ella misma se sentía. Brillante, exuberante y renovada. Se preguntó si había alguna forma mejor de contemplar el amanecer que con el cuerpo de tu amante encima. En ese momento no sentía necesidad de dormir. Sabía que podía quedarse horas de esa forma, con el sol cada vez más luminoso y el suave sonido de la respiración de él en el oído. Con un suspiro dulce por la satisfacción, le acarició la espalda.
Al sentir su contacto, Zac alzó la cabeza. Con las caras casi pegadas la miró, permitió que los ojos recorrieran cada una de sus facciones hasta que no tuvo otra cosa en la mente que el rostro de Vane, acalorado y tierno por haber hecho el amor. Sin decir una palabra, bajó la boca y la besó con un contacto leve. Con gentileza, casi con reverencia, le besó los párpados, las sienes, las mejillas, hasta que ella sintió un nudo inesperado atenazarle la garganta. Debajo de Zac, su cuerpo se sentía fluido y libre.
-Pensé que sabía cómo sería -susurró él, volviendo a besarla en los labios-. Debería haber imaginado que contigo nada es como espero -levantó otra vez la cabeza y con la yema de un dedo la acarició debajo de un ojo-. Tendrías que dormir. Ella sonrió y le apartó el pelo de la frente. -Creo que nunca más volveré a dormir. Sé que no quiero perderme otro amanecer. Se puso a su lado y la acercó.

-Te quiero conmigo, Vane.
-Estoy contigo -contenta, se arrebujó contra él.

-Quiero que vivas conmigo -corrigió, alzándole la barbilla para poder mirarla a los ojos-. Aquí. No me basta con saber que estás en una suite en el otro lado del pasillo -le pasó el dedo pulgar por los labios-. Abajo hablarán, especularán.
Vane volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro y le acarició el torso.

-Los rumores no se detendrán abajo en cuanto tu nombre quede ligado con el de la hija de Greg Hudgens.
-No -ella percibió el cambio de tono y supo que si lo miraba, sus ojos serían insondables-. A la prensa la relación le va a resultar interesante, si se tiene en cuenta mi pasado y mi fama... tan opuestos a los tuyos.

-Zac... -bajó y subió un dedo por su pecho-. ¿Me estás pidiendo que viva contigo o me adviertes de que no lo haga?

El permaneció en silencio largo rato mientras ella seguía jugando sobre su pecho.

-Las dos cosas -respondió al final.

-Comprendo. Bueno... -giró la cabeza para poder mordisquearle el cuello con libertad-. Supongo que tendría que pensármelo -lo sintió temblar al bajar la mano a su estómago-. Deberé sopesar los pros y los contras -continuó, dándole besos en la mandíbula. Se incorporó y acercó la cara a la de él-. Supongo que no podrás repasarlos conmigo, ¿no? -con una sonrisa, lo besó en los labios-. Solo para refrescarme la memoria.

-Por el bien de ayudarte a tomar una decisión inteligente -comenzó, acariciándole la cadera.

-Mmm. ¿Sabías que era la capitana de mi equipo de debate en mi primer año en Smith?

-No -cerró los ojos al sentir que lo mordisqueaba bajo la oreja.

-Dame un tema -continuó, pasándole los dedos por las costillas- y tiempo para... investigar -añadió al jugar en su cuello con los dientes-. Y podré defender ambas posturas del asunto. Ahora bien, tal como yo lo veo... -suspiró de placer al sentir bajo los labios las palpitaciones aceleradas de él-. Vivir contigo acarrea muchos inconvenientes -notó la mano de él entre los muslos. Bajó aún más por su cuerpo, frustrándolo.

-Vane...

-No, yo tengo la palabra -le recordó, luego le pasó la lengua por el pecho-. Perdería mi intimidad y bastante sueño -disfrutó al notar su cuerpo tenso mientras se lo exploraba con atrevimiento-. Me arriesgaría a los cotilleos y a la especulación inevitables, tanto de mis nuevos empleados como de la prensa. Mientras los músculos se contraían y relajaban bajo las manos, bajo los labios curiosos, perdió el hilo de sus pensamientos. «Es como la escultura de mármol del jefe indio», pensó con pereza al sentir que también ella comenzaba a encenderse.

-Sería imposible vivir contigo -concluyó, perdida en un punto intermedio entre su propia iniciativa y la belleza salvaje del cuerpo desnudo de Zac-. Exigente, irritante y, debido a que me resultas increíblemente atractivo, jamás disfrutaría de un momento de paz mental.
Volvió a subir, dejando que su cuerpo experimentara placer al frotarse de forma sinuosa contra el de ac en el viaje ascendente. Sonrió con lentitud y seducción al ver que él tenía la vista clavada en su cara. -Después de analizarlo todo, dame un motivo por el que tendría que vivir contigo.

La respiración de él no era firme, pero le resultaba imposible controlarla. La mano que la sujetó por el pelo no se mostró gentil, aunque tampoco pudo frenar eso. -Te deseo.

Vane bajó los labios hasta dejarlos a un centímetro de los suyos. -Demuéstralo -exigió.

Al bajar para besarlo, él rodó hasta situarse bruscamente encima. La penetró con rapidez, provocándole un grito que se transformó en jadeos y gemidos al moverse cada vez con más celeridad y empuje. Con codicia ciega la tomó y la tomó, pero el hambre daba la impresión de alimentarse de sí misma, creciendo e inflamándose hasta que las piernas y los brazos de ella se enredaron a su alrededor. Zac se hallaba empapado de sudor, atrapado en esas extremidades blancas, incapaz de respirar, de liberarse. Y era su nombre el que gritaba una y otra vez en la mente.
El cuerpo parecía temblarle con el sonido, amenazaba con estallar por la desesperada repetición del nombre. Entonces el mundo estalló en fragmentos diminutos. Supo que jamás se desharía de ellos, luego ya no conoció nada, salvo el temblor de alivio de la satisfacción.
Aturdido, se quedó dormido con el cuerpo y la mente pegados a ella.
El teléfono lo despertó cuatro horas más tarde. A su lado. Vane se movió, suspiró y farfulló un juramento. Sin soltarla, extendió el otro brazo y alzó el auricular.
-¿Sí? -bajó la vista y vio que ella había abierto los ojos para mirarlo. Le rozó la cabeza con los labios-. ¿Cuándo? -la tensión que experimentó hizo que Vane se apoyara en un codo-. ¿Han evacuado? No, yo lo llevaré... iré en unos minutos.
-¿Qué sucede? Zac ya se había levantado y dirigido al armario.

-Amenaza de bomba en Las Vegas -sacó lo primero que encontró—, unos vaqueros y un jersey de cachemira.

-¡Oh, Dios! -se puso a buscar la ropa interior-. ¿Cuándo?

-La llamada telefónica anunció que detonaría a las tres y treinta y cinco minutos, hora de Las Vegas, a menos que entreguemos un cuarto de millón de dólares en efectivo. Eso no nos da mucho tiempo -musitó, al ponerse los vaqueros-. Aún están evacuando a la gente.

-No vas a pagar -con furia en los ojos. Vane se pasó la combinación por la cabeza.
Zac la observó en silencio unos momentos, luego sonrió... con tanta frialdad como un cuchillo afilado.

-No voy a pagar.

-Bajaré en cuanto me vista -dijo ella al seguirlo a la otra habitación.

-No hay nada que tú puedas hacer. Las puertas del ascensor ya se abrían cuando ella lo sujetó por el brazo. -Estaré contigo.

Durante un instante las facciones de él se suavizaron.

-Date prisa, entonces -le dijo, besándola antes de entrar en el habitáculo.

En menos de diez minutos, Vane atravesó la zona de recepción para entrar en el despacho de él. Zac alzó la vista a su llegada, pero solo asintió sin dejar de hablar con voz controlada por teléfono. Kate se hallaba junto al escritorio, con los puños cerrados, contraído el rostro habitualmente relajado. -Señorita Hudgens -saludó con sequedad, sin apartar la vista de Zac.
-¿Podría ponerme al corriente, por favor?

-Algún chiflado afirma que ha escondido una bomba en alguna parte del hotel de Las Vegas. Se supone que la ha preparado para estallar dentro de... -miró el reloj-... una hora y quince minutos. Están evacuando y los artificieros han tomado el lugar, pero...

-¿Pero? -instó Vane.

-¿Tiene idea de lo grande que es aquel hotel? -indicó Kate con voz trémula-. ¿De lo pequeña y mortífera que puede ser una bomba?

Sin decir nada, Vane se dirigió al bar del otro extremo del despacho y sirvió una copa de brandy. Regresó y se la puso a Kate en las manos.
Con un escalofrío, la secretaria se la bebió hasta vaciarla.
-Gracias -apretó los labios y miró a Vane-, Lo siento. Mi marido perdió un brazo en Vietnam... Esto... -suspiró-. Esto hace que lo rememore todo. -Vamos, siéntese -dijo con gentileza al llevarla al sofá-. Ahora solo se puede esperar.

-Zac no va a pagar -musitó Kate.
-No -Vane la miró sorprendida-. ¿Cree que debería?

Kate se mesó el pelo.

-No me opongo a esa política, pero... -volvió a mirarla-... tiene tanto que perder.

-Si pagara, perdería más que dinero -dio media vuelta y fue a situarse detrás de Zac. Lo tocó una vez, fugazmente, solo una mano en el hombro.

Mientras Kate miraba, él alzó los dedos para enlazarlos con los de Vane. El gesto le reveló más que mil palabras.
«La ama», pensó, sorprendida. Nunca se le había ocurrido que Zac Efron pudiera ser vulnerable a una mujer. Se preguntó si él mismo lo sabría.
-Ha colocado una bomba en uno de los almacenes del sótano -comentó Zac al apoyar un momento el auricular sobre el hombro.
-Oh, Dios, ¿hay algún herido?

-No -la miró sin revelar cuáles eran sus pensamientos-. Hay daños, pero menores. Llamó para decirle a la policía que había hecho estallar una para dejar bien claro que no bromeaba. Quiere el dinero a las tres y cuarto, hora de Las Vegas.

-¿En qué piensas, Zac?
-Pienso que se arriesga mucho para alguien que persigue un cuarto de millón de dólares. Me pregunto si es lo único que quiere. Cuando llamó al hotel, preguntó directamente por mí. Vane experimentó una aguda incomodidad. -Mucha gente sabe que eres el propietario del Comanche -comenzó-. O es muy probable que se trate de alguien que trabajó para ti en el pasado o que conociera a alguien que lo hizo.

-Tendremos que esperar y ver qué pasa -había algo en la tranquilidad de sus palabras que Vane reconoció. Una amenaza de violencia, una promesa de venganza-. ¿Cuánta gente queda ahí? -preguntó Zac al teléfono-. No, quiero saber el minuto en el que todo el mundo haya salido.
-Traeré café -dijo Vane.
-No -Kate se levantó y movió la cabeza-. Yo lo haré, usted quédese con él.

Vane miró el reloj de oro que había sobre el escritorio. Once menos cuarto. Se humedeció los labios, apoyó las manos sobre el respaldo de la silla de Zac y esperó.
Los ojos de él también se dirigieron hacia el reloj. «Menos de una hora», pensó. Se sintió impotente. Cómo explicar que el hotel para él significaba más que cemento y piedra. Había sido su primera propiedad, su primer hogar después de la muerte de sus padres... Era el símbolo de su independencia, su éxito, su patrimonio. Y solo le quedaba esperar que lo destruyeran delante de sus ojos.
¿Cuál era el motivo? En su interior algo le decía que la amenaza iba dirigida personalmente contra él. Se acarició la nuca y decidió que eso tenía más sentido. Sin embargo, su instinto lo guiaba por otro camino.
-Puede que sea un truco -dijo Vane con voz tranquila.

Zac sintió que la ola de frustraciones desaparecía. Extendió la mano y tomó la de ella.
-No lo creo.

-No sería correcto pagar. Estás haciendo lo que debes, Zac -le apretó los dedos.

-Es la única cosa que sé cómo debo hacer -dirigió su atención a la voz del teléfono-. Bien. Los huéspedes y el personal están fuera -le comunicó a Vane.
Ella se sentó sobre el apoyabrazos del sillón mientras ambos miraban el reloj.
Kate volvió con el café, que permaneció sin tocar mientras esperaban. A medida que pasaban los minutos en silencio, con el teléfono en una mano. Ella intentó imaginarse la complejidad de la búsqueda en un hotel de Las Vegas del tamaño del Comanche. Se preguntó cuántos cientos de habitaciones, cuántos miles de armarios y rincones habría. Con impotencia, se preguntó si el ruido de la explosión se oiría a través del teléfono. Y cuántas veces más el destino de Zac habría dependido de los caprichos de la fortuna. «Esta vez», se dijo a sí misma al apoyar la mano sobre el hombro de él, «el destino nos tendrá que vencer a los dos».
Como los estaba contemplando, Vane vio la súbita rigidez en los dedos que había sobre el escritorio.. -Sí.
Para evitar formular preguntas, se mordió el labio mientras Zac prestaba atención a la voz del teléfono.
-Entiendo. No, no que yo sepa. Sí, estaré allí en cuanto pueda. Gracias -colgó y se volvió hacia Vane-. La encontraron.
-Oh, Gracias a Dios -apoyó la frente en la de él.

-Por lo que me acaban de contar, habría destruido el casino y la mitad de la planta principal. Kate, hazme una reserva en el primer vuelo a Las Vegas.

-Zac -Vane se levantó del reposabrazos y descubrió una extraña debilidad en sus piernas-. ¿Tienen idea de quién ha sido?

-No -por primera vez vio la taza de café sobre la mesa. La alzó y bebió la mitad de un trago-. He de ir, apaciguar las cosas en el hotel y hablar con las autoridades. Volveré en un par de días -se levantó y la tomó por los hombros-. Parece que mi nueva socia va a tener un comienzo movido.

-Estaré bien -se puso de puntillas y le dio un beso suave en los labios-. Y cuidaré de nuestro hotel.

-Sé que lo harás -contestó y la acercó más-. No me gusta dejarte ahora.

-Cuando vuelvas me encontrarás aquí -alzó las manos para enmarcarle la cara-. No te preocupes y vuelve pronto.
-Ve a dormir un rato -sugirió mientras bajaba la boca para darle un beso prolongado.

-Oh no, es mi primer día completo de trabajo -la cara de él estaba sosegada, pero podía sentir la tensión. En vez de formular las interminables preguntas que deseaba hacerle, se obligó a sonreír y se apartó-. Tengo varias cosas que hacer, como recorrer el hotel, inspeccionar la cocina, repasar los archivos en mi despacho y arreglar que trasladen mis cosas a nuestra suite.

La palabra nuestra había producido un fuerte impacto en Zac, dejándolo un poco aturdido.

-Ocúpate de eso primero -ordenó y le tomó otra vez las manos-. Quiero saber que estás en mi cama, Vane...
-Zac, tu avión despega en cuarenta y cinco minutos -interrumpió Kate al asomar la cabeza por la puerta-. Tendrás que darte prisa si quieres llegar a tiempo.

-De acuerdo, que un coche venga a recogerme.

-Zac -con risa entrecortada, Vane tiró de sus manos-. Me estás rompiendo los dedos -había algo en la mirada que él le lanzó, entre cauta y atormentada, que hizo desaparecer la sonrisa de su rostro-. ¿Qué pasa?
«¿Es que iba a decirle que la amaba?» pensó él con una emoción próxima al pánico. ¿Iba a pronunciar las palabras antes de que su mente las hubiera asimilado por completo?

-Tendrá que esperar hasta mi vuelta -repuso al final.

-De acuerdo -y como quería borrar la tensión de su rostro, volvió a sonreír. Le rodeó el cuello con los brazos y pegó la boca contra la suya-. Sé desdichado sin mí, por favor.

-Haré todo lo que pueda. Kate tiene mi número si me necesitas.

-Zac, el coche ha llegado.

-Sí, de acuerdo -le dio a Vane un último beso apasionado-. Piensa en mí -ordenó antes de alejarse.
Respirando hondo, ella se sentó en el sillón, aún cálido de la presencia de él.

-¿Dispongo de alguna otra opción? -se preguntó en voz alta.

Capitulo 7.

12 February 2012 14:43:00


Zac mantenía su despacho en la planta baja del Comanche, conectado con el ático a través de un ascensor privado. Le resultaba práctico, ya que sus horas de trabajo eran esporádicas y había ocasiones en que no tenía deseos de pasar por las salas del hotel abiertas al público. El ascensor era una comodidad, igual que los monitores y el espejo falso que había detrás del friso de caoba de una pared.
Como en su despacho exigía absoluta intimidad, trabajaba en una sala amplia sin ventanas y con solo una entrada pequeña. Su experiencia en una celda le había provocado aversión a los lugares pequeños, de modo que lo había compensado decorándolo con cuidado. El mobiliario era claro para dar el aspecto de amplitud. Los cuadros eran grandes y llenos de color. Un escenario desértico con los rayos de un sol moribundo, las cumbres imponentes de las Montañas Rocosas, un guerrero comanche al galope en un caballo. El color y su ausencia le proporcionaban la ilusión de libertad que contrarrestaba la agitación que a veces sentía cuando se encontraba atrapado detrás de un escritorio.
En ese momento estaba repasando el informe para los accionistas que satisfaría a todo el mundo que tuviera acciones de Empresas Efron. Por dos veces descubrió que leía y no retenía nada y se obligó a volver a empezar. Las dos semanas de Vane habían terminado, igual que su paciencia. Si no lo llamaba en las siguientes veinticuatro horas, se presentaría en Hyannis Hudgens para obligarla a cumplir su parte del acuerdo.
«Maldita sea, no quiero ir tras ella», pensó al arrojar el informe sobre la mesa. Nunca en la vida había perseguido a una mujer, y desde el principio había estado a punto de hacer eso con Vane. Realizaba su mejor juego cuando su oponente atacaba.
«Oponente», musitó. Prefería pensar en ella de esa manera. Resultaba más seguro. Pero lo hiciera como lo hiciera, no dejaba de pensar en ella. A pesar de sus intentos de concentrarse, siempre estaba allí, en un rincón de su cabeza, a la espera de sorprenderlo. Cada vez que pensaba en tener a una mujer, aparecía Vane casi podía tocarla, olerla. El deseo que le inspiraba desterraba por completo el deseo por cualquier otra mujer. Frustrado, ansioso, se obligó a esperar. Pero llegó a la conclusión de que había esperado demasiado. Antes de que acabara la noche, la tendría.
Al alargar la mano hacia el teléfono para pedir que le realizaran una reserva para viajar al norte, llamaron a la puerta. -Sí.
Advertida por el tono de esa única sílaba, su secretaria solo asomó la cabeza. -Lo siento, Zac.

Con un esfuerzo, desvió su malhumor para que no se volcara en ella.

-¿De qué se trata, Kate?

-Un telegrama -entró, una morena esbelta y elástica con voz ronca y facciones marcadas-, Y el señor Steeve lleva un rato esperando fuera. Quiere que extiendas su crédito. Aceptó el telegrama con un gruñido.

-¿Cuánto quiere?

-Cinco -dijo, refiriéndose a cinco mil dólares.

-El beep no sabe cuándo dejarlo. ¿Quién está en la sala?

-Nero.

-Dile a Nero que Steeve tiene uno más, que luego corte. Con suerte, recuperará un par de miles y se quedará contento.

-Con la suerte que está teniendo, intentará cambiar sus acciones de AT&T por fichas -indicó Kate-. No hay nada peor que un rico caprichoso que se ha quedado temporalmente sin efectivo.

-No estamos aquí para moralizar -le recordó Zac-. Dile a Nero que lo vigile.

-De acuerdo -se encogió de hombros y cerró la puerta a su espalda.

Distraído, alargó la mano hacia el botón que abría el panel del espejo doble. Lo mejor sería que también él controlara a Steeve. Antes de poder apretarlo, clavó la vista en la línea de mensaje del telegrama.
He considerado tu oferta. Llegaré el jueves por la tarde para hablar de las condiciones. Por favor, arregla alojamiento adecuado. V. Hudgens. Leyó dos veces el breve mensaje antes de esbozar una sonrisa. «Típico de ella», pensó. Breve, al grano y hermosamente vago. «Y justo a tiempo», añadió, reclinándose. Era jueves pasado el mediodía. «De modo que viene a hablar de las condiciones». Un pequeño nudo de tensión se desvaneció de su nuca. Sacó un cigarro y lo encendió pensativo. «Condiciones». Sí, hablarían de las condiciones y no se apartarían del tema profesional.
Cuando le ofreció el puesto hablaba en serio. Para él Vane tenía unas calificaciones idóneas para llevar al personal y a los clientes. Necesitaba a alguien en la sala capaz de tomar decisiones independientes, dejándole a él libertad para viajar a sus otras instalaciones cuando fuera necesario. Al tener que supervisar el resto de los hoteles, no podía permitirse el lujo de ocuparse constantemente del casino. Soltó una bocanada de humo y decidió hacer que la opción del trabajo fuera interesante para Vane. Y una vez que acordaran eso...
«Cuando concluyamos eso», pensó otra vez, «tendrá que tratar conmigo en un plano personal». Los ojos se le pusieron brillantes y la boca adquirió una expresión de firmeza. En esa ocasión no iba a haber ningún Greg Hudgens en las sombras con un as en la manga. Esa noche Vane y él iban a iniciar una partida muy privada. Rió. Ganar era su negocio.
Alzó el auricular del teléfono y apretó el botón de la recepción.

-Recepción, aquí Steve. ¿En qué puedo servirle?

-Soy Efron.

-Sí, señor.

-Esta tarde se registrará una señorita llamada Hudgens. Vanessa Hudgens. Encárgate de que sus maletas sean llevadas a la suite de invitados de mi planta. Y que la acompañen directamente a mi presencia.

-Sí, señor.

-Que la floristería envíe algunas violetas a su habitación.

-Sí, señor. ¿Incluimos una tarjeta?

-No.

-Me encargaré de ello en persona.

-Bien -satisfecho, colgó. Lo único que le quedaba por hacer era esperar. Recogió el informe de los accionistas y en esa ocasión pudo prestarle toda su atención.

Vane le entregó al portero las llaves de su coche y echó su primer vistazo minucioso al Comanche. Zac no se había decantado por algo llamativo u opulento, sino que había buscado un feliz término medio. El hotel era una torre abierta en forma de V, con una tonalidad ocre que llevaba un toque del Oeste a la Costa Este. Vane aprobó la arquitectura y notó que casi todas las habitaciones tenían vistas al océano. La entrada de coches rodeaba un estanque de dos niveles con una cascada pequeña. Las monedas brillaban en el fondo. Era evidente que muchos clientes estaban dispuestos a echar monedas en busca de buena suerte.
Junto a la entrada principal había un jefe comanche de tamaño real con su tocado. Se trataba de una escultura exquisita hecha en mármol blanco con vetas negras. Pasó un dedo por el suave pecho de piedra ante el impulso de tocarla. ¿Era su imaginación o en la cara había un parecido con Zac? Si los ojos fueran azules... Movió la cabeza y se volvió.
Mientras bajaban sus maletas, aprovechó el rato para observar la acera.
Nombres famosos en letras enormes en carteleras blancas, atrevidos letreros de neón, un hotel enorme tras otro, fuentes, tráfico, ruido. Pero decidió que no era igual que Las Vegas. No solo se debía a la ausencia de montañas y al sonido del mar en los oídos. Parecía reinar una atmósfera festiva. Después de todo, aún seguía siendo un lugar de veraneo. Se podía oler el juego, pero con el salitre del Atlántico y las risas de los niños construyendo castillos de arena.
Se colocó la correa del bolso de mano y siguió al equipaje hacia el interior. No había alfombras rojas ni candeleros centelleantes, sino un sutil suelo de mosaico e iluminación indirecta. Sorprendida y complacida, vio enormes plantas y cuadros que reflejaban la vida y la cultura de los indios de la pradera. Al ir a la recepción, pensó que la herencia de Zac formaba más parte de su vida diaria de lo que él imaginaba. Podía oír el sonido familiar de las máquinas tragaperras amortiguado por la distancia y por los tacones en el suelo de cerámica. Después de darle una propina al portero se volvió hacia el recepcionista.

-Vanessa Hudgens.

-Sí, señorita Hudgens -le sonrió en bienvenida-. El señor Efron la espera. Lleva las maletas de la señorita Hudgens a la suite de invitados del ático -le indicó al botones, que ya esperaba al lado de ella-. Al señor Efron le encantaría que pasara directamente por su despacho, señorita Hudgens. La acompañaré. -Gracias.

Comenzó a sentir nervios en el estómago, pero no les prestó atención. Sabía lo que iba a hacer y cómo lo haría. Había dispuesto de dos semanas para trazar una estrategia. Durante el largo trayecto en coche desde Massachusetts hasta Nueva Jersey, había repasado todo una y otra vez. En un par de ocasiones había estado a punto de ceder al impulso de dar media vuelta para regresar al norte. Iba a correr un riesgo enorme con su futuro... y con su corazón. Tarde o temprano iba a resultar herida. Eso era inevitable. Pero había algo que quería en Atlantic City... y se llamaba Zac Efron.Con gesto veloz apoyó la mano en el estómago, como si quisiera aquietar los nervios cuando el recepcionista abrió una puerta de gruesa madera con un cartel pequeño que ponía Privado. La morena que estaba sentada detrás de un escritorio de ébano alzó la vista con curiosidad antes de que sus ojos se posaran en Vane.

-La señorita Hudgens -anunció el recepcionista.

-Sí, desde luego -Kate se levantó asintiendo-, Gracias, Steve. El señor Efron la espera, señorita Hudgens, deje que anuncie su presencia.

«De modo que este es el motivo por el que el jefe ha estado con los nervios a flor de piel», concluyó Kate mientras evaluaba a Vane al tiempo que alzaba el auricular del teléfono interior. Observó el largo cabello marron recogido en las sienes con dos peinetas pequeñas de marfil, los rasgos fuertes y elegantes acentuados por ojos de color miel, la figura esbelta enfundada en un traje de seda de unos tonos algo más oscuros que sus ojos. «Mucha clase», decidió Kate, y mientras Vane le devolvía la mirada sin pestañear, añadió: «Y personalidad».

-Zac, ha llegado la señorita Hudgens. Por supuesto -colgó y le ofreció una sonrisa con el toque justo de cordialidad-. Por aquí, señorita Hudgens -la guió hasta abrir otra puerta. Vane se detuvo a su lado.

-Gracias, señorita...

-Wallace -respondió Kate automáticamente.

-Gracias, señorita Wallace -Vane apoyó la mano en el pomo de la puerta y la cerró a su espalda.

Kate observó unos momentos el pomo y comprendió que la habían descartado con suma habilidad. Más intrigada que irritada, regresó a su mesa.

-Vane -Zac se reclinó en el sillón. Se preguntó por qué había esperado que cambiara algo. De algún modo, había creído que estaría preparado para el torrente de sensaciones que le provocaba el solo hecho de verla. Todas las horas de las dos últimas semanas se desvanecieron en un instante.

-Hola, Zac -rezó para que no le ofreciera la mano, ya que sentía las palmas húmedas-. Tienes una instalación estupenda.

-Siéntate -le indicó el sillón delante del escritorio-. ¿Deseas beber algo? ¿Café?

-No -con una sonrisa cortés cruzó la estancia para sentarse en un sillón de delicada piel-. Agradezco que te tomaras la molestia de verme de inmediato. El enarcó una ceja. Comprendió que se estaban estudiando como dos boxeadores.

-¿Cómo ha sido tu vuelo?

-Vine en coche -respondió-. Fue algo que eché de menos hacer el año pasado. El clima era magnífico -añadió, decidida a mantener la conversación superficial hasta que se le calmaran los nervios.

-¿Y tu familia?

-Mis padres están bien. No pude ver a Alan ni a Caine -esbozó su primer amago de sonrisa sincera-, Mi padre te envía recuerdos.

-¿Sigue entre los vivos?

-Encontré formas más sutiles de venganza -con sombrío placer, pensó en los cigarros rotos.

-¿Te adaptas a la vida en tierra? -incapaz de contenerse por más tiempo, bajó la vista un instante a la boca de ella. No llevaba carmín y se la veía un poco húmeda.

-Sí, pero no al desempleo -sintió los labios encendidos y el calor que anidó en la boca de su estómago. Anhelaba acercarse a él, tomar lo que quisiera darle en los términos que le ofreciera. Le bastaba con volver a estar en sus brazos, sentir que sus manos hábiles la tocaban otra vez. Con cuidado, juntó las suyas en el regazo-. De eso quiero hablarte.

-El puesto de directora del casino sigue abierto -indicó con calma, tomándose su tiempo para mirarla de nuevo a los ojos-. Las horas son largas, aunque no creo que te resulten tan apremiantes como en el barco. Por lo general, no es necesario que estés en la sala antes de las cinco; sin embargo, desde luego, puedes adaptar eso de vez en cuando si necesitas una noche libre. Hay cierto papeleo del que tendrás que ocuparte, pero en su mayor parte dirigirás al personal y llevarás a los clientes. Tendrás tu propio despacho en el extremo de la zona de recepción. Cuando no debas estar en la sala, puedes supervisarlo todo desde allí. Dispone de monitores. Y de una vista más directa -gesticuló.

Zac apretó un botón para hacer que el friso se deslizara a un costado. Vane miró a través del cristal para observar a la multitud en el casino. Jugaba, hablaba, caminaba, todo como en una película muda.

-Tendrás a un ayudante -continuó él-. Es competente, pero no está autorizado a tomar decisiones independientes. En tu salario se incluye una suite. Cuando yo esté ausente del hotel, la autoridad completa sobre el casino recaerá en ti... dentro de unas normas establecidas por mí.

-Eso parece bastante claro -separó las manos y se obligó a relajarlas. Le ofreció una sonrisa suave y amigable-. Aceptaré encargarme de las responsabilidades de dirección del casino, Zac... como tu socia -captó un destello, solo un destello, de sorpresa en los ojos de él antes de que volviera a reclinarse en su sillón. Con cualquier otra persona, habría sido un gesto de relajación. Con Zac parecía un preparativo para la acción.

-¿Como mi socia?

-En el Comanche de Atlantic City -expuso con serenidad.

-Necesito un director para el casino, Vane no una socia.

-Y yo no necesito un trabajo, ni un salario -replicó-. Soy lo bastante afortunada para disfrutar de independencia económica, pero no está en mi naturaleza permanecer ociosa. Solicité el trabajo en el Celebration como un experimento, no necesito aceptar otro por la misma causa. Busco algo en lo que esté más involucrada.

-En una ocasión dijiste que pensabas buscar trabajo en un casino cuando dejaras el barco.

-No -sonrió otra vez y movió la cabeza-. Me malinterpretaste. Pensaba en abrir mi propio casino.

-¿Tu propio casino? -rió y se relajó de nuevo-. ¿Tienes alguna idea de lo que hace falta?

-Creo que sí -alzó la barbilla-. Acabo de pasar un año de mi vida trabajando y viviendo en lo que esencialmente es una instalación flotante de juego. Sé cómo funciona una cocina para adaptarse a mil quinientas personas, cómo se lleva la sección de hostelería y cómo mantener bien abastecida una bodega de vinos. Sé cuándo un croupier se siente abrumado y necesita que lo releven y cómo convencer a un cliente de buscarse otro juego antes de que se ponga desagradable. En aquel barco tenía poco más que hacer salvo aprender. Y soy de las que aprenden con rapidez.

Zac meditó en el tono fríamente furioso de su voz, en la luz dura y decidida de sus ojos. Tras un momento, decidió que lo más probable era que pudiera llevarlo con bastante éxito. Tenía las agallas, la motivación y el dinero.

-Tomando todo lo que acabas de exponer en consideración -comenzó despacio-, ¿por qué debería incorporarte como socia? Vane se levantó y se dirigió al cristal. -¿Ves a la croupier de la mesa cinco? -preguntó, señalando con el dedo pegado al cristal.
-Sí, ¿por qué? -curioso, Zac se levantó y se unió a ella.

-Posee unas manos excelentes... rápidas, firmes. Me da la impresión de que ha establecido un ritmo cómodo sin dar la apariencia de precipitar a los jugadores. No habría que destinarla a los turnos de tarde. Necesitas profesionales como ella durante las horas más animadas. El encargado de la mesa de los dados parece mortalmente aburrido. Hay que despedirlo o subirle el sueldo.

-Expláyate. - Al captar un tono de humor. Vane le sonrió.

-Ofrecerle un aumento si acepta la insinuación de ser más responsable. Despedirlo si no lo capta. El personal del casino ha de reflejar la misma actitud que el personal del hotel.

-Un comentario acertado -reconoció-. Y un buen motivo para desear que seas la directora de mi casino. Pero no justifica tu entrada como socia.
Vane le dio la espalda al mundo silencioso que había detrás del cristal.

-Entonces añadiré algo. Cuando tu presencia sea necesaria en el Oeste o en Europa, sabrás que dejas a alguien al mando con un interés personal, no solo en el casino, sino en todo el negocio. He investigado un poco -añadió-. Si Empresas Efron continúa creciendo al ritmo actual, deberás tener a alguien que te ayude con las responsabilidades. A menos, desde luego, que elijas trabajar veinticuatro horas al día para ganar dinero sin tiempo de disfrutar de tu éxito. El dinero que estoy dispuesta a invertir te aportará suficiente efectivo para avivar tu oferta por aquel casino de Malta.

-Veo que has hecho los deberes -comentó con sequedad. -Los escoceses jamás entramos a ciegas en un negocio -le ofreció una sonrisa satisfecha-. La cuestión es que no tengo ningún interés en trabajar para ti ni para nadie. Por la mitad del negocio dirigiré el casino y echaré una mano en otras zonas cuando sea necesario.

-La mitad -murmuró, entrecerrando los ojos.

-Socios iguales, Zac -lo miró fijamente-. Es el único modo en que me conseguirás.

Reinó un silencio completo y Vane se obligó a controlar su ritmo de respiración. No quería dejar que supiera lo nerviosa que estaba ni permitirse pensar en lo fácil que le resultaría olvidar el orgullo para arrojarse a sus brazos. Lo que había comenzado la última vez que habían estado juntos se había completado durante su separación. Se había enamorado de él cuando ni siquiera lo había tenido cerca para que la tentara. Pero él no lo sabría, no le permitiría descubrirlo, hasta que estuviera preparada.
-Será mejor que te tomes tiempo para pensarlo -añadió ella al rato-. Mis planes son flexibles -continuó al regresar al sillón para recoger el bolso-. Mientras esté en la ciudad, pienso ir a mirar algunas propiedades.

Cuando sintió los dedos de Zac cerrarse en torno a su muñeca, se volvió despacio. Estaba segura de que iba a ponerla a prueba. Y cuando lo hiciera, dispondría de la elección de retirarse.

-En cualquier momento durante el primer año, si decido que no funciona, podré comprar tu participación. Vane tuvo que contener un estallido de alegría.

-De acuerdo -aceptó con calma.

-Haré que mi abogado redacte un borrador del contrato. Mientras tanto, puedes ir aclimatándote -con la cabeza señaló el casino-. Dispones de una o dos semanas para cambiar de idea.

-No tengo intención de hacerlo, Zac. Cuando tomo una decisión, la respeto -volvieron a observarse con cautela. Vane extendió la mano-. ¿Trato hecho, entonces?
Alfonso contempló su mano, luego la aceptó. La sostuvo un momento, como si cerrara un pacto, luego se la llevó a los labios.

-Trato hecho, Vane. Aunque es posible que ambos lo lamentemos.

-Subiré a cambiarme -retiró la mano-. Esta noche trabajaré en el casino.

-Mañana es más que pronto -se adelantó a ella para llegar a la puerta y apoyó la mano sobre la de Vane en el pomo.

-Prefiero no perder tiempo -indicó con sencillez-. Si puedes presentarme a mi ayudante y a algunos de los croupiers, a partir de ahí podré arreglármelas sola.

-Lo que desees.

-Dame una hora para cambiarme y deshacer el equipaje -deseando romper el contacto físico, giró el pomo.

-Tenemos que hablar de otras cosas, Vane. Las palabras parecieron acariciarle la piel. Llena de necesidad, se volvió hacia él.
-Sí -musitó-. Pero antes me gustaría acabar con los preliminares del negocio, para que quede claro que una cosa no tiene nada que ver con la otra.

-No estoy seguro de que no sea así -le tomó la solapa del traje entre los dedos pulgar e índice-. Y que ambos no seamos unos tontos por fingir lo contrario.

-No tardaremos en averiguarlo, ¿verdad? Con una sonrisa lenta, Zac bajó la mano.

-Sí, lo haremos. Te veré dentro de una hora.Vane no tardó en descubrir que iba a ser un trabajo duro. Tanto como el desempeñado en el Celebration. «Pero en esta ocasión», pensó mientras estudiaba el casino atestado y ruidoso, «las apuestas son mías». Firmó uno de los recibos de efectivo que le presentó un croupier y experimentó un leve destello de placer. Parte de la vida que en ese momento palpitaba a su alrededor le pertenecía.
«La adaptación tomará tiempo», se recordó al notar algunas miradas especulativas en su dirección. Cuando Zac la presentó como su socia, Vane casi había podido oír los engranajes al girar en cada cerebro. Debería demostrar que era competente para el puesto, sin importar lo que sucediera personalmente entre Zac y ella. La regla número uno era la confianza. La número dos la tenacidad. Cuando se unían, las consideraba una mezcla imbatible... similar a la fórmula empleada para manejar a su padre.
Su ayudante, Nero, era un hombre negro, grande y sereno, que había aceptado la noticia de su participación en el casino con un silencioso encogimiento de hombros. Descubrió que había trabajado en el primer casino de Zac como jefe de seguridad, y en un puesto u otro en todas las demás propiedades. Con las palabras justas llevó a Vane por el casino, la puso al corriente de las costumbres básicas y luego la dejó sola. Ella llegó a la conclusión de que no sería un hombre al que pudiera ganarse con facilidad.
Al captar la señal de uno de los croupiers, cruzó la sala. Antes de haber llegado a la mesa oyó la voz sonora y enfadada. Bastó un vistazo para determinar que el hombre tenía poca suerte y eso no lo hacía nada feliz.

-Perdonen -le sonrió a todos los jugadores de la mesa y se situó junto al croupier-. ¿Hay algún problema?

-Puedes apostarlo, encanto -el hombre del extremo se inclinó y le tomó la muñeca-. ¿Quién eres?

Vane bajó la vista a la mano del hombre y despacio subió los ojos hasta posarlos en su cara. -Soy la propietaria.

El otro emitió una risa rápida antes de vaciar la copa que bebía.

-He visto al dueño, encanto. Y no se parece en nada a ti.

-Mi socio -lo informó con una sonrisa gélida. Por el rabillo del ojo vio que Nero se acercaba y de forma imperceptible movió la cabeza-. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarlo?

-Esta noche me he dejado una pasta aquí -le dijo-. Mis amigos lo atestiguarán.
Los otros jugadores se mostraron entre aburridos o irritados. Todos lo soslayaron.

-¿Quiere cambiar el resto de sus fichas? -preguntó ella con cortesía.

-Quiero la oportunidad de recuperarme -replicó, dejando la copa vacía-. Este payaso no quiere aumentar el límite.

Vane observó al croupier con cara de póquer y vio vestigios de furia en sus ojos.

-Nuestros croupiers no están autorizados a aumentar el límite de la mesa, señor...

-Carson, Mick Carson, y me gustaría saber qué clase de local es este en el que un hombre no puede tener la oportunidad de recuperarse.

-Como he dicho -continuó Vane con calma-, los croupiers no están autorizados a elevar el límite, pero yo sí. ¿Cuánto dinero tiene pensado apostar, señor Carson?

-Eso me gusta más -dijo, y con la mano pidió otra copa. Vane hizo un gesto negativo con la cabeza a la camarera próxima-. Cinco mil dólares -le sonrió-. Eso equilibrará las cosas. Lo firmaré.
-De acuerdo. Trae la cuenta del señor Carson, Nero -ordenó, percibiendo que se hallaba cerca-, Puede jugar esta mano por cinco mil, señor Carson -lo miró fijamente-. Y si pierde, se retira.

-De acuerdo, encanto -volvió a tomarle la muñeca, recorriendo con la vista el vestido color rubí de ella-, Y si gano, ¿por qué tú y yo no nos vamos a tomar una copa a un lugar más tranquilo?

-No tiente su suerte, señor Carson -le advirtió con una sonrisa.

Riendo entre dientes, aceptó el portapapeles que le presentó Nero y lo firmó.

-No se pierde nada intentándolo, encanto. Oh, no -añadió cuando Vane se hizo a un lado-. Reparte tú.

Sin decir una palabra, Vane ocupó el puesto del croupier. Fue en ese momento cuando vio a Zac junto a la mesa, observándola. «¡Maldita sea!» Sus ojos se encontraron unos momentos, y Vane se preguntó si su irritación se había interpuesto en el camino de la sensatez. Miró otra vez a Carson y se dijo que valía la pena arriesgar cinco mil para deshacerse del tipo sin alborotos.
-¿Apuestas? -preguntó, mirando a otros jugadores mientras contaba las fichas de Carson. Por decisión unánime los demás se abstuvieron.

-Solo tú y yo -Carson adelantó sus fichas-. Reparte.

En silencio. Vane le dio un siete y un dos. Un vistazo a su carta oculta le reveló un total de doce, viéndose únicamente el nueve.

-Una -ordenó Carson, alargando la mano con gesto distraído hacia la copa vacía. Ella volvió una reina-. Me planto -dijo, sonriéndole sin humor.

-Plantado con diecinueve -Vane descubrió la carta tapada-. Doce... quince -continuó al darse un tres. Sin detenerse, extrajo un cinco-. Veinte -Carson soltó el aire contenido con un juramento-, Vuelva otro día por aquí, señor Carson -dijo con frialdad, y aguardó que el otro se pusiera de pie.
La observó un momento mientras ella recogía en silencio las fichas, luego se incorporó y se marchó sin decir otra palabra.

-Les ofrezco disculpas por las molestias -le sonrió a los otros jugadores antes de dejarle el sitio al croupier.

-Lo ha hecho muy bien, señorita Hudgens -musitó Nero cuando pasó delante de él. Vane se detuvo y se volvió. -Gracias, Nero. Y es Vane -tuvo el placer de verlo sonreír antes de acercarse a Zac-, ¿Estabas dispuesto a relevarme? -preguntó.

Zac la miró y con gesto lento enroscó un mechón de pelo en torno al dedo.

-¿Sabes?, te quería aquí por una variedad de razones. Y esta era una de ellas.

-¿Y si hubiera perdido? -rió, complacida. Zac se encogió de hombros.

-Hubieras perdido. Pero aun así habrías manejado una situación potencialmente incómoda con un mínimo de ruido. Y con estilo -la miró a la cara-. Admiro tu estilo, Vanessa Hudgens.

-Es extraño -sintió el cambio en su interior. La calidez, el deseo-. Yo siempre he admirado el tuyo. -Estás cansada -pasó el dedo pulgar por debajo de sus ojos, donde empezaban a vislumbrarse sombras.

-Un poco -reconoció-. ¿Qué hora es?

-Alrededor de las cuatro.

-No me extraña. El problema con estos sitios es que pierdes la noción del día y de la noche.

-Ya has trabajado más de lo que te correspondía -le dijo al conducirla por el casino-. Necesitas desayunar.

-Mmm.

-Doy por sentado que eso significa que tienes hambre.

-No lo había notado, pero ya que lo mencionas, creo que me muero de hambre -miró por encima del hombro al guiarla a través de la puerta exterior de su despacho-. ¿El restaurante no está al otro lado?

-Desayunaremos en mi suite.

-Oh, espera un minuto -riendo, se detuvo-. Creo que el restaurante será mucho más inteligente -él la estudió un momento, luego metió la mano en el bolsillo-. Oh, Zac...
-Cara, mi suite cruz, el restaurante. Con el ceño fruncido, Vane alargó la mano.
-Déjame ver esa moneda -se la quitó y la examinó-. De acuerdo, estoy demasiado hambrienta para discutir. Échala.

Con un movimiento hábil del dedo pulgar, la arrojó al aire. Vane esperó hasta que cayó en el dorso de su mano, luego suspiró. -Subiremos en el ascensor -indicó Zac.

Capitulo 5.

07 February 2012 18:31:00


A pesar de lo mucho que se reprendía diciéndose que no era asunto suyo, no pudo evitar preguntarse qué estaría haciendo Zac. En dos días no le había visto el pelo. Durante ese tiempo ni había pisado el casino, ni había ido a la cubierta de babor a participar en una de las partidas privadas, al menos no cuando ella paseó por allí durante sus descansos.«¿Qué está haciendo?», se preguntó Vane mientras se preparaba para su último día libre del crucero. Se suponía que un jugador tenía que jugar. No era de los que se conformaría con un bingo en el salón.Mientras se abrochaba los botones del vestido rojo, decidió que lo hacía adrede. «Intenta ponerme nerviosa». No le habría sorprendido nada descubrir que mientras ella trabajaba, él pasaba el tiempo tomando el sol en otra cubierta. Furiosa, pensó que sin duda había tomado aquella copa con la señora Dewaiter. Recogió el cepillo y comenzó a peinarse mientras se observaba en el espejo con el ceño fruncido.
-¿Y qué? -dijo en voz alta-. Si le mordisquea los tobillos, deja los míos en paz. Lo último que quería en sus últimos días a bordo era una batalla constante, verbal o de otra naturaleza. De modo que no estaba mal que él hubiera encontrado otra cosa con la que distraerse; de esa manera le ahorraba las molestias de esquivarlo.Cuando estaba cerca, la agitaba. «También me agita cuando no está cerca», pensó, guardando el cepillo en el cajón. «¿Dónde está la justicia? No pensaré en ello», decidió mientras se ponía las sandalias. «Voy a bucear un poco, a comprar unos recuerdos, una caja de whisky y a disfrutar. No le dedicaré ni un pensamiento más».«Lo ha hecho adrede», insistió. «Me ofrece el trabajo de dirigir su casino y desaparece. Sabía que me iba a volver loca», añadió frustrada. «Bueno, dos también pueden jugar. Me mantendré alejada de él los próximos días, aunque tenga que encadenarme en mi camarote. Y eso le enseñará una lección», determinó.Seguía con el ceño fruncido cuando llamaron a la puerta. -Está abierta -anunció.La última persona que había esperado ver allí era a Zac. Y lo último que había esperado sentir era placer. «Dios mío», comprendió, «lo he echado de menos».
-Buenos días -saludó él.
-Los pasajeros no están autorizados a permanecer en esta cubierta -le indicó con sequedad.
-Oh -entró y cerró la puerta. Sin prestar atención a la irritación de ella, estudió el camarote.
Tendría que haber sido anodino en su pequeñez y muebles utilitarios, pero Vane le había dado una extraña clase de estilo con solo unos pocos toques. Un cuadro de barcos de vela, un cuenco de cristal lleno de caracolas aplastadas, una funda bordada de almohada que le recordó a Gina. «La despensa de Hyannis Hudgens es más grande», reflexionó.
-No se ha desperdiciado espacio -comentó, mirándola otra vez.
-Es mi espacio -le recordó-. Y va contra las normas que estés aquí. ¿Quieres irte antes de que me despidan?
-Tú ya lo has dejado -metiéndose entre ella y la litera estudió con más atención el cuadro-. Es muy bueno. ¿Es el puerto de aquí, de St. Thomas?
-Sí -permaneció sentada a propósito, ya que sabía que era prácticamente imposible que dos personas estuvieran de pie en el camarote sin tocarse-. Lamento no poder dedicarte más tiempo, Zac, pero me voy.
Con un sonido distraído de asentimiento, él se sentó en la litera.
-Es robusta -comentó, consiguiendo una sonrisa renuente de ella. De hecho, era dura como una roca.
-Es estupenda para la espalda -se miraron durante un momento mientras ella luchaba contra el sencillo placer de tenerlo a su lado-. Pensé que me había deshecho de ti.
-¿Sí? -alzó el tenue camisón con el que había dormido y lo acarició. Sin esfuerzo alguno pudo imaginársela con él puesto mientras se lo quitaba.
-Déjalo -se inclinó para arrebatárselo, y en el proceso sus cuerpos se rozaron.
-Veo que te gustan la seda y el encaje -comentó al dejar que la prenda se deslizara de vuelta sobre la cama antes de que Vane pudiera recuperarla-. Siempre he admirado a mujeres que se ponen cosas así y luego duermen solas. Muestra una cierta independencia de espíritu.
-¿Es un cumplido? -frunció el ceño.
-Eso pensaba -con una sonrisa, enroscó los dedos en torno a unos mechones de pelo-. ¿Por qué creíste que te habías deshecho de mí?
-Desearía que no fueras amable, Zac me rompe los esquemas -suspiró-. No has ido por el casino.
-Hay otros entretenimientos a bordo.
-Estoy segura -convino con frialdad-. ¿Como explicarle tu sistema a la señora Dewaiter?
-¿Quién? - Crispada, Vane se levantó y se puso a buscar la mochila.
-La pelirroja divorciada con el huevo de gallina.
-Oh -divertido y desconcertado, la observó mirar bajo la litera-. ¿Buscas algo?
-Sí.
-¿Necesitas ayuda? -mientras miraba, Vane se deslizó bajo la cama.
-No. ¡Maldita sea! -juró al golpearse la parte de atrás de la cabeza contra el fondo de la litera. Al salir, Zac estaba sentado en el suelo a su lado. Sin hablar, sonrió y le apartó el pelo de la cara-. Zac... -giró y vertió el contenido de la mochila en la cama-. Odio decirte esto.
-Adelante -acostumbrado a su lengua afilada, se encogió de hombros-, dilo de todos modos.
-Te he echado de menos -por segunda vez, vio sorpresa en su rostro-. Te acabo de comentar que odiaba decirlo -al ir a levantarse, él le tomó el brazo y la inmovilizó.Cinco palabras que le provocaron un torrente de emociones que nunca había experimentado. Había estado preparado para su irritación, su frialdad, su furia. Pero no para esas sencillas palabras.
-Vane -apoyó la mano en la mejilla de ella en un gesto raro de completa ternura-. Es peligroso que me digas eso cuando estamos solos.
Vane le tocó fugazmente la mano y luego, con cuidado, la separó de su piel.
-No pretendía decírtelo. Creo que ni siquiera lo supe hasta que entraste aquí -suspiró entre asombrada y melancólica-. Ni yo misma lo entiendo.
-Me pregunto por qué ambos sentimos la necesidad de entenderlo -musitó casi para sí mismo.
De pronto ella se puso de pie y comenzó a meter en la mochila lo que creía que iba a necesitar.
-Me voy a la playa a bucear y a pasear -lo informó-. ¿Quieres venir conmigo? -no lo oyó moverse, pero supo que se había levantado para erguirse detrás de ella. Por primera vez en un año, experimentó el ligero pánico de la claustrofobia.
Zac apoyó las manos en sus hombros y la hizo darse la vuelta. «Esos ojos», pensó. Parecía que solo tenía que mirar en ellos para que la necesidad se extendiera hacia él. -¿Una tregua? -preguntó.
Aliviada, vio que Zac no iba a aprovechar la ventaja que le había dado.
-¿Qué diversión habría en eso? -repuso-. Si quieres, puedes venir conmigo, pero nada de tregua.
-Me parecen términos razonables -musitó. Cuando le rodeó la cintura con las manos. Vane plantó la mochila entre los dos-. No representa ningún obstáculo -afirmó él.
-El ofrecimiento era para hacer turismo -le recordó-. Lo aceptas o lo dejas.
-Lo aceptaremos -con un leve titubeo, bajó las manos-. Por el momento.
-¿Has estado alguna vez en una embarcación con el fondo de cristal? -preguntó al volverse para abrir la puerta.
-No.
-Te va a encantar -prometió, tomándole la mano.
La piel de ella estaba mojada, cálida y brillante bajo el sol. Dos diminutos trozos de tela se ceñían a las curvas de sus pechos y caderas. Al estirar las piernas sobre la toalla, Vane suspiró.
-Me gusta pensar en los piratas -miró hacia las magníficas aguas azules-. Apenas hace trescientos años -movió el pelo mojado y le sonrió a Zac-. No es tiempo, si piensas en los años que estas islas llevan aquí.
-¿No crees que Barbanegra podría molestarse un poco si viera todo esto? -señaló para abarcar a la gente que moteaba la playa de arena blanca y nadaba en las aguas turquesas-. A diferencia de todos nosotros, no creo que él pensara que estas playas no están contaminadas.
-Encontraría otro lugar -rió, relajada después de la hora de buceo-. A los piratas eso se les da bien.
-Das la impresión de admirarlos.
-Resulta fácil proyectar romanticismo pasados unos siglos -se apoyó en los codos y disfrutó de la sensación de secarse al sol-. Supongo que siempre he admirado a las personas que viven de acuerdo con sus propias normas.
-¿A cualquier precio?
-Oh, tenías que mostrarte pragmático -giró la cara hacia el sol. El cielo era tan azul como el agua, y sin nubes-. Esto es demasiado hermoso para ser práctico. En la actualidad hay tanta barbarie y crueldad como hace trescientos años, y mucha menos aventura. Me encantaría viajar en la máquina del tiempo de H.G. Wells.Intrigado, Zac alzó el peine que ella había descartado y comenzó a peinarla.
-¿Adonde irías?
-A la Gran Bretaña de los tiempos del rey Arturo, a la Grecia de Platón, a la Roma de César -suspiró la sensación de que Zac la peinara le resultaba sensual y placentera-, A cientos de lugares. Tendría que conocer a Rob Roy en Escocia o mi padre no me lo perdonaría. Me gustaría haber visto el Oeste antes de que lo descubrieran los colonos, aunque supongo que en ese caso yo habría estado en la primera carreta con rumbo a Oregon -riendo, echó aún más la cabeza hacia atrás, para disfrutar de una visión invertida del rostro de él-. Habría merecido la pena arriesgarse a que tus antepasados me arrancaran el cuero cabelludo.
-Habría sido toda una recompensa.
-Pero a mí me habría gustado conservarlo -reconoció con ironía-. ¿Qué me dices de ti? -inquirió-. ¿No te gustaría regresar un par de siglos atrás para ser Perro Rojo en un salón de Tombstone?
-No les daban la bienvenida a los comanches.
-Vuelves a mostrarte pragmático -alzó la mano para apartarle un mechón de pelo mojado de la frente.
-Yo habría estado entre los guerreros que atacaban tu carreta.
-Sí -volvió a mirar hacia el mar. Era una tontería olvidar quién y qué era él, incluso durante un momento. Era diferente, y eso aumentaba la atracción-. Supongo que sí. Habríamos estado forjando nuevas fronteras, vosotros habríais estado defendiendo lo que ya era vuestro. Las líneas se confunden y te preguntas si ambos bandos se equivocaron desde el principio. ¿Te sientes engañado alguna vez? ¿Sientes que te han arrebatado tu derecho de nacimiento?
Zac la peinó despacio. Al secarse, el pelo mostraba sutiles variaciones que se fundían para crear una rica tonalidad marron.
-Prefiero conseguir lo que me pertenece en vez de pensar en herencias.Vane asintió, porque sus palabras expresaban con precisión lo que ella misma sentía.
-Los Hudgens fueron perseguidos en Escocia, obligados a abandonar su nombre, su escudo y sus tierras. Si yo hubiera estado allí, habría combatido. Ahora no es más que una historia fascinante -rió en voz baja-. Una que mi padre contará una y otra vez a la mínima excusa.
Una niña pequeña, que corría por la arena para escapar de su madre, aterrizó como una pelota en el regazo de Vane. Riendo, lanzó los brazos alrededor del cuello de ella y se agarró como si formaran parte de la misma conspiración.
-Vaya, hola -Vane le devolvió el abrazo, luego la apartó lo suficiente para ver unos ojos castaños llenos de diversión-. Quieres huir, ¿verdad?
-Bonito -la pequeña agarró un mechón del pelo de Vane.
-Que niña brillante -comentó, mirando por encima del hombro a Zac. Para su sorpresa, él acomodó a la niña en su regazo y apoyó un dedo en la naricita.
-Tú también eres bonita -con risas renovadas, la niña le plantó un beso húmedo en la mejilla.
Antes de que Vane hubiera superado la sorpresa de la facilidad con la que Zac había aceptado el saludo, una mujer con un bañador negro llegó corriendo hasta ellos sin aliento.
-¡Rosie! -la agitada madre llevaba una pala y un cubo de plástico y tenía las mejillas acaloradas-. Oh, lo siento tanto. Se lanza a todas partes en una carrera ciega. Nadie está a salvo.
-Debe de mantenerla ocupada -le dijo Vane a la madre mientras acariciaba el cabello de la niña.
-Agotada -reconoció la mujer-. Pero, de verdad, yo...
-No se disculpe -con suavidad, Zac limpió la arena de la mano de la niña-. Es preciosa.
-Gracias -complacida, la madre se relajó, luego extendió la mano hacia su hija-. ¿Tienen hijos?
Vane tardó unos momentos en comprender que los consideraba una pareja. Antes de que pudiera recobrarse, Zac se adelantó a responder.
-Todavía no. Supongo que la suya no está en venta.
-No, aunque hay ocasiones en que me siento tentada a alquilarla -tomó a Rosie en brazos y le sonrió a Zac-. Gracias otra vez. No todo el mundo aprecia verse atacado por un tornado de dos años. Di adiós, Rosie.
-¡Adiós! -Rosie agitó una mano regordeta antes de realizar el esfuerzo de volver a bajar.
Vane pudo oír las risitas de la niña mientras madre e hija se alejaban.
-De verdad, Zac -se quitó la arena que le había echado Rosie-. ¿Por qué le dijiste a esa mujer que aún no teníamos hijos?
-Porque no los tenemos.
-Sabes muy bien a qué me refiero.
-¿Quién está siendo pragmática ahora? -antes de que ella pudiera responder, le rodeó la cintura con los brazos y le dio un beso en un hombro.
-Era muy dulce -en vez de resistirse, Vane se apoyó contra él un momento, disfrutando de la proximidad.
-La mayoría de los niños lo son -le besó el otro hombro-. No tienen pretensiones ni prejuicios, y muy poco miedo. Dentro de poco su madre le enseñará a no hablar con extraños. Es algo necesario, pero más bien triste.Vane se apartó para volverse y observarlo. -Jamás se me habría pasado por la cabeza que pensarías en niños.
Zac quiso decirle que el momento que acababan de compartir había despertado en él la necesidad de disfrutar de una familia que ya casi había olvidado que había tenido. Una mujer a su lado, un bebé que alzara los brazos para que lo besaran. Desterró el pensamiento igual que Vane la arena. Pensó que era mejor ir con cuidado en un terreno nuevo.
-Yo he sido como ella -indicó al final. Notó la vacilación de él, pero sus propias emociones estaban confusas.
-¿Estás seguro? -con una sonrisa, apoyó las manos en sus hombros.
-Razonablemente.
-Voy a decirte una cosa -musitó con solemnidad, acercándose.
-¿Sí?
-No creo que tú seas bonito.
-Los niños tienen una perspectiva más clara que los adultos.
-Ni siquiera tienes una naturaleza bonita -insistió, aunque le costó resistirse a besarlo en los labios.
-Tú tampoco -le acarició la espalda y profundizó el beso. Había entornado los párpados.
Vane sintió que algo salía de ella mientras los huesos se le licuaban, algo pequeño y vital que durante un momento era suyo y al siguiente de Zac. Cedió a él en un beso que contenía más promesa que pasión.
-Nunca quise tener una -murmuró.
-Menos mal -de pronto tensó el cabello de ella, aunque la boca siguió siendo delicada.
Vane se apartó. Algo había cambiado. No había una explicación clara de la causa, pero había cambiado. Sintió la necesidad de volver a pisar suelo firme hasta que pudiera descifrarlo.
-Será mejor que nos vayamos -logró decir-. Tengo que comprar algunas cosas en la ciudad antes de regresar al barco.
-El tiempo y la marea no esperan a nadie -comentó él.
-Así es -se incorporó y sacudió la arena del vestido rojo antes de ponérselo encima del bañador.
-No siempre disfrutarás de esa excusa -detuvo las manos que abrochaban los botones.
-No -convino Vane, y volvió a abrochárselo-. Pero ahora sí la tengo.
Tuvieron suerte para aparcar en las atestadas calles de Charlotte Amalle. Estaban llenas de taxis, personas y pequeños autobuses abiertos pintados con colores llamativos. En todo ese tiempo los dos permanecieron en silencio, ocupados con sus propios pensamientos.Ella se preguntó qué había pasado durante ese beso breve y casi amistoso en la playa. ¿Por qué había dejado su interior como gelatina, sintiéndose aprensiva y algo encantada? Quizá tenía que ver con lo que la conmovió ver a Zac con la pequeña. Costaba imaginar a un hombre como él, un jugador de personalidad fría e implacable, ablandarse con una morenita de apenas diez kilos. No había imaginado que albergara esa clase de dulzura.También podía deberse al hecho de que así como antes había creído que podría gustarle, en ese momento era una certeza. Aunque con cautela. No tenía sentido bajar la guardia en el trato con Zac. Y justo cuando reconocía que le gustaba y que podía disfrutar de su compañía, el crucero prácticamente había acabado. Durante lo que quedaba del viaje estaría tan ocupada con sus turnos y obligaciones en el casino, que no tendría una hora de ocio para pasar con él, menos un día. El resto del trayecto estaría en alta mar, con el casino abierto dieciséis horas.Desde luego, aún le quedaba la opción de aceptar su oferta de trabajo. Con el ceño fruncido, miró por la ventanilla para ver una mesa que había en la acera, cerca de Gucci, cubierta con sombreros de hojas de palmera. Durante los últimos dos días había mantenido la propuesta fuera de la cabeza, por la sensata razón de que resultaría mejor analizarla cuando hubiera algo de distancia entre los dos. Atlantic City sería una aventura. Trabajar con Zac sería un riesgo. Quizá una cosa era igual que la otra.Zac se preguntó por qué lo preocupaba la actitud más suave de Vane. Después de todo, ese había sido uno de sus objetivos. La deseaba desde el primer momento en que la vio. Sin embargo, los días de contacto, de discusiones, risa y pasión habían añadido aspectos nuevos a lo que debería haber permanecido como una necesidad básica.Ya no era tan sencillo atribuir sus emociones encontradas a las maquinaciones del padre de ella. De hecho, hacía días que no pensaba en Greg Hudgens. Al aparcar, decidió que quizá fuera inteligente volver a pensar en ella de esa manera... al menos por el momento.
-¿Buscas más llaveros que suenen con Para Elisa? -inquirió al apagar el motor. A pesar de lo que acababa de decirse, la acercó para volver a probar sus labios.
-Nunca me repito -replicó, pero no se alejó.
-Haz una excepción solo por esta vez -murmuró. Riendo, ella incrementó la presión hasta que los dos olvidaron que estaban aparcados en el centro de una ciudad ajetreada. «Esta noche», pensó Vane mientras le acariciaba la mejilla. Había llegado la hora de dejar de fingir y tomar lo que deseaba.
-Vane -la apartó con una especie de suspiro y gemido.
-Lo sé -apoyó la cabeza en el hombro de él-. Parecemos destinados a encontrarnos en lugares públicos -respiró hondo y bajó del coche-. Como pasamos tanto tiempo en la playa, solo tendré tiempo para realizar unas compras disciplinadas -Zac rodeó el vehículo y le tomó la mano-. Podré encontrar unos regalos y el whisky que buscó aquí mismo -comentó al observar la calle atestada.
Antes de dar con el sitio adecuado, el escaparate de Cartier hizo que ella se detuviera. El suspiro que soltó fue una mezcla de aprecio y deseo.
-¿Por que una mujer inteligente puede anhelar unas piedras que brillan? -se preguntó en voz alta.
-Es natural, ¿no? - Zac se situó a su lado para contemplar los diamantes y las esmeraldas-. La mayoría de las mujeres se siente atraída por los diamantes... y los hombres también.
-Carbón presurizado -musitó Vane con un suspiro-. Hace miles de años los utilizábamos como amuletos para repeler los espíritus malignos y atraer la buena suerte. Los fenicios viajaban a los países bálticos en busca de ámbar. Por ellos se han librado guerras, se han explotado países... y de algún modo eso los vuelve más atractivos.
-¿Nunca te complaces? Se apartó del escaparate y le sonrió.
-No, lo cual me brinda algo que esperar. Me he prometido que mi próximo viaje será solo de placer. Entonces me lanzaré a una compra ciega que podrá dejar un agujero importante en mi cuenta bancaria. Por el momento -señaló la siguiente tienda-, necesito comprar unos regalos más tradicionales y una caja de Chivas Regal.
Entraron y Vane se vio inmersa en un torbellino de selección y compra. Por lo general era algo que le desagradaba, pero una vez comprometida, lo ejecutó como si se tratara de una venganza. Cuando Zac se alejó apenas le prestó atención, enfrascada como estaba en elegir entre una selección de mantelerías bordadas. Cargada con bolsas se dirigió al mostrador donde había todo tipo de bebidas alcohólicas; un vistazo al reloj le indicó que disponía de dos horas antes de tener que regresar a bordo.
-Una caja de Chivas, de doce años.
-Dos.
-Oh, pensé que te había perdido -giró la cabeza al oír la voz de Zac.
-¿Has encontrado lo que buscabas?
-Y más -reconoció con una mueca-. Voy a odiarme cuando tenga que hacer las maletas -el vendedor deslizó las dos cajas sobre el mostrador-. Me gustaría que enviaran la mía al Celebration -sacó la tarjeta de crédito y esperó que el hombre rellenara el formulario.
-Y la mía -añadió Zac, pagando en efectivo. Vane observó la caja de él mientras Zac daba la información necesaria. Nunca lo había considerado el tipo de bebedor que compraba el whisky por cajas. Jamás bebía cuando jugaba. Había sido una de las primeras cosas que notó. De hecho, la única vez que lo había visto con una copa en la mano fue durante el picnic en Nassau. Llegó a la conclusión de que quizá lo hacía como regalo, aunque resultaba extraño comprar tantas botellas de la misma marca. Después de firmar, se guardó el recibo en el bolso.
-Supongo que ya está todo -le tomó la mano y se dirigió hacia la salida-. Es peculiar que los dos hayamos comprado el mismo whisky.
-No si pensamos que lo hemos adquirido para la misma persona -expuso con suavidad.
-¿La misma persona? -lo observó con sonrisa desconcertada.
-Tu padre no bebe otra marca.
-¿Cómo...? -confusa, movió la cabeza-. ¿Por qué ibas a comprarle una caja de whisky a mi padre?
-El me lo pidió.
-¿Qué él te lo pidió? ¿Qué quieres decir con eso.
-Jamás he visto a Greg hacer algo sin un motivo -la tomó del brazo para guiarla en el cruce de la calle, ya que lo miraba a él y no a los coches-. En ese momento la caja de whisky me pareció algo razonable.«Greg», pensó Vane, notando el empleo familiar del nombre de su padre. Por un momento concentró la mente en ese punto pequeño hasta que en su cabeza se apiñaron demasiadas preguntas incómodas y sin respuesta. Ajena al flujo intenso de transeúntes, frenó en seco en mitad de la acera.
- Zac, será mejor que me cuentes exactamente de qué estás hablando.
-Hablo de comprarle a tu padre una caja de whisky por su consideración al reservarme un billete en este crucero.
-Has confundido algo. Mi padre no es un agente de viajes.Rió con las mismas ganas que el día que descubrió cuál era su apellido.
-No, Greg es muchas cosas, pero no agente de viajes. ¿Por qué no nos sentamos ahí?
-No quiero sentarme -se soltó el brazo cuando él la condujo a uno de los patios frescos-. Quiero saber por qué demonios mi padre te organizaría las vacaciones.
-En realidad, creo que tenía en mente organizarme la vida -encontró una mesa vacía y la obligó a sentarse-. Y la tuya -añadió al imitarla. A pesar del delicioso olor a bollos recién hechos que impregnaba la atmósfera, tuvo ganas de destrozar algo. Se contuvo y juntó las manos.
-¿De qué diablos estás hablando?
-Conocí a tu padre hace unos siete años -con calma, extrajo un cigarro y lo encendió. Vane reaccionaba tal como él había imaginado-. Me presenté en Hyannis Hudgens con una proposición de negocios -comenzó-. Jugamos al póquer y desde entonces, de forma esporádica, hemos estado haciendo negocios juntos. Tienes una familia bastante interesante.
-Vane guardó silencio, pero vio que apretaba los dedos aún con más fuerza-. Me he encariñado mucho con ella con el paso del tiempo. Cuando iba de visita tú siempre estabas en la universidad, aunque oí mucho sobre ti... Vane. Alan admira tu cerebro, Caine tu rectitud -aunque los ojos de ella echaban chispas, Zac no pudo evitar una leve sonrisa-. Tu padre estuvo a punto de erigirte un monumento cuando te graduaste en Smith con dos años de antelación.
Vane frenó el impulso de maldecir y de gritar. Ese hombre conocía cosas de su vida desde hacía siete años sin que ella lo supiera ni hubiera dado su consentimiento.
-Has sabido... -empezó en voz baja y furiosa-. Has sabido en todo momento quién era y no me has dicho nada. Te has dedicado a jugar cuando solo tenías que explicarme...
-Aguarda un minuto -la frenó por el brazo cuando amago con levantarse-. No sabía que la encargada de la mesa de blackjack llamada Vanessa era la hija de Greg, la sin igual Vane Hudgens.
Ella se puso roja. Casi toda su vida los alardes de su padre acerca de ella le habían resultado divertidos y entrañables. Pero en ese momento fueron como una dura bofetada en la cara.
-No sé cuál es tu juego...
-El juego de Greg -volvió a interrumpir Greg-. No fue hasta aquel día en la playa cuando me gritabas que los Hudgens no se dejaban empujar cuando me di cuenta realmente de quién eras y por qué Greg se había mostrado tan persuasivo para que realizara el viaje.
Al recordar la expresión de absoluto asombro en la cara de Zac, Vane se relajó un poco.
-¿Te envió el billete y no te mencionó que yo trabajaba en el Celebration?
-¿Tú qué crees? -echó la ceniza en un cenicero de plástico mientras la miraba-. Al descubrir tu nombre completo, comprendí que había sido manipulado por un experto -sonrió, divertido otra vez-. Reconozco que me hizo sentir incómodo unos momentos.
-Incómodo -repitió ella, en absoluto divertida. Recordó la breve conversación telefónica mantenida con su padre. Se dio cuenta de que él había intentado sonsacarle información para comprobar si su pequeño plan tenía éxito-. Voy a matarlo -clavó en Zac unos ojos en los que ardía la furia -. En cuanto acabe contigo. Podrías habérmelo contado hace días.
-Sí -convino él-. Pero al calcular que tu reacción sería la que has mostrado, elegí no hacerlo.
-Tú elegiste -soltó con los dientes apretados-. Mi padre eligió. ¡Qué megalómanos maravillosos sois! Quizá no se os ocurrió que yo también estaba en la partida de ajedrez -la ira inundó su expresión-. ¿Pensaste en meterme en tu cama para pagarle por esos momentos de incomodidad que te proporcionó?
-Sabes que no -repuso con suavidad-. Por algún motivo, cada vez que te tocaba me costaba recordar de quién eras hija.
-Te diré lo que yo sé -respondió con el mismo tono de voz bajo y peligroso-. Los dos os merecéis el uno al otro. Ambos sois tontos arrogantes y pomposos. ¿Qué derecho tenías a entrar en mi vida de esta manera?
-Tu padre instigó la intrusión -expuso-. Lo demás fue estrictamente personal. Si quieres matarlo, es asunto tuyo, pero no me claves a mí tus garras.
-¡No necesito tu permiso para matarlo! -espetó, alzando la voz de modo que unas cabezas se volvieron en su dirección. -Creo que acabo de decirlo. Vane se levantó de un salto y buscó sin éxito algo para tirarle. Como era físicamente imposible levantarlo y arrojarlo a través del escaparate, se contentó con decir con furia:
-Me temo que me falta tu sentido del humor. Considero que lo que hizo mi padre es un insulto bajo -con la dignidad que le quedaba, recogió las bolsas de la compra-. Te agradecería que te mantuvieras lejos de mí el resto del viaje. De lo contrario, me costaría mucho controlarme para no tirarte por la borda.
-De acuerdo. Si prometes hacerme llegar tu decisión acerca del puesto en Atlantic Cíty -añadió antes de que ella pudiera volver a hablar. Al ver su expresión de asombro incrédulo, alzó una mano-. Oh, no. El trato se rompe si me das tu respuesta ahora. Dos semanas.Con movimiento rígido, ella asintió. -Recibirás la misma respuesta, pero puedo postergarla. Adiós, Zac. -Vane -airada, ella se volvió para mirarlo-. Dale recuerdos a Greg antes de matarlo.

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