ΑΝΕΞΑΡΤΗΤΟΙ ΠΑΝΑΘΗΝΑΙΚΟΙ
Το blog απευθύνεται αυστηρώςPublished on: 24.04.2012
CÁUNO ES CÁUNO Y TIÉ SUS CAUNÁS.Con esta frase pretendo ofrecer un emocionado recuerdo a mis antiguos compañeros de Ifni que siguen vivos, pero distantes del pequeño grupo que formamos J.L.G. Vicente y yo mismo.Para comenzar he de decir que hace muchos años que me di cuenta de que todos somos diferentes. Por herencia genética, por la educación recibida, por ganas, o por la razón que sea.Hay diversas formas de ser. Cada uno de nosotros, y me refiero a mis compañeros, es una especie de puzzle formado por diferentes piezas que se fueron encajando, algunas de ellas al nacer, y otras, puestas allí por sus padres, por la Guerra de Ifni, por los compañeros paracaidistas muertos, heridos o desaparecidos, y en definitiva por los avatares de la vida.Aunque en cada parcela del comportamiento humano las opciones son limitadas, por ejemplo, te puede gustar la música militar o la clásica; puedes ser simpático o serio; puedes ser alto o bajo… en cada persona, esas piezas se encajan de un modo tal que la combinación resulta única y diferente.Esto lo veía en mis compañeros de fatigas que una vez uniformados, a pesar de la aparente igualdad, cáuno era cáuno y tenía sus caunás.¿A qué viene ahora esto? Pues a que aunque podemos saberlo en teoría, en la práctica se nos olvida y tendemos a juzgar a los demás con arreglo a nuestra forma de ser, nuestro criterio, nuestras reglas. Por poner un ejemplo, uno de mis compañeros de fatigas, se hizo fotos en Ifni en casi todas las actitudes. Incluso montando sobre un borriquillo enano. En cambio yo no me hice ni una foto para el recuerdo. Cuando llegué de vuelta a mi casa, me hice una única foto con el uniforme de paseo.
De cuantos terminamos juntos el 12 curso paracaidista del E.T. solamente un reducidísimo grupo de veteranos de Ifni con muchos años sobre nuestras doloridas costillas, de vez en cuando nos enviamos correos electrónicos para saludarnos y así tener constancia de que seguimos vivos. Los demás, o realmente se han olvidado de aquellos tiempos, o resulta que no quieren volver a recordarlos.Cáuno es cáuno y tié sus caunás es una frase que hizo famosa el torero cordobés Rafael Guerra Bejarano "Guerrita". Podría ser una variación de la frase de su amigo José Ortega y Gasset: "Yo soy yo y mis circunstancias". Un abrazo paracaidista para todos.
UNA DIFÍCIL SITUACIÓN
Un relato escrito por Juan Conejo López.(Primera parte) Amigo lector: A modo de prólogo te tengo que decir que el testimonio vivo y directo del pasaje de nuestra reciente historia que estás a punto de comenzar a leer, le he escrito al filo de los cincuenta años que hace que sucedieron los hechos. Estamos en septiembre de 2007 y los acontecimientos que viví en primera persona, se remontan al mes de noviembre de 1957. Para intentar plasmar en un breve escrito algunos de mis vagos recuerdos, ha sido preciso echar mano de algún que otro libro sobre la guerra de Ifni que me ha facilitado los nombres de algunos lugares por los que anduvimos formando parte de la I Bandera paracaidista del E.T. Nombres de los que en su día y por mi juventud apenas tuve noción de saber en dónde estábamos. Y para aderezar el libro con algunas fotos de paracaidistas ya que yo no tengo ninguna propia, las he tomado prestadas de las varias que me han remitido algunos de los compañeros paracaidistas que vivimos esta difícil situación, y que nos hemos reencontrado en AIVEPA (Asociación Internauta de Veteranos Paracaidistas) después de transcurridos cincuenta años. Que se dice pronto. En 1951 Francisco Franco revitalizó la ciudad africana de Sidi-Ifni y en 1956 la ciudad ya se asemejaba bastante a una pequeña Melilla. Se construía el edificio para el Gobierno, un Ayuntamiento, un banco, el edificio de Hacienda, la Iglesia, un casino, un colegio, la central eléctrica, un instituto, el edificio de Correos, un hotel, se hizo la traída de agua para la ciudad, un zoco, una mezquita, un cine, el Hospital, la Terminal del Aeropuerto….. En abril de 1956 ya me encontraba alistado a la Legión y destinado en el Tercio Alejandro Farnesio con sede en Villa Sanjurjo, cerca de Melilla, cuando España concedió la independencia a Marruecos del hasta ese momento Protectorado Español. No transcurriría mucho tiempo para que comenzara en los territorios de Ifni, el levantamiento contra la legal ocupación por los españoles por parte de grupos de moros alentados por Marruecos, aunque siempre se alegó que eran grupos incontrolados. Un año antes de estos acontecimientos, se empezó a detectar rumores en los zocos del interior de concentraciones hostiles, con ametrallamiento nocturno de los puestos fronterizos con Marruecos. España no se podía permitir entonces una guerra contra el moro y lo que procedía era iniciar unas negociaciones. Pero no había mucho tiempo para ello. El Gobernador de Ifni ya había solicitado al Ministerio de la Guerra un aumento de la guarnición que se sustentaba hasta entonces en el Grupo de Tiradores de Ifni y un Grupo de Artillería. Al final llegaría la Legión y los paracaidistas, así como otras fuerzas del resto de la Península. Casualmente fue el asistente indígena de un capitán de Tiradores de Ifni, quien le alertó de que durante la noche del 22 de noviembre de 1957 se descolgarían sobre la ciudad varios grupos de asaltantes para pasar a cuchillo a todos los españoles. Estaban adjudicadas a cada grupo de asaltantes las casas para una aniquilación total. En la ciudad había un barrio moro muy numeroso formado por antiguos desertores de los Tiradores de Ifni y que junto con los indígenas de fuera, estaban dispuestos para el asesinato de los civiles y posterior saqueo de sus casas. Parecía ser una de tantas alarmas más y como siempre sin el fundamento, de las muchas con que se amenazaba a la ciudad, pero alguien observó que un rico comerciante de Ifni había liado el petate y se dirigía, la tarde anterior, directo a la frontera como previendo un desastre inminente. Cuando pasada la media noche aparecieron confiados los asaltantes, fueron rechazados desde las posiciones defensivas situadas en la afueras. Ifni salvó su integridad debido al factor humano. De haberse consumado aquel asalto se hubiera producido una trágica carnicería semejante al desastre de Annual de 1921. Ya lo decía el célebre novelista francés André Maurois: “La memoria es un gran artista que hace de la propia vida una obra de arte, y a veces también un documento falso”. Veremos lo que puedo contar en esta crónica para que se ajuste más o menos a la verdad. Al poco tiempo de llegar nosotros, el Grupo de Tiradores de Ifni, una Bandera de la Legión y otra de Paracaidistas, organizaron columnas de penetración para llegar a sus destinos y así evacuar a los militares españoles, funcionarios y a sus familias, y replegarse todos hacia Sidi-Ifni. Los malos caminos y senderos, batidos por los moros desde las alturas, fueron el comienzo de un largo rosario de muertos y heridos en aquella guerra ignorada. Tiugsa, Tenín, Mesti, Telata y Tiliuin entre otros, marcarían los objetivos de penetración en movimientos de ida y regreso hasta la capital. En muy pocas palabras trato aquí, a través de una modesta relación de la crónica de una difícil situación escrita por mi parte, sin orden ni concierto, con algunos recuerdos que me vienen a bote pronto a la mente después de 50 años que ocurrieran los hechos y que nada tienen que ver con el verdadero ardor guerrero propio de los jóvenes paracaidistas. Por eso mismo y para no dejarme a nadie en el tintero he decidido citar solo algunos nombres de mis compañeros del 12º curso paracaidista del E.T. que estuvieron conmigo en Sidi Ifni. Por otra parte hay que señalar que el planeamiento logístico del Ejército situó en el territorio de Ifni a cerca de 10.000 hombres aunque otras fuentes de información señalan diferentes cifras. Mis propios recuerdos de aquella guerra, son en especial y en primer lugar para Juan Antonio Espí; José L. G. Vicente; Martínez Izquierdo; Joaquín Torrecillas; Arturo Álvarez Cuervo; Diego Martínez Belso; Vozmediano; José Gascón y para Guillermo Guajardo. Que estábamos en guerra era un hecho sabido. Después de haber llegado cualquier mañana a una determinada cota, y habiéndola tomado a veces con muy poco esfuerzo y sin bajas, se la dejábamos calentita a otros soldaditos de reemplazo que iban de un lado para otro para que la defendieran. Por la tarde de aquél mismo día, formábamos en la explanada del campamento para salir al pueblo de paseo mientras el teniente de guardia nos pasaba revista de manos y uñas limpias. Éramos o nos llamaban los niños de la brillantina. Íbamos al cine a la planta de arriba que curiosamente era más cara que el patio de butacas, y allí nos sentábamos sin querer o queriendo, al lado de los oficiales y en alguna ocasión al lado nada menos que del general Zamalloa. Vivíamos relativamente bien mientras que los soldaditos españoles de otras unidades como el Regimiento “Soria” nº 9, bajaban a nuestro campamento desde las crestas del monte Bul-A-Lan a pedirnos algo de comer. Ese era un momento de los más desagradables de esta difícil situación y nos volcábamos todos en hacer un acopio para ellos de comida, botellas de licores e incluso de dinero. Nunca me pareció justo que mientras a nosotros los paracaidistas o legionarios, nos completaban el rancho con un paquete de tabaco rubio, otros soldados españoles pasaban allí verdadera hambre y miseria. Algunas noches hacíamos las guardias de a dos para no morirnos de miedo. En algún momento a alguien se le escapaba un tiro y se preparaba una ensalada de tiros cruzados hasta que algún mando nos mandaba callar. Al otro día aparecía algún burro muerto por las cercanías. Cuando soplaba el Siroco que era casi todas las noches, estando de guardia creíamos que oíamos arrastrarse a los moros esperando que se alzaran para cortarnos el cuello. No veas. Para fijar los puestos de guardia, nos los señalaban de día, pero encontrarlos de noche cerrada era otra cosa muy diferente. Otro día en que estábamos recluidos bajo las lonas de la tienda un poco aburridos, hicimos una encuesta para saber quien era a juicio de los demás, el más aguililla. Sólo uno me ganó. No digo quién. Pero cuando caí herido y por llevar unas simples botas de lona, perdí solo el pie derecho. Si llego a llevar las botas reglamentarias, la onda expansiva quizás me hubiera dejado ciego, o me hubiese reventado el bajovientre. Me acuerdo también de la pantomima que se montó un día, haciéndonos correr a todos ladera abajo del monte Bul A Lam, gritando como energúmenos mientras un cámara tomaba las imágenes para el NO-DO. Junto a otros que corríamos sin saber de qué iba la película, yo tropecé y di varias vueltas de campana. Pura ficción del cine de acción. Un buen día durante el regreso a nuestro acuartelamiento, hicimos prisioneros a unos moros y yo les cargué con nuestra pesada impedimenta. Cuando llegamos al puesto de mando fui amonestado y sancionado. No cumplí el arresto por tener que salir de seguido en otra misión procurando hacer más prisioneros para interrogarlos por algún desconocido intérprete. Aunque creo recordar que había un cabo paracaidista nacido en Melilla que sabía algo de árabe. Al cabo 1º, Francisco Ortega, muy querido y respetado por todos, no le pegué un tiro porque reaccioné a tiempo. Salió de una casa mora con una chilaba de moro puesta. Parece que le estoy viendo reírse de todos nosotros al ver las caras de susto de mis compañeros
(Segunda parte) Al volver al campamento después de estar nueve u once días sin comer, mas que higos chumbos secos y beber agua roja (que por cierto estaba muy buena) de los pozos artesianos y sacando el agua con los cascos atados con correajes, a una gran distancia del campamento ya se olía “el perfume embriagador” de una buena paella que nos esperaba. Sin más y una vez con el plato de aluminio en ristre y formados en fila con más o menos desgana, nos llenaron el plato y yo al menos, solo fui capaz de tomar dos cucharadas y a continuación sentir que mi estómago, empequeñecido por la inanición involuntaria de varios días, se negó en redondo a admitir ni un grano más. La molesta sensación hasta que se normalizó, duró también algunos días. Llegué a aborrecer la carne del matadero de Mérida y las sardinas en lata. Esa era la comida en frió que llevábamos cuando salíamos del campamento en misión de liberación de algún puesto avanzado defendido por españoles. Otro día se nos ocurrió dentro del acuartelamiento junto a las tiendas de lona y en una depresión del terreno donde vaciábamos la paja vieja de las colchonetas, y desconociendo que allí iban a parar algún que otro cartucho del Mauser, se prendió fuego a la paja para que las latas de leche condensada se solidificaran o algo así. Entonces se lió una ensalada de tiros cuando estallaban los cartuchos. No pasó nada. Solo un susto pero la leche condensada cocida estaba riquísima. Costaba creo que era unas 25 pesetas el que le lavaran a uno el traje de faena. Era en los lavaderos y duchas y algún buen amigo mío se sacaba un sobresueldo. Con tan solo los seis saltos desde el avión obligatorios para ser merecedor del título de Cazador Paracaidista, hicimos un salto preparatorio en Ifni estando previsto caer sobre el campo de aterrizaje del aeropuerto. Un compañero paracaidista que al parecer pesaba menos de la cuenta fue arrastrado por el viento y apareció bastante alejado. Y es que para ser paracaidista había que pesar y medir lo justo, ni un gramo ni un centímetro de más ni de menos. Cuando lo del salto de Erkúm yo pensé que nos tiraban sobre el mar porque cuando se encendió el piloto verde, sólo ví debajo de mí el mar. Mejor dicho el océano Atlántico. Salté con mis compañeros y yo llegué al suelo sin novedad. Pero otros cayeron sobre chumberas y los pinchos les duraron varios días clavados en las piernas o en el culo. Otro perdió algún que otro diente. A otro compañero se le dobló un poco el cañón del Mauser y cuando disparó contra los moros que estaban alejándose a la carrera casi le estalla el arma. Hay que ver cómo corrían los famélicos moros. El recoger los paracaídas fue otra odisea. No es lo mismo saltar cualquier día y recoger el paracaídas, con siempre alguna dificultad, que hacerlo en aquellas condiciones de nervios ante lo desconocido. Aunque para mí que el mando estaba demasiado tranquilo. Encontramos el pueblo casi abandonado y para que sonaran algunos tiros, dijo el teniente Galera que tiráramos sobre los cazos y enseres de aquella pobre gente. Uno de los paracaidistas que tenía muy cerca de mí realizó un solo disparo sobre algún moro que huía y entonces el teniente Galera casi le fulmina con una tajante orden de ¡alto el fuego! legionario. Comprendí que allí no estábamos para matar a la población indígena. Siempre seremos unos quijotes. Cuando a lo largo de las marchas a pie llegábamos a algún poblado, los moros ya se habían marchado precipitadamente. En una ocasión nos dejaron la mesa servida. Encima de una plancha de hierro de un bidón se freían en su propio jugo un buen montón de langostas. De las que vuelan. Yo nunca probé cómo saben los saltamontes fritos. Supongo que no estarán mal del todo. Volvía una tarde al cuartel después de pegar unos tiros de extranjis en la playa con Arturo Álvarez Cuervo y Guillermo Guajardo, cuando vi que delante de la puerta estaba parado un enorme vehículo blindado francés con soldados senegaleses que nos invitaron a tomar unas cervezas frías que sacaron de una cámara frigorífica incorporada al vehículo. Igualito que nuestros destartalados camiones destinados a última hora para el transporte de los paracaidistas o para llevar las marmitas de rancho a la primera línea del frente. En una ocasión llegaron unos mandos y nos reunieron para enseñarnos el manejo de la radio a la espalda. Un mamotreto que pesaba lo suyo. Tras dos cortas lecciones teóricas dejaron una radio en mi sección. Unas cuantas noches después fui despertado y ordenado a bajar al cuerpo de guardia para acompañar con la radio puesta y conectada al general Zamalloa durante un paseo nocturno por la zona visitando los puestos de vigilancia. Menos mal que no se le ocurrió dictar ninguna orden a través de la radio porque yo apenas la sabía manejar. Por las noches hacía mucho calor dentro de las tiendas y algunos salíamos a dormir fuera, sobre el suelo, envueltos en la manta. Como resulta que después del anochecer bajaba de golpe la temperatura exterior, una noche me desperté para volverme a la tienda porque estaba helado de frío y entonces ví que junto a los otros felices durmientes, estaban acurrucadas sendas ratas que buscaban el calor de los humanos. Salieron huyendo las ratas, pero yo no volví a dormir fuera. Hacíamos la instrucción en orden cerrado con desfiles y esas cosas, además de hacer una carretera hasta el Bul-A-Lan a base de pico y pala y con toda la impedimenta. Como resulta que estábamos en guerra, llevábamos al campo las cajas de munición para los fusiles ametralladores completas, por si acaso era necesario liarnos a tiros con los moros. Las cajas de munición pesaban de lo lindo y algunos inconscientes o creyéndonos muy listos, las llevábamos vacías. Hasta que nos pilló el teniente Galera. Cuando fuimos a recoger cada cual la suya después de la instrucción en orden cerrado, nos cazó literalmente y nos castigó dos semanas a llevar además de las cajas llenas de balas, un macuto lleno de piedras como los del pelotón de castigo. Desde el primer momento yo comprendí que el castigo era justo y busqué piedras que no había, y las cargué a tope en mi macuto. No así otros, que al parecer los llenaron con cuatro piedras pequeñas y un importante relleno de papeles para que sus macutos abultaran y parecieran llenos. Al segundo día, estaba el teniente junto a su enlace en un alto de la carretera cuando mandó parar al pelotón de castigo y quitarnos los macutos. Yo formaba el último y empezó la descarga a la que ayudaba el enlace del teniente. Fulano, -nos llamaba por el nombre- fuera macuto, sin más. Zutano, fuera macuto, sin más. Y así, hasta que me llegó el turno. Entonces el enlace va y alarga el brazo y como mi macuto pesara más que los anteriores, se fue al suelo porque no se esperaba el sobrepeso. Siento que los demás siguieran arrestados, pero a mí me fue quitado el castigo. ¡Fuego el uno!, mal, ¡fuego el dos!, mal, ¡fuego el tres!, mal, ¡fuego el cuatro!, bien, ¡fuego el cinco!, mal. Así varias veces. El que hacía el número cuatro siempre acertaba en las latas dispuestas a modo de diana, o se acercaba bastante. El teniente, provisto de prismáticos nunca supo que yo, el número cuatro, mientras los demás compañeros paracaidistas resoplaban después de una carrera con cuerpo a tierra incluido y al mismo tiempo teniendo que cargar el fusil, yo tomaba aire para serenarme porque nada más empezar la carrera metía a toda prisa las balas en el depósito del Mauser ayudándome de una laminilla de cargador. Así, metidos los cartuchos de golpe, podía correr como todos y mientras los demás tomaban un instante de resuello y cargaban el fusil rebuscando las balas en aquellas bolsas que nos dieron, yo respiraba acompasadamente para serenarme y así centrar la puntería. Un listillo. El teniente Galera de mi sección, sustituto del teniente López-Pérez herido, creo que me había tomado cierta tirria porque anteriormente yo me había negado a ser su enlace. Me mandó al cuerpo de guardia a que me esperara qué sanción me correspondía. Solución salomónica: Me ordenó que buscara un sustituto. Después de aquello del “éxito” en el tiro, y lo de la radio con el general Zamalloa, me tomó un cierto afecto. Es más, con el tiempo pasé a la Sección de Asalto por él mandada como su “enlace de guerra”. Durante la operación Gento se produjo la herida del teniente López-Pérez. Había habido algunas bajas y además un susto en mi sección de la 1ª Compañía. El teniente López-Pérez cerraba la retaguardia que ahora manteníamos contacto con los moros en un momento de mayor presión. Cuando todos se reunieron y ante la ausencia del teniente y unos cuantos paracaidistas, el Capitán Pedrosa detuvo el repliegue y comenzó la búsqueda de los desaparecidos. Por fin, más atrás aparecimos el teniente, Vico y yo, cuerpo a tierra disparando contra el enemigo. El teniente había sido herido en un pie y se negó a ser arrastrado por Vico y por mí, así que no tuvimos más remedio que quedarnos allí haciendo fuego contra el enemigo a la espera de que vinieran a ayudarnos. Cosa se sucedió en media hora pero que nos pareció una eternidad. De repente me acuerdo de que, cuando por fin con unas muletas prestadas me llegó el momento de regresar a mi casa tras la obligatoria estancia en el Hospital de Las Palmas, parece que les envolvió a los mandos que yo había tenido el espíritu inculcado por el Tte. General Pallás. Para librarme de un pesado viaje en barco hasta la Península y después en un vagón de tren de tercera clase un incómodo viaje hasta Madrid, que yo recuerde, fueron los tenientes Galera y Ximénez de Embún quienes canjearon poniendo el dinero de su bolsillo mi pasaporte reglamentario por un billete en avión hasta Barajas. Creo sinceramente que si sigo pensando sobre aquellos tiempos, y antes de que me visite el Sr. Alzheimer, quizás en algún otro momento apareceré de nuevo en esta difícil situación contando mis particulares batallitas. Transcurría el año 1956. El almacén de materiales de la empresa de calefacción donde trabajaba como delineante proyectista, estaba a cargo de un empleado llamado Lucio que también trabajaba en el taller de bobinados de motores ayudando en los experimentos de D. Esteban. Este buen Lucio había tenido un hijo en Francia que había regresado recientemente a España tras licenciarse como paracaidista francés. En sus ratos libres Lucio me contaba cosas de la vida militar de su hijo en Francia como paracaidista destinado en Marruecos. Para entonces yo había cumplido de sobra los diecisiete años. Y por aquel tiempo ya tenía pensado marcharme a América a trabajar. Dejé transcurrir un breve espacio de tiempo. Había visitado las embajadas y consulados de Argentina, Venezuela y México, pero siempre me decían lo mismo, que necesitaba un permiso paterno o haber hecho la mili en España. La mayoría de edad era entonces a los 21 años. Empecé por tratar de convencer a mi madre, pero supe que ella, por haberse casado en segundas nupcias, había perdido la patria potestad sobre mí como su hijo. Era necesario recurrir a un consejo de familia para obtener ese permiso o en su defecto el haber hecho el servicio militar obligatorio de manera voluntaria.Por aquél entonces se decía que en América todo el mundo tenía pistola para defenderse. Que era necesario saber utilizar un arma. Y entonces un buen día y para hacer lo antes posible el servicio militar y para conocer el uso y manejo de las armas, me fui a un banderín de enganche en Madrid y me alisté firmando por dos años en La Legión. Eso fue el día 5 de febrero de 1957. Habiendo nacido el día 15 de noviembre de 1938 contaba en ese momento con 18 años y tres meses de edad. Con eso, ganaba de tres a seis años y para mi espíritu aventurero era mucho tiempo. Me iría a América recién cumplidos los veinte años con la mili cumplida y con una suficiente y conveniente práctica en el manejo de las armas
(Décima parte) Por fin, a primeros de septiembre, Dios parece que se apiadó de la I Bandera y sus componentes, o lo que quedaba de ella, y a continuación es embarcada mediante procedimientos tercermundistas, en dos buques de la Armada rumbo a La Palmas, donde unos fueron alojados en unos cuarteles de La Isleta y otros en un cuartel en el aeropuerto de Gando. Allí por causas desconocidas, la tropa pasaba hambre, mucha hambre. Dijeron las malas lenguas que algún mando se lucraba con el dinero destinado al rancho de los paracaidistas que siempre había sido muy superior al de los soldados de reemplazo, hasta que un día y al viejo estilo carcelario, la tropa se sublevó haciendo un ruido infernal con las marmitas chocando contra los hierros de las literas. Llegó el oficial de guardia y mandó formar a todos en el patio. Sus palabras fueron que alguno sería fusilado por amotinamiento, o algo así. Pero resulta que fue llamado a las oficinas de Mayoría y volvió al patio más suave que un guante. Como resultado de aquel episodio, el rancho mejoró notabilísimamente y no fue necesario que fusilaran a nadie. Se supone que la mano del Capitán Pedrosa no andaba muy lejos de aquellas medidas de paz y orden. De la estancia de los paracaidistas en Las Palmas se contaron muchas y jugosas anécdotas, casi siempre relacionadas con las faldas de las chicas canarias y con los celos de los guanches que acababan casi siempre en trifulcas en bares y en cines. En alguna ocasión algún oficial salió volando por los aires. Hubo reprimendas y consejos de no meterse en líos con la población, pero con la salvedad de que si les atacaban a los paracaidistas, que éstos se defendieran. El Capitán Pedrosa, el hombre de hierro, también cayó enfermo y fue hospitalizado en el Hospital Militar de Las Palmas. Hasta allí se acercaron un pequeño grupo de paracaidistas seleccionado de entre toda la 1ª Compañía para hacerle una breve visita de cortesía. El Capitán lo agradeció mucho aunque era persona de pocas palabras. De la estancia de los paracaidistas en Las Palmas se cuentan algunas anécdotas. José Luís González Vicente nos cuenta que un día paseando en grupo por la playa vestidos de militares, claro está, trataban de intimar con las chicas que tomaban el sol. Creían que todas serían extranjeras por lo que al no tener ellos ni idea de sus idiomas, desde lejos trataban inútilmente de llamar su atención con siseos y silbidos de admiración. En esto que el amigo José Luís se bajó a la arena. Se sentó en el suelo como si tal cosa delante de una morenaza con unos ojos muy negros, que para sí mismas querrían las moras. Y entonces empezó un monólogo. ¡Hola beautilfu! Coman tale vu?. La morenaza se reía. Vulez vu vuelque chose? No te jode. Que manda llamar al camarero pues por lo visto aquella zona de playa era de un hotel privado, cercado y reservado. Nos sirven un refresco cojonudo con hielo picado, con una rodajita de limón arriba, y “tira palante que viene el comandante”. Luego entre señas, la manita y demás, se pasó un rato cojonudo. No hizo falta intérprete ni nada. Se enteró que yo era un tío valiente que venía de luchar en Sidi-Ifni y que me encontraba muy solito por aquellas tierras. Una especie de descanso del guerrero. Si no lo veo no lo creo. Cuanto he rememorado aquí sobre la difícil situación de los soldados en Sidi-Ifni, ha sido reprimiendo alguna lágrima que me causan aquellos tremendos recuerdos. Los paracaidistas, aún siendo supuestamente una unidad de elite entrenada para ser transportadas en aviones y caer detrás de las líneas enemigas, nos vimos obligados a patear, palmo a palmo, todo el territorio de Sidi-Ifni en interminables marchas a través de un terreno pedregoso y la mitad de las veces, combatiendo constantemente; mal comidos, mal armados, mal equipados y casi descalzos. ¡Adiós Ifni, nunca te olvidaremos! La crónica de la difícil situación de las Banderas Paracaidistas en Sidi-Ifni se saldó con un buen número de muertos, heridos y desaparecidos, entre oficiales, suboficiales y tropa. ¡Presentes! ¡Nunca los olvidaré! Yo también tengo derecho a decir que la forma de renunciar a Sidi-Ifni allá por el 30 de junio de 1969, fue cuando menos humillante. Tengo derecho a decirlo porque en 1957-58 en Sidi-Ifni yo luché en defensa de los más altos intereses de España en aquellas tierras. Las penurias del Ejército español, también las pasé yo. La bandera que se enarbolaba, era la mía, la nuestra. La herida de guerra que me llevó a perder un pie, la sufrí vertiendo mi sangre por España. Después de varias negociaciones secretas entre Franco y Mohamed V y Hassan II, se llegó al acuerdo de la cesión de Ifni a cambio de unos beneficios pesqueros en la zona marroquí durante diez años, de los que se dice que solo se cumplieron tres. Se hicieron efectivas las negociaciones con los acuerdos de Fez en enero de 1969 y a partir de ese momento salieron del territorio los últimos soldados españoles representados por la Legión. La guerra ignorada de Ifni-Sahara, donde tantos españoles dejaron su vida y su integridad física, parece que nunca existió. España no solamente dejaba en el olvido un territorio, sino una población española y unos nativos que no querían pertenecer a Marruecos. También se dejaba en manos de Marruecos todo un emporio de riqueza que había costado muchos millones de pesetas y que muy pronto dejaría de existir. A pesar de los sinsabores de la guerra, no se perdieron de vista los eventos deportivos y las bromas y así lo refleja la imagen de un paracaidista recibiendo un diploma por haber corrido más deprisa que los otros. A manera de epílogo para mi relato con cincuenta años de antigüedad, podría añadir que es evidente que los paracaidistas ya no estamos en Ifni, y que la difícil situación creada por Marruecos, ha terminado hace mucho tiempo. Pero me surge una pregunta. ¿Por qué España no está todavía en Ifni?, eso no lo podemos enjuiciar ninguno de los paracaidistas que nos dejamos en ese territorio nuestras vidas y nuestra integridad física. Lo que sí sabíamos era que tanto Ifni como el Sáhara eran provincias españolas, sin discusión, y que habíamos llegado allí para defenderlas de las agresiones de los moros rebeldes. Hay otras preguntas: ¿Qué eran aquellas tierras antes de que los españoles llegaran allí para llevar la civilización y el progreso? ¿En qué estado las dejó España al marchar? ¿Cómo y durante cuánto tiempo las conservaron los marroquíes? Aun cuando yo cayera herido en Buyarifen el día 4 de junio de 1958, el día 21 de abril de ese mismo año se dio por finalizado el período de las operaciones de guerra. La campaña de Ifni y de Sáhara había terminado con una victoria rotunda, según se dijo entonces en los medios de difusión. Unas páginas de gloria para el Libro de Oro de las Fuerzas Armadas españolas. De aquella difícil situación, solo queda intacto mi recuerdo para aquellos que cayeron heroicamente en tierras de Ifni y de Sáhara, para quienes derramamos nuestra sangre, y también para mis compañeros, que lucharon hasta el final en defensa del honor y la dignidad de España. Prácticamente todas las fechas y los nombres de lugares que aparecen en esta obra, han sido tomados del libro “IFNI 1957/58 CINCUENTA AÑOS” de José Luís González Vicente y otros datos así como las fotos, me las ha facilitado Juan Antonio Espí Puertas. Compañeros paracaidistas ambos, que como yo, combatimos en Sidi-Ifni. Otros datos, han sido tomados del libro LA GUERRA DE IFNI (1957-1958), de Rafael García Jiménez, Coronel de Intendencia, y también del libro Ifni-Sahara/ LA GUERRA IGNORADA, de Ramiro Santamaría Quesada.A todos ellos muchas gracias. El autor. Los Belones (Cartagena), septiembre de 2007
(Novena parte) El curso 12º al completo del que yo formaba parte, salvo los heridos y enfermos que no eran pocos, y formando en buena medida la 1ª Compañía, seríamos los elegidos para esta ocasión de oro a escribir en los anales de la historia de los paracaidistas en Sidi-Ifni. Porque hasta entonces los paracaidistas no habíamos hecho otra cosa que actuar como lo que éramos, soldados de Infantería, pero no como se suponía que debíamos actuar y se nos había entrenado a saltar sobre las líneas enemigas y llagar al combate enfrentándonos desde el aire durante la denominada operación Pegaso. El asalto a Erkúm se haría desde el aire mediante el lanzamiento de la 1ª Compañía de la I Bandera paracaidista y además se pensaba contar con el apoyo de los buques de la Armada fondeados en la bahía y aguas de Ifni y con el desembarco de una Compañía de Infantería de Marina que también tendría su bautismo de fuego. Y entonces se produjo un milagro, como lo cuenta José Luís González Vicente. Al enterarse, los heridos y enfermos de la 1ª Compañía hospitalizados, de repente todos sanaron. Los ciegos veían, los sordos oían y los cojos empezaron a andar. Nadie se quería perder el evento de un salto en guerra, como en las películas americanas. Algunos hasta se dieron de alta por su cuenta y se presentaron en el acuartelamiento. Pero se les veía que no podían ni con su alma y fueron devueltos al hospital. Para la Marina, las condiciones de la playa de Sidi-Ifni eran particularmente adversas. El desembarco de la Infantería de Marina se hizo con un anticuado vehículo anfibio y mediante las barcazas de pesca de los nativos como la de la foto. Todo valía para la operación que se preparaba, aunque los moros conocían de antemano nuestros posibles movimientos. ¿Cómo los conocían? Misterio. Desde que se puso en marcha la operación, se comenzó a recibir un serio castigo por parte de los rebeldes. La II Bandera tuvo tres muertos y tres heridos. A su vez la Legión sufrió cuatro muertos y también tres heridos. Por su parte la Marina con los buques Galicia y Almirante Miranda, bombardeaban las zonas encomendadas, pero muy pocos proyectiles llegaron a explosionar donde cayeron. Mientras tanto la I Bandera se dispuso a atacar al enemigo. El Capitán Martínez que circunstancialmente mandaba la 1ª Compañía en sustitución del Capitán Pedrosa al mando de la Bandera, sabía que igual que cuando todo está preparado se suspende un salto, al minuto siguiente se puede revocar la orden y mandar a todos a saltar. El Capitán Pedrosa se las ingenió para mandar la Compañía, la suya, la nuestra, para encabezar y no perderse el salto, ordenando que fueran sus hombres los que embarcaran en los aviones. Debieron ser una docena los aviones Junker los que el día 19 de febrero de 1958 calentaban motores en el aeropuerto de Sidi-Ifni. Habían llegado el día anterior desde Las Palmas de Gran Canaria. La 1ª Compañía de la I Bandera paracaidista del E.T. teniendo al mando al Capitán Pedrosa, nos preparamos con el equipo de salto al completo, dispuestos a caer sobre el enemigo y así entrar en combate. El espacio que nos envolvía se había llenado con el atronador ruido de cerca de cuarenta motores bramando a la espera de volar sobre los cielos de aquella provincia española. La segunda sección a la que yo pertenecía, estaba mandada por el teniente Galera. Y a las dos de la tarde de aquel día 19 de febrero, la 1ª y la 5ª Compañía (la de armas pesadas), embarcamos en la docena de aviones Junker dispuestos a saltar sobre Erkúm. El lugar del lanzamiento se encontraba muy cerca de la agreste playa que bañaba el océano Atlántico. Los aviones que habían despegado del aeropuerto de Ifni, habían sobrevolado el mar y dando un amplio rodeo se acercaban perpendicularmente a la costa y al lugar de lanzamiento. Se enciende la luz verde en el interior de mi avión y nos acercamos todos emocionados al momento de saltar, pero viendo por las ventanillas que aún estábamos sobre el océano. Si cambia el viento que no era nada anormal, saltaríamos y caeríamos al agua en una zona de rocas, sin chalecos salvavidas y en un área donde los marrajos solían llegar a comer hasta la costa. El primer hombre en saltar a eso de las tres de la tarde, fue el Capitán Pedrosa que iba en el mismo avión que el teniente Galera y también yo que era su enlace de guerra portando un radioteléfono de campaña. A continuación todos los aviones se fueron aliviando de su carga humana así como del material pesado consistente en ametralladoras y morteros. Después de todo, el salto resultó casi perfecto. No caímos en el mar pero algunos cayeron encima de las chumberas que los moros tenían y cuidaban en los recintos de los patios de sus casas. El fruto de la chumbera es un higo de una calidad más que discutible pero que a los habitantes de aquellas paupérrimas tierras les sirve como alimento. En algún momento también nosotros hubimos de echar mano de los higos chumbos secados al sol que requisamos en las casas moras de las que desalojábamos a los moros rebeldes. Algunos caímos sobre las cubiertas de las casas sin otro problema que tener que saltar al suelo desde aquellas terrazas de barro con paja secado al sol. Solo un reducido de moros rebeldes se atrevió a disparar algún tiro desde la distancia pero fueron silenciados de inmediato por medio del fuego de nuestras ametralladoras. El trato de nuestras tropas con los nativos de Erkúm fue prácticamente correcto. Algún disparo suelto para liberar la adrenalina y contra algunos cacharros, pero nada más. Incluso nos dieron a entender que como ellos no eran combatientes, nos agradecían que se hubiese dispersado a los rebeldes. Allí quedaron de retén una pequeña guarnición de soldados de reemplazo, mientras nosotros a eso de las 20 horas, volvimos a encaminarnos hacia Ifini donde llegaríamos como dos horas después. El precio en sangre derramada que pagamos en esta operación y a pesar de todo fue muy alto. Entre nuestros muertos paracaidistas y los de
(Quinta parte) Ante la situación de Sidi-Ifni, la I Bandera paracaidista acuartelada en Alcalá de Henares, se empieza a preparar para una inminente llegada a África. Formada esta Bandera entre otros por los componentes del 12º curso al que yo pertenecía, parte casi íntegramente en aviones para Sidi-Ifni. Durante los primeros días nos dedicamos a establecer un cordón de posiciones defensivas en los exteriores de la ciudad. Pero pocos día después, el día 29 de noviembre, desde Tiliuin se comunica por radio que el puesto militar está cercado por tropas moras. Es la 7ª Compañía, sin la sección del teniente Ortiz de Zárate cercada en las proximidades de Telata, la que se ocupa de reforzar la escasa fuerza existente en Tiliuin tomando el mando de la defensa. La importancia del hecho de la liberación de Telata por la sección del teniente Ortiz de Zárate, de no ser por el secretismo con que se llevó la ignorada guerra de Ifni, merecería la consideración de gloriosa tal y como sucediera con el Alcázar de Toledo. De ser norteamericanos y no españoles los personajes de esta epopeya, seguro que ya se habrían realizado varias películas de guerra con estos acontecimientos históricos del ejército español en general y de las Banderas paracaidistas en particular. Telata era en aquel momento un puesto avanzado de Tiradores de Ifni y de Policía, situado a unos 40 Km. de la capital Sidi-Ifni. Debido a los ataques sufridos, los heridos españoles eran necesario evacuarlos al hospital para lo que solicitaron la ayuda inmediata al puesto de mando en la capital. Era el 23 de noviembre de 1957 cuando salían del acuartelamiento de Ifni tres pelotones de paracaidistas hacia Telata. Después de todo el día de marcha hicieron noche sobre el terreno para descansar y seguir al día siguiente aunque ya estaban cerca y se podían ver las edificaciones. Estaba amaneciendo el día 24, cuando se presentó ante el teniente Ortiz de Zárate un moro diciendo que él no quería estar con los insurrectos, donde más de cien hombres de su raza iban a atacar Telata por una zona alejada de las fuerzas españolas de apoyo y a la espera de que éstas pasasen por un lugar obligado. Al poco tiempo, se sufre un intenso fuego de “pacos” y ametralladoras. En ese momento se pretende comunicar la situación al mando en Sidi-Ifni pero los radioteléfonos no funcionan porque la distancia de alcance se ha agotado. Habría que hacerlo a través de enlaces que fueron arrastrándose por el terreno para no ser vistos por los moros. De repente aparecen varios aviones “Heinker” pero sin dotación de bombas, por lo que hay que suponer que se conocía el riesgo que corrían los paracaidistas. Solo que estos aviones que no llevaban bombas se limitaron a hacer varias pasadas en vuelo rasante ametrallando el terreno con escasos resultados ante un enemigo disperso y oculto entre los matorrales. Los dos siguientes días y sin otro apoyo, el contingente paracaidista sufrió varios furibundos ataques por parte de los moros. El teniente Ortiz de Zárate recibe una serie de disparos en el pecho y cae muerto junto con varios paracaidistas. Quedaban dos cantimploras con agua que fueron compartidas entre los heridos más graves y entre los supervivientes, así como unas cuantas latas de sardinas, pan y algo de leche condensada. Por la tarde del día 26 de noviembre se vuelven a escuchar los ruidos de los aviones que regresan para lanzarles paquetes de alimentos y avituallamiento, pero con tan mala puntería que casi todo cae en manos de los moros. Los paracaidistas se conformaron con masticar las palas de las chumberas para mitigar la sed. El día 29 sufren otro nuevo ataque pero se vuelve a oír el ruido de los aviones. Esta vez son “Junker” que pasan de largo por encima de los sitiados porque van a saltar sobre Tiliun. Enorme decepción y pérdida de moral para los paracaidistas en tierra. Pasan varios días de sed y hambre para los hombres que aún quedan con vida de la sección del teniente Ortiz de Zárate muerto en combate. Pero la moral que les resta es avivada por los cabos primero actuando como suboficiales. Por la tarde del día 2 de diciembre, en una curva del camino hacia Telata, resuena el cornetín de carga de La Legión. Eran los Tiradores de Ifni que llegaban al mando de su capitán Rafael Andino. A pesar de que el fuego de los moros seguía sobre los sitiados, si bien aminorado por la llegada de refuerzos, los paracaidistas sitiados saltaban y daban gritos de júbilo con riesgo de caer abatidos. Pero ya estaban liberados. Abrazos, lloros y una alegría indescriptible. Después de unas mínimas atenciones a los heridos, el contingente español se pone en marcha hacia Telata con los muertos y heridos en improvisadas parihuelas. Telata, que la estaban viendo desde muy cerca, se va acercando dejando atrás la loma de la muerte, mucha sangre vertida con honor y mucho sacrificio. Después de salvar a los asediados de Telata entre los que hay mujeres y niños, el día 3 se pone en marcha la comitiva hacia Sidi- Ifni, no sin antes dinamitar todo lo que pueda servirles a los moros. Pero el enemigo sediento todavía de sangre española, vuelve a atacar, con el mismo odio pero reculando porque a lo lejos han oído llegar a otro contingente de paracaidistas que llegan en apoyo de los sitiados. Llegaba en su apoyo la I Bandera que llegábamos cansados por las largas caminatas, por los tiroteos en refriegas con el moro, con alguna baja pero sobre todo porque llevábamos once días sin comer otra cosa que higos chumbos secos y algún que otro huevo de gallina requisado en las casas de los moros que dejábamos atrás. El día 8 de diciembre era el día de la Patrona del Arma de Infantería, y se aprovechó para en la explanada del acuartelamiento de Ifni y en un solemne acto castrense, procederse a la imposición de medallas a la vez que se celebraron los funerales por los caídos en acto de servicio. En su momento, cuando los disparos suenan muy cerca de uno, cuando las balas rozan los oídos y las oyes cómo se incrustan en el terreno a tus pies, es cuando te das cuenta de que te encuentras en una difícil situación. Pero no solamente era Telata el puesto que habría que liberar durante aquellos. También fue Tiluin, y esa vez fue la primera ocasión en que el cuerpo de paracaidistas del E.T. realizó su primer salto en acción de guerra. El 29 de noviembre la segunda sección de la compañía a la que pertenecía el fallecido en acto de servicio teniente Ortiz de Zárate, saltó sobre Tiluin en la denominada operación Pañuelo por el espacio tan reducido que había para caer todos lo más cerca unos de otros. Aún así el viento les pasó factura y los paracaidistas fueron a caer diseminados en el terreno. Con aquello no contaban los moros y por eso salieron corriendo al ver sobre el cielo las grandes blancas rosas de los paracaídas. Cuando los paracaidistas entraron en el fuerte, se encontraron con unos asediados demacrados, heridos, enfermos y sucios que habían resistido heroicamente y durante varios largos días con sus noches interminables, el asedio al que fueron sometidos por cerca de doscientos moros disparando y con sus mujeres, dedicadas a proferir sus gritos clásicos que servían para aumentar el pánico entre las mujeres y niños españoles. Su heroica resistencia, al menos mereció el mensaje lanzado desde uno de los aviones: ¡Españoles: tenéis que saber que la abnegación, la valentía insuperable que habéis demostrado en la defensa del honor de la Patria, está causando admiración en el mundo entero, el respeto del enemigo y el orgullo de todos nosotros. Ya falta poco para que os saquemos de esas posiciones que han sido testigo de de vuestro heroísmo. La Nación entera está pendiente de todos vosotros y os envía fuerzas de tierra, aviones y barcos y pronto os sacará de ese infierno. Yo me siento cada vez más orgulloso de todos vosotros. Os abraza vuestro general Zamalloa! Desde Sidi-Ifni y en los diferentes puestos de españoles sitiados por los moros, se recibía con alguna frecuencia la ayuda en forma de alimentos y armas con nueva munición, lo que les venía muy bien ya que el enemigo en cuanto llegaba la noche se disponía a comenzar las furiosas ofensivas con todo tipo de armamento llegado desde la frontera marroquí. Por otra parte, el moro podía subsistir alimentándose frugalmente y bebiendo agua de los pozos de lluvia diseminados por un territorio que ellos conocían a la perfección. El día 3 de diciembre la presión de las fuerzas paracaidistas en las que tuve el honor de servir a España fueron consiguiendo que los moros se fueran retirando. Un avión “Junker” haciendo malabarismos consiguió aterrizar en Tiluin para evacuar a los heridos y enfermos, así como a las mujeres y niños. Antes, el día primero del mes de diciembre de 1957, comenzó la operación Netol. A horas de la madrugada de aquel día, la I Bandera recorre en un silencio impresionante la carretera de tierra que discurre paralela al cauce seco de un río. La misión consiste en obligar a los moros a levantar el cerco de Arbaa de Mesti y liberar a los sitiados. Primero hay que ocupar y conservar el nudo de comunicaciones terrestres de Biugta. En ese punto es donde la 2ª. Compañía que marcha en vanguardia, recibe los primeros disparos del enemigo. Es el bautismo de fuego de la I Bandera cobrándose los primeros muertos.
HONOR Y GLORIA A LOS MUERTOS, HERIDOS Y DESAPARECIDOS. La Guerra de Ifni (1957-1958) vista por la prensa española actual.
La gestión de los medios informativos de la época, partía de una abrumadora contradicción. De un lado no se podía admitir que se vivía en una situación de guerra. De otro, apenas podía ocultarse que la gravedad de la situación exigía una creciente dotación de recursos que estaban siendo enviados desde la península. Resultaba difícil explicar la marcha de abundante contingente y material si, como se sugería, se trataba de incidentes menores. Esta extraña contradicción va a tener su origen en la torpe política exterior española que en los años inmediatamente anteriores al conflicto, había presentado a Marruecos ante la opinión pública como el aliado indiscutible de España y, a los pueblos árabes y musulmanes en general, entre los que se encuentran como es sabido los principales exportadores de petróleo, como una preferencia absoluta que oponer a los desaires acumulados durante años de los países occidentales. En un contexto, el de 1957, en el que precisamente España intentaba una renovación de su imagen exterior, asumir ahora que todo ese tiempo se habían estado equivocando las verdaderas intenciones de nuestro vecino del sur, equivalía a aceptar una ineptitud más que evidente de nuestros gobernantes. Por otro lado, el sultán de Marruecos, Mohamed V jugaba sus cartas con la sutileza que ha caracterizado siempre a la casa real marroquí y en todo momento evitaba declararse abiertamente contra los intereses de España, recayendo la responsabilidad de los incidentes en las BAL, un grupo armado que ejercía de brazo del Istiqlal, movimiento promarroquí que aspira a la construcción del gran Marruecos con la anexión del Sahara español y francés más el territorio de Mauritania, extendiéndose así hasta el Senegal. Desde luego nada a lo que en principio, la monarquía Alauí quiera o deba oponerse, en tanto las pretensiones nacionalistas no impliquen prescindir de su papel en ese mapa de intenciones. Entre tanto, Estados Unidos, país para el que mantener su alianza con Marruecos es la llave de sus intereses en el norte de África, recibe un poco antes del ataque, la visita del sultán marroquí, hecho que la prensa de la época recoge “de forma un tanto sospechosa”. Hay que decir que en este conflicto, la televisión fue un fenómeno minoritario aún, y la radio había sido poco investigada por la escasez de recursos sonoros conservados que no permite analizar con claridad ni el impacto, ni la proporción de las informaciones entre el resto de noticias. Dejando a un lado el NO-DO, que no muestra los hechos sino el modo en el que la recluta obligatoria allí desplazada invierte sus horas de tiempo libre, asistiendo a alegres actuaciones de Carmen Sevilla ó Gila, va a ser la prensa el medio más investigado y del que aquí daremos principal cuenta. Los periódicos nacionales redundan en torno a dos ideas: el heroísmo de nuestras tropas, subrayando el papel de los primeros caídos en combate, en especial el teniente Ortiz de Zárate y el alférez Francisco de Rojas, oficiales paracaidistas. La segunda idea que se esfuerzan en destacar es la de la progresiva vuelta a la normalidad en la totalidad del territorio, presentando así los acontecimientos como un mero hecho aislado, lo que como se sabe, distaba mucho de ser cierto. La situación de deterioro que se sufría en el África Occidental española había llevado a un ambiente pre-bélico que vino casi a coincidir con el nombramiento del General Zamalloa como nuevo Gobernador General. Su llegada se produce el 23 de Junio de 1957 y el ataque a Sidi Ifni, capital de la provincia, tendrá lugar el 23 de noviembre. Se tiene conocimiento de que las BAL han conseguido reclutar en torno a 1.000 ó 1.500 efectivos, según informaciones procedentes del lado francés, pero que corroboran fuentes indígenas. La movilización pretende asaltar la pista de aviación y el depósito de armas de la capital de Ifni y casi de forma simultánea los otros puestos españoles como Mesti, el zoco de Arbaá, Telata de Sbuía, etc..., en lo que parece una acción largamente planificada. Los españoles logran aguantar en Sidi-Ifni y se inicia el despliegue para tratar de afianzar las posiciones a la vez que recuperar, si ello es posible, los puestos del interior que quedarán en una situación muy difícil durante los días siguientes. En líneas generales se trata de una reacción adecuada en plazo y forma, según los medios disponibles, que no eran muchos. A decir verdad éstos resultan tan escasos que el conocimiento de esa vulnerabilidad parece actuar indiscutiblemente como un incentivo decisivo en la voluntad de actuar de la fuerza enemiga. Entre el anecdotario de aquellos días se guarda el recuerdo de soldados a los que se les llegó a entregar hasta cinco máuseres en la esperanza de que alguno de ellos funcionara. O el bombardeo desde Junkers de los que habían quedado entre el material alemán suministrado durante la Guerra Civil, con bidones de combustible a los que se les ha acoplado un iniciador de elaboración casera inventado por un teniente mañoso. Es la imagen que ha quedado en los anales, la de una guerra pobretona, calificada por algunos como “guerrita de Ifni”, cuando el número total de bajas se estima en torno a las 800 entre muertos, heridos y desaparecidos. Las Bandas Armadas de Liberación (ó Ejército de Liberación) estaban formadas por gentes que habían colaborado en la independencia de Marruecos y que por diversas razones no habían llegado a integrarse en el recién creado ejército de ese país, las Fuerzas Armadas Reales. A España siempre se le achacó y parece de alguna manera cierto, el mantener una tolerancia excesiva hacia los independentistas marroquíes que luchaban contra Francia. En parte por la antipatía y el recelo que suscitaba lo francés y, en parte, para evitar en el suelo propio herir sensibilidades entre la población autóctona, lo que de ser cierto confirmaría y de una manera muy clara, una vez más, la tremenda estulticia de nuestra política exterior de aquellos días, al menos, vista bajo el prisma de hoy con todo lo que sabemos que ha ido aconteciendo después en aquella área del planeta y en nuestra relación con Marruecos. Desde luego, sabido es que Franco nunca negó su “africanismo”, pero Casas de la Vega habla de un espíritu de colaboración entre los dos países que se remonta a los días en los que el general Petain, amigo de España, vino a sustituir al general Liautey, declarado hispanófobo, tras los ataques de Abd-el-Krim al Uarga. Esa colaboración se concretará ya en las fechas próximas al conflicto de que hablamos, en varios encuentros (Conferencia de Port Etienne, entrevista de Villa Cisneros...) en los que se definen protocolos específicos de actuación. Zamalloa acuerda con el general Bourgund, por ejemplo, autorizar la persecución en suelo español a las tropas francesas, de los insurgentes que hubieran atentado contra intereses franceses, siempre bajo ciertas condiciones. Es un hecho ampliamente admitido, que se identificó casi inmediatamente al inspirador último de las acciones contra las posiciones españolas. Éste no era otro, no podía ser otro que el propio Mohamed V . El denominado Plan Madrid, resultado de una reunión de urgencia de la Junta de Defensa Nacional presidida por el propio Franco, supone un cambio radical respecto a la actitud consentidora con las bandas Marroquíes y un acercamiento definitivo a Francia que se traduce en acciones conjuntas y reuniones de Zamalloa y Bourgund. En el momento de la crisis se le dan a Zamalloa plenas capacidades de actuación y sus propuestas son aceptadas sin excepción, lo que entre otras cosas acrecentará la colaboración con los franceses y que, por supuesto, Francia ocultará en buena parte a su opinión pública, la verdadera naturaleza de las operaciones conjuntas con España. La razón es evidente: el malestar que posiblemente esto habría generado en la opinión pública de nuestro vecino del norte. De una manera simplificada los hechos se suceden del siguiente modo: - Entre el 22 de noviembre y el 10 de diciembre se va a producir el ataque, la resistencia de las fuerzas españolas y el establecimiento de los perímetros necesarios para garantizar la seguridad en las zonas afectadas. - En un segundo acto de la contienda que dura hasta el 10 de febrero de 1958, en el contexto de una acción defensiva que busca consolidar posiciones, se desarrollan algunas acciones ofensivas contra las BAL. - Finalmente se procede a la aniquilación de los focos restantes de las BAL culminando la campaña el 3 de Marzo de 1958, con éxito claro desde el punto de vista militar. Desde el punto de vista político, el éxito es más que discutible. Tanto, que algunos autores no dudan en emplear la palabra fracaso. Terminadas las escaramuzas y para apuntalar de alguna manera la paz en la zona, España entregará a Marruecos Tarfaya, la zona sur del protectorado, hecho que tiene lugar en Abril de 1958. En 1969 España abandona definitivamente el territorio de Ifni, dejando a sus espaldas sustanciales mejoras en las infraestructuras (renovación del aeródromo, sistemas de agua, etc...). Siempre se sospechó que la entrega de Tarfaya a Marruecos formaba parte de un pacto que establecía ésta y otras condiciones como requisito para el cese de las hostilidades. Y concluidas éstas parece asumirse entre el conjunto de los medios de comunicación, el acuerdo tácito de enterrar a los muertos y con ellos, su recuerdo.
(Octava parte) Seguimos avanzando durante varias horas hasta llegar sedientos a la cota 304 que era nuestro objetivo. Tomamos Id-Mehas, y seguimos la marcha hasta Bentanqui donde quedamos parados, cuerpo a tierra para descansar. Los montes no se terminaban nunca y pensábamos que eran más peligrosos que el propio enemigo. Algunas cotas había que tomarlas trepando entre las piedras de la ladera clavando el machete en la tierra para obtener alguna sujeción. Se consiguieron todos los objetivos que era la toma de las cotas previstas por el mando, pero se pagó un alto precio. Hubo muchos heridos de bala y también algunos muertos. Al día siguiente, uno de febrero de 1958, los hombres que habían quedado en la cota 304 ya tenían terminadas sus mínimas fortificaciones por lo árido del terreno arenoso. Había escasez de piedras sueltas sobre el terreno y con el viento reinante, la arena se introducía en los mecanismos de las armas automáticas haciéndolas casi inservibles. Fue a base de los viejos Mauser como se consiguió que la cota 304 no volviese a manos de los moros. A lo largo de los días siguientes se produjeron incesantes combates con el enemigo, que en algún caso y apoyados en su mejor adaptación al terreno y al fuerte viento reinante, llegaron a acercarse a menos de 30 metros del contingente de paracaidistas situados en la cota 348. Los moros atacaban al mismo tiempo varias cotas con unos efectivos muy superiores a los nuestros. Pero la pericia de los sargentos fueron los causantes de que los ataques del enemigo, terminara siempre en franca retirada. En la defensa de la cota 295 el sargento paracaidista Pedro Pérez mantuvo la serenidad suficiente como para ver llegar al enemigo y mantener a su tropa en silencio hasta que estaban encima y a base de bombas de mano hacer huir a los moros. No obstante en la defensa de las cotas encontró la muerte el teniente Enrique Carrasco y el soldado Antonio Fontán. En muchos casos el enemigo, y como si fuesen soldados españoles, daban voces de mando en perfecto castellano para hacer caer a los paracaidistas en las emboscadas por ellos preparadas. Si a esto se suman las noches oscuras, el ruido del monte producido por el fuerte viento siempre reinante en aquellos días de febrero, el cansancio, la sed y el hambre, es fácil entender que los paracaidistas, incluidos los oficiales, cayeran en las emboscadas de los moros. Esto que digo viene a sustentar la extraña muerte del teniente Carrasco que nunca fue suficientemente aclarada. Se supo que algunos rebeldes utilizaban uniformes de color verdoso similares a los de nuestras unidades. Al final todo se sabe aunque entonces ignorábamos que la guerra de Ifni duró más de lo necesario porque el alto mando militar tenía otros planes dentro de la estrategia conjunta para Ifni y Sáhara. Se sabe ahora que la operación Siroco fueron acciones de distracción para que el enemigo no supiese dónde acudir, si al Sáhara o a Ifni. Es decir, se propusieron desde el alto mando, que las bandas de rebeldes no dejaran Ifni en socorro de las que operaban en el Sáhara. Dichas fuerzas rebeldes fueron acosadas con agrupaciones de combate hispano-francesas en dos operaciones conjuntas. Por la parte española se las denominó operación Teide y por la francesa operación Eocouvillón. Los combatientes en Ifni y sin saberlo, hacíamos de tapón para que los rebeldes no extendieran su radio de acción hacia el Sáhara. La operación Siroco comenzó con un estado físico de la tropa francamente deplorable. Era durante los primeros días del mes de febrero de 1958. El mando, alarmado ante el aumento de actividad del enemigo, preparó el siguiente mensaje: “La actividad rebelde ha aumentado considerablemente en los últimos días intentando una serie de golpes de mano sobre nuestras posiciones más avanzadas”. “Su actual despliegue consiste en mantener una línea de vigilancia hacia delante y a retaguardia de nuestras fuerzas”. “Ante cualquier intento de avance por parte de nuestras fuerzas, es probable que los moros actúen ofensivamente desde un punto conocido y que es donde tienen la mayor concentración de efectivos”. “Es posible que cuenten con medios blindados”. Como se podía observar, los ataques enemigos de los últimos días habían sembrado la alarma entre los mandos militares que temían un avance desde Marruecos de columnas blindadas. Pero como nuestro potencial bélico no nos permitía una ofensiva de cierta magnitud, la operación Siroco se limitó a perseguir y conseguir unos fines muy limitados. Los novatos de la I Bandera estábamos dejando de serlo y ya se confiaba en nosotros. La I Bandera que entonces ya quedó definitivamente al mando del comandante Abellano, debería progresar hasta la base de partida en la cota 415, alcanzar y reconocer un poblado próximo y sus alrededores y regresar después sobre Sidi-Mohammed Ben Daud. Durante la noche del día 9 de febrero la unidad ocupa la base de partida y cuando aparecen las primeras luces del día siguiente, la I Bandera descubre ante sí lo que será el escenario de la operación. Un hermoso y amplio escenario visto desde las alturas que ocupábamos. A la derecha y atrás, el pequeño poblado de Sidi-Mohhamed Ben Daud, límite de nuestras líneas y de donde partiría un Batallón del Regimiento Soria nº 9 que había pernoctado junto a la I Bandera paracaidista. Ante el citado Regimiento, se abre un espacio muy peligroso de fortificaciones enemigas de difícil ocupación, impidiendo la progresión. Así las cosas, se decide la ocupación de otras alturas para desde ellas sujetar a los moros en sus lugares ocupados a la hora de hacer el ataque general. Ataque que se inicia a hora muy temprana del día 10 de febrero con un avance hacia la cota 407. De inmediato y recibiendo fuego enemigo desde otras alturas, la 1ª Compañía de la que yo formaba parte, otra vez al mando del Capitán Pedrosa creo recordar, ejecutamos un movimiento envolvente que culminó con la ocupación del vértice Aslif, siendo desalojado el enemigo de sus posiciones en un primer momento de forma ordenada y después en franca huía a la desbandada, por lo que sufrieron numerosas bajas. Por su parte la 2ª Compañía de la I Bandera paracaidista, al mando del Capitán Martínez, había alcanzado sus objetivos sufriendo seis heridos y capturando vivos dos prisioneros uno de ellos herido de bala. Encontrar y hacer prisioneros vivos de los moros, no era cosa fácil. Se escondían incluso heridos y como podían debajo de las hojas de palmas junto a las chumberas para pasar desapercibidos. Seguramente que pasaríamos muchas veces al lado de los moros escondidos sin poderles ver ni detener. A los pocos prisioneros que pudimos hacer durante la campaña d Ifni, se les trataba con mucho cuidado por si se revolvían y había que dispararles. Pero en ningún caso los moros dieron muestras de esa valentía. Ellos solían disparar desde las alturas como franco tiradores ocultos y sin mostrarse. No como el Capitán Pedrosa, que durante el tiempo que le conocí jamás se ocultó a los disparos de aquellos malísimos tiradores.A mí también me fueron persiguiendo con sus torpes disparos durante una buena carrera. Lo sabía porque mientras corría, oía en mis oídos, el zumbido de las balas como el sonido que hacen los moscardones al batir las alas. Algunos compañeros contaban sus experiencias con los prisioneros y todos coincidíamos en que ninguno hablaba español; algunos con los brazos en alto se rendían a nosotros dando vivas a Francia suponiéndonos soldados franceses, y otros, como fue en mi caso, diciéndome en un pésimo español que él era bueno y que había luchado junto a Franco. A aquél moro viejo y al que le acompañaba los hice cargar, como cabo interino que era, con los macutos de los componentes de mi pelotón. Al llegar a la carrera junto a donde la sección hacía un breve descanso, entregué los dos prisioneros al teniente Galera, el cual me recriminó mi actitud y me dijo que cuando llegásemos a Sidi-Ifni me considerara arrestado una semana en el Cuerpo de Guardia. Después de la operación Siroco, volvimos a Sidi-Ifni a descansar unos cuantos días. Yo no me presenté en el Cuerpo de Guardia para cumplir el arresto ni el teniente Galera me lo recordó. Lo de descansar solo era un decir, porque no salíamos de hacer guardia en el polvorín cuando pasábamos a hacer guardia en la sede del Gobierno, en la cárcel, en el faro, en la central eléctrica o en el depósito de la gasolina. Y además estaban las guardias nocturnas del perímetro de Sidi-Ifni y el las alturas del monte Bul A Lam. Allí se pasaba francamente miedo. Y en las azoteas de las casas de la ciudad, ni cuento. Los ruidos nocturnos se hacían sospechosos, hasta el extremo de no pegar un ojo en toda la noche, aunque las guardias se hacían quedando en un puesto dos y hasta tres centinelas para relevarnos entre nosotros. En los días siguientes a la llegada a Sidi-Ifni el mando le dedicó a dar algunas condecoraciones a los paracaidistas más destacados en anteriores operaciones. Se estaba gestando otra operación de liberación y castigo y esta vez sería saltando desde los aviones sobre el poblado de Erkúm junto a la costa. Se estaba pensando en que para esa ocasión saltara la 1ª Compañía de la I Bandera paracaidista u otra compañía más veterana
(Tercera parte) Mi madre se llevó un gran disgusto y fue a buscarme al banderín de La Legión pues la policía le dijo dónde me encontraba. Lo cierto es que también la advirtieron que si bien podían devolverle en contra de mi voluntad, lo probable es que me volviese a escapar. Fue a verme a Vallecas al banderín de la Legión que estaba en la calle Picos de Europa de Madrid, pero no hubo manera de hacerme desistir. Ya me habían pelado al cero, me habían duchado a manguerazos y me habían desinfectado con DDT. Había cambiado el trabajo cómodo como delineante en la empresa Imes, por la ilusión juvenil de emprender otra nueva vida para irme después a América. Hay que decir que en la España de entonces, la inmensa mayoría de los jóvenes de mi edad y que desarrollaban trabajos de responsabilidad, estábamos muy mal pagados y por tanto los sueldos no daban para hacerse rico. Y yo quería llegar a ser rico. Otras gentes se marchaban a Alemania o a Suiza a trabajar mientras mal vivían en barracones debido al problema con los idiomas. Yo quería irme a América que aun siendo mucho más peligroso, se ganaba mucho más dinero y el problema del idioma allí no existía. Una vez enrolado en La Legión, fui destinado a Villa Sanjurjo cerca de Melilla en el protectorado español de Marruecos. Allí hice el periodo de recluta que no me resultó tan duro como se decía. En la Legión y tras el periodo obligatorio de recluta, me destinaron a la compañía de la Plana Mayor de Mando del Tercio Alejandro Farnesio IV de La Legión. Debido posiblemente a mi profesión de delineante proyectista y a mi costumbre de tener un lapicero entre los dedos, me especialicé como panoramista, que tenía como misión la de dibujar con todos los detalles posibles y sobre un bloc, los panoramas que se vislumbraban desde cualquier punto. Al parecer ese trabajo era muy necesario en la atrasada estrategia militar de aquel momento. La compañía de transmisiones la componían unos legionarios que a base de emplear el código Morse accionaban unas persianas de tela para las comunicaciones. Había firmado un compromiso por dos años de permanencia en La Legión, y pensaba cumplirle íntegramente. Pero solo habían transcurrido poco más de cinco meses y ya estaba cansado de la legionaria rutina diaria. Siempre seré consciente de que jamás me haría ningún tatuaje de aquellos tan frecuentes en la Legión, en la cárcel o en la Marina. No tengo nada en contra de los tatuajes, pero no me gustan. En la actualidad cualquiera, y solo por presumir no sé de qué o por alguna otra razón, se tatúa el cuerpo sin necesidad de haber pasado por aquellos lugares en los que parece obligatorio el hecho de tatuarse algún lema sobre el pecho o los brazos. Estoy y estaré mientras viva muy orgulloso de haber servido en la Legión española, pero en aquellos momentos en que pensaba irme a América después de cumplirse mi compromiso de dos años, me pareció que quizás no fuese prudente en posteriores ocasiones el descubrir mis brazos tatuados. Por otra parte, al no hacer servicios de armas en la Plana Mayor de Mando, la experiencia que quería obtener en el uso de las mismas se veía muy mermado a pesar de que durante el verano del 57 ya se oían rumores de un traslado a otras zonas por un posible conflicto armado con unos moros insurrectos en la zona occidental africana. En cualquier caso y ante mi ignorancia, pensaba yo que la Plana Mayor de Mando estaría separada y al margen de cualquier acción directa de guerra. Ante la duda, opté por trasladarme a Alcalá de Henares para hacer el curso de paracaidista del Ejército de Tierra. Algún tiempo antes, en el cuartel de la Legión, a unos cuantos compañeros que como yo querían hacerse paracaidistas, nos hicieron a todos un exhaustivo examen médico. Nos inspeccionaron desde los dientes, hasta las plantas de los pies. En Alcalá de Henares también superé los exámenes físicos correspondientes entre ellos el salto a la lona, y un conjunto de jóvenes voluntarios fuimos enviados después a Alcantarilla, localidad de Murcia, donde estaba ubicada la escuela de paracaidistas del Ejército del Aire. La preparación física era exhaustiva y durísima en Alcantarilla, pero tras los seis saltos de rigor, el día 9 de noviembre de 1957 obtuve el título de Cazador Paracaidista con nº 02.255, extendido por el Ejército del Aire Español, correspondiente al 12º curso del Ejército de Tierra. De regreso a Alcalá de Henares y sin apenas tiempo para ver a nuestras familias, el doceavo curso de paracaidistas, todos nosotros bisoños, más los veteranos acuartelados de la I Bandera, fuimos armados debidamente y trasladados directamente en avión hasta el aeropuerto de Sidi-Ifni en el África Occidental Española. Quiero dejar aquí unas recientes impresiones de Juan Antonio Espí Puertas: “Al día siguiente salimos desde Alcantarilla rumbo a Alcalá de Henares. Al llegar allí se produjo el traspaso de personal. Los Veteranos del 9º, fueron a la 8ª Cia. en la que estábamos de aspirantes.Todo el curso 12 al completo fuimos destinados a la 1ª Cia. Allí nos encontramos con Vico Molinero del 11º curso y con Gil, del 9º curso. Allí estaban el sargento Cabello y los cabos Silva, Carrasco; los cabos 1º Pastor, Eloy, Palomo, Ortega, Amancio, Huertas, Martínez y Bueno, y Bejarano nuestro gran Cabo 2º, y los tenientes Ximénez, Moñita, López Pérez y Cayuela, y cómo no, todos bajo las órdenes de nuestro capitán D. Prudencio Pedrosa Sobral. Doy gracias a Dios que le tuvimos a él como capitán, que si no, no sé qué nos podría haber pasado en Sidi-Ifni a esos imberbes reclutas que éramos”. Antes de nuestra llegada a Ifni, ya se habían producido las primeras escaramuzas con los moros rebeldes. No obstante y puesto que muchos de los paracaidistas éramos prácticamente unos novatos sin ninguna preparación militar, debimos ser instruidos a toda marcha. La preparación consiguiente, con algún que otro sobresalto incluido, resultó bastante eficaz y es que los tiros por encima de las orejas le hacían despabilar al más tardío de reacciones. Las navidades de 1957 no fueron malas del todo y resultaron casi divertidas para algunos, aunque no para aquellos que debían estar de guardia permanente. El espíritu militar de aquellos jóvenes estaba salpicado de anécdotas simpáticas con las intervenciones artísticas de algunos de nosotros. Carmen Sevilla y Miguel Gila, entre otros artistas del momento, llegaron allí para actuar ante los paracaidistas y así alegrar un poco la Noche Buena de aquel año. La insistencia del teniente Galera me obligó a hacer el curso de cabo y sin proponérmelo me encontré con el nombramiento de cabo segunda, interino. Gracias a este nombramiento y cuando después de ser herido ingresé en el Benemérito Cuerpo de Caballeros Mutilados por la Patria, mis siguientes ascensos no comenzaron desde soldado raso, ahorrándose un tiempo muy valioso para posteriores ascensos. Con el nombramiento de cabo de segunda y mis galones cosidos a la hombrera de mi uniforme de faena y a la bocamanga del traje de paseo, pude acceder al cargo de ayudante del maestro armero de la I Bandera paracaidista destacada en Ifni. Allí llegué a familiarizarme con armas cortas de todo tipo. Cuando las pistolas o los revólveres de los oficiales estaban recompuestas por el Maestro, yo era el encargado de hacer las prácticas de funcionamiento y tiro, y cuando llegaban armas desconocidas e inservibles, yo también me encargaba de desmontarlas para recuperar algún elemento que pudiese valer para los arreglos de otras armas. Para hacer las prácticas de tiro con las pistolas arregladas, me iba a una playa lejos del cuartel y allí disparaba cuantos cartuchos de diferentes calibres fueran necesarios. Me llevaba a dos de mis colegas como escoltas y vigilantes, en concreto a Guillermo Guajardo y a José Gascón, ya que aquello no era legal del todo, y así ellos también practicaban disparando en diferentes posturas a todo lo que nos proponíamos. Llegaron los nuevos fusiles de asalto Cetme y por aquello de ser el ayudante del Maestro armero, fui de los primeros paracaidistas, después de varios oficiales, en comprobar la eficacia de ese nuevo fusil de asalto de diseño y fabricación enteramente española muy bien aceptado en aquellos días por otros ejércitos del mundo. Al parecer, seguían funcionando a pesar de haberles metido adrede en polvo y barro. Anteriormente a este relato y en una acción de apoyo para la retirada de otras fuerzas españolas, intervine en un destacado hecho de guerra que quedaría expuesto en las páginas del libro “La Guerra Ignorada de Ifni”, escrita por el periodista Ramiro Santamaría. Sin embargo y como no era para tanto, ni mi compañero Vico ni yo fuimos condecorados por aquella acción. También en otro libro sólo sobre los paracaidistas en Ifni, otro autor citaría mi nombre en ésta y en otras situaciones en la que yo intervine. Este libro me le regaló mi hija Laura el año 1998. También conservo y para siempre, el libro sobre la instrucción paracaidista que me dieron al comienzo del curso en Alcantarilla. Tiene por título el de Manual de Paracaidismo y está fechado y editado en Alcantarilla en 1955. Transcurría el tiempo en Sidi-Ifni pasando mucho calor durante el día y mucho frío por las noches, pero ya haciendo otros planes para pasarme antes de que nos marchásemos de allí, a las fuerzas mixtas expedicionarias del desierto, a las que con los galones de cabo segunda, decían, que se accedía a un empleo asimilado al de “sargento” para el mando directo sobre grupos de fusileros moros que operaban en territorio mauritano. Lo cierto es que en marzo de 1958 apenas si se escuchaban tiros y la guerra estaba acabándose por días. Pero aún podían pasar accidentes. El día cuatro de junio de 1958 me sucedió a mí uno y grave. La noche anterior tuve como una premonición. Soñé algo muy extraño y me desperté tembloroso. A las seis de la mañana nos fueron despertando sin toque de diana y todos nos vestimos con el uniforme de campaña. Yo me calcé unas botas de lona que estaban permitidas y que eran muy cómodas en vez de las clásicas botas de los paracaidistas de cuero y suela de goma gruesa y dura.
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